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Robos y aplausos

Jorge Olivera Castillo

LA HABANA, Cuba, marzo (www.cubanet.org) – La verdadera contrarrevolución tiene vía libre en Cuba. Salvo esporádicas reprimendas en las asambleas de rendición de cuentas celebradas en cada cuadra, referencias en los medios de prensa y en las reuniones convocadas por el partido y el sindicato en los centros laborales, los problemas discutidos continúan su curso ascendente.

Frente a estos tópicos, es preciso aclarar el uso del vocablo “contrarrevolucionario”, elegido para denostar a quienes no comulgan con la ideología oficial, y obviarlo cuando se trata de varias generaciones de burócratas, habituados a vivir del cuento, sin dejar de mencionar a los cientos de miles de militantes del partido y la juventud comunista, capaces de compaginar su fidelidad al dogma comunista con la malversación y otras villanías.

Ese estado de cosas ha provocado la depauperación de los valores morales, hasta el punto de hacer prever que en el futuro prevalecerían actitudes que representan un obstáculo para mejorar los niveles de organización social, así como los indicadores relacionados con la disciplina laboral.

¿Quiénes son los principales protagonistas de la corrupción en Cuba? ¿Cuándo se publicarán las cifras perdidas cada año a causa de este fenómeno y los nombres de los culpables? ¿Por qué no decrece el enriquecimiento ilícito junto a otras acciones practicadas a la sombra de un discurso “patriótico”, o el llamamiento al próximo acto de reafirmación revolucionaria?

Una rápida interpretación de la realidad, muestra que el sistema propicia esos esquemas de comportamiento. Como es imposible eliminarlos, existe un margen de tolerancia sin que sea posible conocer con exactitud sus límites.

Porque el nivel de permisividad varía de acuerdo a una serie de factores, como lo puramente circunstancial, el rango político de los encartados, su nivel de influencia y sus habilidades operativas en el ejercicio de las fechorías.

Casi siempre, el desenmascaramiento de personas implicadas en una acción de estas características, culmina con sanciones menores o simples traslados a otro centro laboral para cumplir funciones similares.

Al analizar el número de casos develados y las dimensiones que alcanza el problema, se llega a la conclusión de que no hay soluciones ni en el horizonte.

Los corruptos que amasan fortunas notables, no reparan en poses que subrayen su apego al dogma oficial, lo mismo están dispuestos a vocear improperios en un acto de repudio contra un disidente que a encabezar un trabajo voluntario convocado por el Comité de Defensa de la Revolución (C.D.R).

Cada aplauso, cada muestra de lealtad al régimen, la cobran a precio de lujo. Ellos se han encargado de convertir en ripios al estrambótico socialismo que todavía se exalta en las tribunas. Son los depredadores por excelencia. El ejército real que sin armas ha logrado apuntarse una victoria tras otra.

Queda claro cuál es la identidad y el hábitat de los auténticos contrarrevolucionarios. La maquinaria propagandística del poder seguirá endilgándoles el término a otros, mientras siguen perdiendo terreno frente al enemigo que se reproduce en sus propias narices.