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Rebelión contra la moringa

En el barrio se negaron a comer del árbol de Fidel. Lo que querían era un buen bistec

Tania Díaz Castro, en Cubanet

LA HABANA, Cuba.- No es que mis vecinos se pusieran de acuerdo. Fue pura casualidad. Mientras en la Plaza de la Revolución desfilaban los trabajadores pertenecientes a la nómina salarial del Estado, a mis vecinos más cercanos se les agotó la paciencia, se rebelaron y me exigieron cortar de raíz mi moringa.

La había sembrado en noviembre de 2011, hace menos de tres años, cuando varios camiones, por iniciativa de Fidel Castro, repartieron las posturas en bolsitas de polietileno a los habitantes de Santa Fe, de Cangrejera, Baracoa, Jaimanitas y los barrios residenciales que colindan con el reparto exclusivo del Comandante en Jefe, conocido como Punto Cero.

Junto con las posturas repartidas de forma gratuita, también entregaron un folleto impreso para la ocasión, donde se explicaban las propiedades de esta planta originaria de la India, que según el gobierno es capaz de levantar a un muerto y de nutrir a un vivo de proteínas, sin necesidad de comer bistecs de res, algo que el Comandante nos prohibió hace décadas.

Me acostumbré, debo confesarlo, a echar sus hojitas en la sopa, con su sabor picantico y me hacía la idea de que ingería proteína, como nos recomendó el Comandante.

Pero en el barrio se negaron a comer moringa. Pánfilo, un vecino que repara bici taxis, me decía que no le hablara de eso. Lo que quería era un buen bistec. Pedro, el carpintero que estuvo preso por ayudar a matar a una vaca, dijo lo mismo. Chicha y Sonia, las esposas de ambos, ni siquiera quisieron probarla en infusión como les aconsejé y Angelito, el mensajero, dijo que él no estaba para esa bobería. Hasta mis vecinos los fiscales, que cumpliendo la “orientación de arriba” la sembraron disciplinadamente a la entrada de su condominio, jamás los vi arrancar un gajo para la cena del día.

Puedo jurarles que solamente yo hice honor a la moringa, mientras miles de trabajadores desfilaban como animalitos de costumbre ante el dictador sucesor de la dinastía castrista, otros trabajadores vecinos míos me dijeron que no aguantaban más la basura que soltaba mi moringa, invadiendo pasillos, patios y cocinas. Se referían a las vainas, semillas y hojitas, que les caían hasta en los platos de comer.

-O la corta ella -escuché que dijeron iracundos- o la cortamos nosotros.

Así de decididos estaban mis vecinos. Laima, contadora de una empresa, Juan, técnico de equipos de alarmas, Yohanny, un guardia de SEPSA y varios más.

Argumenté que se trataba de un “árbol de Fidel” y respondieron con una barbaridad. Así de agresivos estaban. Dije que muchos habían sembrado su moringa en los patios de sus casas y que no escuchaba protestar a otros y no pude entender la otra barbaridad. Todos discutían al mismo tiempo. Y mientras lo hacían, yo me preguntaba por qué diablos no estaban en la Plaza en esos momentos, si era 1ro de mayo.

Por último, a las diez de la mañana me di por vencida y, contra mi voluntad, pedí a un amigo que me cortara el árbol de la discordia. De madrugada, al asomarme a la ventana de mi cuarto, vi sus troncos tronchados. Parecían esqueletos de muerto. No podía dormir y luchando contra el insomnio, analicé el exagerado tamaño que había adquirido mi posturita de moringa y sobre todo las ventoleras del Norte, que contribuían a que se deshojara cada día y lanzara sus gruesas y puntiagudas vainas de semillas a diestra y siniestra, a la cabeza de cualquiera.

Además, descubrí que, sin darme cuenta, tal vez por amor a la naturaleza, me había hecho cómplice del último disparate del Máximo Líder de Cuba, cuando mandó a sembrar una matica de moringa por casa, puesto que bajo su gobierno, ni los trabajadores que desfilaron el Primero de Mayo en la Plaza, tienen derecho a comerse un bistec, o a tomarse el vaso de leche que su hermano nos prometió hace siete años.

 

 

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