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Resonancias actuales del fraude académico

Orlando Freire Santana, Primavera Digital

Centro Habana, La Habana.- Cualquiera que haya estudiado sabe perfectamente que el fraude escolar o académico ha existido siempre en Cuba, y que va a resultar muy difícil eliminarlo por completo, aunque no por ello dejemos de esforzarnos por reducirlo a la mínima expresión.

Con independencia de las conexiones que muchas veces establece con el delito y la corrupción, el fraude puede operar también como una especie de instinto de conservación. Es la tabla a la que se asen algunos estudiantes -no siempre malos estudiantes- atrapados inesperadamente en el océano de la duda.

En Cuba el fraude escolar está presente en todos los sistemas y tipos de enseñanza, desde la primaria hasta la universidad. No es aventurado afirmar que su incidencia aumentó a partir de los años 90, en el contexto de la crisis general que ha atravesado la sociedad cubana.

Si antes había sido la mirada insistente de un alumno hacia el pupitre contiguo, o la extracción de un "chivo" ante el descuido del profesor que cuidaba el examen, con el período especial el fraude académico alcanzó proporciones insospechadas, e incluso trascendió el ámbito docente. Desde la compra de una nota, pasando por el pago para conocer con anticipación el contenido de un examen, hasta el soborno a un oficial del Comité Militar para que exonerara a un muchacho de cumplir el servicio militar.

Sin embargo, era tal el grado de descomposición que exhibía nuestra sociedad, que muchos cubanos convivían con semejantes actitudes, y hasta llegaban a considerarse como "normales" muchas de esas anomalías.

Así las cosas, arribamos a la actual campaña del gobernante Raúl Castro contra la pérdida de valores e indisciplinas sociales, donde las distintas manifestaciones del fraude asumen un papel protagónico.

También las famosas Mesas Redondas de la televisión cubana, para ponerse a tono con los nuevos tiempos, han habilitado su espacio de los viernes para tratar estos temas.

Precisamente, uno de estos últimos viernes, Mesa Redonda se dedicó al análisis del fraude académico.

Al margen de las intervenciones de los panelistas, me interesé por las declaraciones de la actriz Corina Mestre, también profesora del Instituto Superior de Arte (ISA), quien fue entrevistada en su hogar por los reporteros de la televisión.

Corina Mestre apuntó que había dos pilares sobre los que se debía de actuar para detener el fraude y otras indisciplinas sociales: el maestro y la familia.

La actriz censuró a esos maestros que no guardan frente a sus alumnos la debida distancia que establecen las jerarquías, o que andan a la caza de regalos y dádivas por parte de los educandos, y hasta aquellos que llegan a establecer relaciones sentimentales con los estudiantes.

De igual forma, Corina Mestre destacó el imprescindible rol de la familia en la inculcación de valores a sus hijos; en la siembra de convicciones que profundicen en la decencia, la honestidad y la legítima apropiación de los conocimientos. Todo en detrimento de la mezquindad que significa el alcanzar el aprobado en un examen a como dé lugar.

Por supuesto, no se dijo que fueron las propias políticas gubernamentales las que debilitaron las figuras del maestro y la familia.

¿Qué valores pueden transmitir esos maestros emergentes formados en un abrir y cerrar de ojos?

¿Por qué las carreras pedagógicas en las universidades fueron durante mucho tiempo el vertedero a donde iban a parar aquellos estudiantes que no alcanzaban otras carreras?

¿Cuándo llegarán los aumentos salariales y la mejoría en las condiciones de trabajo de los educadores?

Con respecto al papel de la familia, ¿qué influencias podían ejercer los padres sobre sus hijos si a estos últimos se les obligaba a becarse durante la enseñanza preuniversitaria?

¿Qué existía, si no fraude al por mayor, en aquellas escuelas en el campo que anunciaban todos los cursos un 100% de promoción?

Claro, era mucho pedirle a Corina Mestre y al resto de los panelistas que reconocieran esas verdades.

 

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