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¿Reivindicar a Batista?

Luis Cino Álvarez, Primavera Digital

Arroyo Naranjo, La Habana.- Resultan pasmosos los denodados intentos de algunos por reivindicar a Fulgencio Batista. Si existe alguna explicación para ello son las comparaciones entre su dictadura y la de tipo totalitario que la sustituyó y que perdura en nuestro país desde hace 56 años y que nos ha puesto al punto del naufragio como nación… Pero tal comparación tiene tanto sentido como preguntarse qué es peor, si un infarto en el miocardio o el cáncer de colon.

Batista fue un indeseado producto de la revolución de 1933: un audaz oportunista que medró en el caos y cuyas acciones tendrían resultados impredecibles y catastróficos en nuestra historia.

Nació con el siglo, en Veguitas, Banes. Su madre, Carmela, lo nombró Rubén y le puso su apellido, Zaldívar, porque su padre, Belisario Batista, a la hora de inscribirlo, no quiso darle su apellido. En las actas del juzgado de Banes siguió siendo legalmente Rubén Zaldívar hasta que en 1939, al ser nominado como candidato a la presidencia, se descubrió que la inscripción de nacimiento de Fulgencio Batista no existía. Conseguirla le costó postergar la presentación de su candidatura y pagar 15 000 pesos a un juez.

Para disgusto de la burguesía nacional, que llegó a tirarle la bola negra cuando aspiró a ingresar en un club de aristócratas, Batista era mulato. A los que una vez le dijeron que parecía negro, Orestes Ferrara, socarrón, contestó: “No, Batista parece blanco”.

Luego de haber sido cortador de caña en Banes, retranquero de ferrocarril en Camagüey y recadero de los guardias del Tercio Táctico de Holguín, en 1921 Batista ingresó como soldado del Cuarto Batallón de Infantería en Columbia.

En 1933, a la caída de la dictadura de Machado, era sargento taquígrafo, vivía en un pequeño apartamento en la esquina de Toyo, estaba casado con Elisa Godínez y presumía, con porte militar, ante las féminas. Los domingos, tomaba cerveza y jugaba dominó con sus vecinos.

Los sargentos que lideraron la asonada del 4 de septiembre, Pablo Rodríguez, José Eleuterio Pedraza y Miguel López Migoya, lo incorporaron a su grupo porque era el único que tenía auto y eso les permitía desplazarse rápido.

La principal demanda de los conjurados era que les subieran el salario de 19 a 24 pesos.

Sergio Carbó, sin consultar con sus colegas pentarcas, nombró a Batista el 8 de septiembre de 1933, coronel y jefe del Estado Mayor. Con polainas altas y capote a lo Napoleón, su 18 Brumario le llegó con los combates del Hotel Nacional y el castillo de Atarés.

Formó parte de una azarosa ecuación con Ramón Grau San Martín y Antonio Guiteras hasta que derrocó el gobierno provisional, con la anuencia norteamericana.

Desde el campamento militar Columbia, convertido en el hombre fuerte, instauró el reino de las ejecuciones extrajudiciales, la fusta y el palmacristi. Fue sólo un pálido anticipo de lo que vendría después del 10 de marzo de 1952.

Batista abrió y cerró el paréntesis de relativa estabilidad política y ascenso democrático que hubo en Cuba entre 1940 y 1952. Lo abrió con la convocatoria a una asamblea constituyente que redactó en 1940 una de las más avanzadas constituciones de su época. Luego, coqueteando con la izquierda, ganó las elecciones presidenciales al frente de una coalición de partidos que incluía a los comunistas, a los que reservó en su gobierno dos puestos de ministro sin cartera.

Batista cerró abruptamente el capítulo cuando la madrugada del 10 de marzo de 1952, penetró por una de las postas de Columbia para encabezar un golpe militar contra el gobierno de Carlos Prío.

La coartada de Batista para la fractura del orden constitucional fue acabar con el pandillerismo y el robo del tesoro público.

Prío había cometido el error de permitirle al general regresar a Cuba desde su exilio dorado en Daytona Beach para aspirar de nuevo a la presidencia.

A pesar del descenso de la popularidad de los auténticos y el debilitamiento de los ortodoxos tras el suicidio de Chibás, las posibilidades de Batista para los comicios eran casi nulas. Sólo le quedaba recurrir a la vía más expedita para llegar al poder: el cuartelazo.

Los azares de nuestra historia republicana, desde los tiempos de las guerritas entre liberales y conservadores hasta el radicalismo revolucionario de 1933, habían patentado el axioma de que la fuerza, aunque sea a punta de pistola, confiere legitimidad.

Batista fue lo suficientemente tozudo como para malograr el Diálogo Cívico con la oposición y dejar el camino abierto a los partidarios de la violencia.

La última noche de 1958, cuando los rebeldes ya estaban en Santa Clara, el generalísimo alzó su copa para desear “salud, salud” en el nuevo año y se largó a Santo Domingo con su familia, sus más cercanos colaboradores y varias maletas llenas de dólares.

¿Cuáles son los méritos históricos que justifiquen la reivindicación de Batista? ¿Acaso el hecho de que con la dictadura castrista que lo sustituyó nos ha ido mucho peor? Un pobre argumento, ¿no?