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Robar en Cuba significa “compensar el salario”

“La gente roba cuando siente que no le están pagando lo que merece. Es mejor ser ladrón que verraco (tonto)”

Ernesto Pérez Chang, en Cubanet

LA HABANA, Cuba.- Un amigo español, gerente comercial, por la parte extranjera, de un hotel de La Habana, me explicaba sobre lo difícil que era lograr que los trabajadores no recurrieran al engaño y al robo como estrategia compensatoria de los bajos salarios que su empresa estaba obligada a pagarles, de acuerdo con las normas que Cuba establece.

“No puedo pagarles directamente. Tengo que hacerlo en euros a través de una agencia del gobierno que se queda con una buena mordida y que después paga en moneda nacional al cambio de uno por uno [1 dólar igual a 1 peso. El valor real en las casas de cambio es de 1 dólar igual a 25 pesos]. Estoy obligado a pagar todos los meses por debajo de la mesa lo que aquí llaman una “estimulación” para que mis mejores trabajadores no se me vayan pero también para que no me roben […] así estamos perdiendo porque no hay modo de que los cubanos detengan el robo”, me explicaba este empresario de vasta experiencia en el sector turístico y que afirma que, en Cuba, “[pareciera] que las leyes están hechas para estimular el robo y no para evitarlo”.

En un estudio exploratorio de las potencialidades del mercado cubano para la Unión Europea, realizado por un grupo de especialistas del Centro de Investigación de la Economía Cubana, la contratación y el pago de las fuerzas de trabajo a través de agencias empleadoras del gobierno como ACOREC S. A. y Palco [perteneciente al Consejo de Estado] son señalados como el principal obstáculo que objetan los empresarios extranjeros a la hora de establecer negocios en la isla.

Según reconoce el documento de esta institución oficial cubana, la primera transacción entre la empresa extranjera y las agencias de contratación se realiza en divisas convertibles, mientras que la segunda transacción entre las agencias de contratación y los trabajadores cubanos se efectúa en moneda nacional, y al cambio de uno por uno.

Tal como expresa el estudio: “en la práctica el salario que la agencia paga a los trabajadores representa menos de un 5% de lo que en realidad la empresa extranjera ha pagado por ellos, lo cual provoca gran desmotivación en los trabajadores y obliga a la parte extranjera a dar bonificaciones adicionales directamente en función de los resultados del trabajo. Esta bonificación fue reconocida a partir del año 2008 con el pago de un impuesto (mínimo 10%) que cubren los trabajadores”.

Y continúan diciendo los autores de la investigación: “Para los inversionistas extranjeros dicho régimen laboral constituye uno de los principales inconvenientes de Cuba como plaza de inversión, tanto por no tener control sobre la contratación, como por los altos costos salariales y la desmotivación de la fuerza de trabajo”.

Por otra parte, el testimonio de Frank Rodríguez, graduado en la escuela de turismo del Hotel Sevilla y ex trabajador del Hotel Parque Central, nos corrobora esta realidad: “Nadie trabaja por el salario, y la bonificación no siempre es la misma. El gobierno también la controla con impuestos, como hace con las propinas. […] El partido [se refiere a los núcleos del Partido Comunista que funcionan y dirigen en todos los centros de trabajo de la isla] y el sindicato las controlan [las propinas] y te obligan a entregar una buena parte, incluso te imponen un compromiso [de entrega] que a veces supera el 50 por ciento. […] Si no lo haces te marcan y eso no es bueno. […] Todo conspira para que robes y te pases el tiempo viendo cómo te le escurres al sistema. […] Hay quien recibe buenas bonificaciones pero hay quien solo se va con 20 o 30 pesos [dólares] y eso no es nada hoy en Cuba. […] 100 o 200 pesos [dólares] apenas te alcanzan para comer, así que una bonificación no desestimula el robo. […] En Cuba a todo el mundo le hace falta un jabón, una toalla, una sábana, un bombillo, hasta un papelito, un bolígrafo, cualquier cosa que se te pegue hace falta porque te ahorra tener que gastar dinero en comprarla”.

 “Aquí robar no significa robar sino compensar el salario”, nos dice un joven trabajador gastronómico que ha laborado como ‘lunchero’ en varios hoteles de La Habana y que no desea ser identificado: “Si ganas bien y vives cómodamente, ¿para qué quieres robar? La gente roba cuando siente que no le están pagando lo que merece, y no tiene nada que ver con la honradez sino con la necesidad, y es mejor ser ladrón que verraco [tonto]. Claro, hay casos y casos. […] Yo no estafo ni soy miserable pero he trabajado en lugares donde las sobras de los platos vuelven a las cazuelas y las sirven y las vuelven a servir y todo para llevarse una libra de arroz o un pomo de aceitunas […]. El problema no va a tener solución porque el Estado es el primero que roba al quedarse con casi todo el salario de uno, y de alguna forma hay que tumbarle al Estado lo que él mismo nos tumbó”.

Cuando se revisan las leyes y las normas de pago, no solo en las empresas extranjeras sino en las estatales, la sensación es que todo está diseñado para que la gente continúe robando, opinan algunos.

Omara Serra, economista y ex funcionaria estatal, nos ofrece su punto de vista: “Ahora fue aprobada una nueva forma de pago en las empresas ligadas a la producción donde el salario del trabajador no tiene límites pero tiene que estar avalado por la rentabilidad. Incluso el trabajador puede ganar más que el gerente y los demás directivos que sí tienen un límite salarial que se incrementa de acuerdo con el cumplimiento de los planes pero no mucho. […] En teoría está muy lindo, pero en la práctica, en la Cuba que tú y yo conocemos, están pasando miles de cosas, y todas son parientes cercanas de la estafa y el robo. […] Ahora hay que inflar las producciones para justificar los salarios altos, y eso refuerza la cadena de corrupción. Está el ministro que no quiere que lo truenen para no perder sus privilegios y se hace el de la vista gorda, el gerente que no quiere cobrar menos que el trabajador y hace lo suyo por la izquierda, y todo el aparato burocrático inventando niveles de producción inexistentes porque, como sus salarios no están vinculados a la producción, entonces viven del soborno que reciben de los que sí dependen de esta”.

El subdirector económico de una empresa constructora que presta servicios para el turismo en La Habana, nos ilustra cómo se realiza el pago a los trabajadores y cómo el sistema es, según sus propias palabras, “un disparate”: “Cada vez que se termina un trabajo un obrero puede ganar dos mil, tres mil y hasta cinco mil pesos [entre 80 y 200 dólares], pero no se termina una obra todos los meses, así que hay meses en que el obrero se va con menos de 200 pesos [8 dólares] para su casa. […] Todos están desesperados por cumplir, pero para cobrar hay que esperar a que el inversionista certifique la obra y se sabe que hay un largo trecho entre lo que dice el contrato y el resultado final, así que el inversionista, que vive de un salario fijo, puede poner la cosa mala y no te queda más remedio que pagar por la certificación. […] Todo está diseñado para mentir y para que se instale la corrupción, y ser honesto casi siempre te trae más problemas que beneficios. […] El inversionista, al ser un trabajador estatal sin beneficios por las ganancias de su propia empresa, termina convirtiéndose en el principal ladrón, pero porque no tiene otra escapatoria. […] No es un error de concepto, porque todo debiera funcionar a la perfección, es algo peor, es un error del sistema, que implica desconocimiento de la realidad, desconexión total. Quieren dirigir el país como si no hubieran pasado los años, y la gente ya no es la misma que en el 59”.

Con ingresos mensuales por debajo de un dólar diario, incluso para puestos de trabajo de altísima responsabilidad, los salarios en Cuba están considerados entre los más bajos del planeta mientras que los sistemas de pago y de contratación laboral, de acuerdo con los estándares internacionales, clasifican entre los más injustos al erigirse el gobierno en obligatorio mediador entre las empresas y los trabajadores, lo cual, lejos de beneficiar a la economía, se ha convertido en el mayor generador de fenómenos vinculados a la corrupción.