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Raúl Castro: la “transición” que no es

¿Qué “actualización” puede venir de un anciano déspota y timorato? Las transformaciones han de ser también políticas

Miriam Celaya, Cubanet

LA HABANA, Cuba - Cuando finalmente caiga el telón sobre el castrismo, Raúl Castro habrá perdido la oportunidad de erigirse en guía de una transición que hubiera llevado a Cuba a un camino de apertura hacia la prosperidad y la democracia. De haberla emprendido, quizás muchos cubanos hubiesen estado dispuestos a perdonarle su participación y su complicidad con esta larga decadencia que algunos insisten en llamar “revolución”. Ya no será así.

Por supuesto, transitar de buen grado hacia la pérdida del poder sería pedir demasiado a quien fue corresponsable de la satrapía y el descalabro entronizados en la Isla desde 1959. Para una tarea tan responsable y magna no solo se requeriría de inteligencia, desprendimiento y amor a Cuba y a los cubanos, sino también de una valentía y grandeza humana imposibles en un dictadorzuelo de reciclaje. Ninguna de estas cualidades adorna al General-Presidente.

Raúl Castro asumió el poder, sí por designación y no por voluntad explícita de los cubanos, pero lo cierto es que tanto las circunstancias en que se produjo su ascenso, como ciertas transformaciones que se habían originado bajo su dirección dentro del Ministerio de las Fuerzas Armadas desde la década de los 90’, le habían granjeado un nimbo de “reformista” y de “hombre práctico, con los pies en la tierra”, muy diferente de las colosales fantasías fracasadas de Castro I. Esto era motivo suficiente para alentar moderadas esperanzas de cambios en algunos sectores de una población agobiada por las carencias, creándose ciertas expectativas sobre el advenimiento de tiempos más promisorios, al menos en el plano económico.

Así, la célebre Proclama del 31 de julio de 2006 pudo haber sido -aunque no fue- la línea de arrancada para una transición gradual y pactada entre el gobierno y los cubanos. Porque Raúl Castro no pasa de ser justamente eso: un administrador de mercado medianamente exitoso, pero no el político talentoso que necesita con urgencia la crítica situación cubana.

Un optimismo efímero

Podría asegurarse que el optimismo por la llegada al poder de Castro II fue moderado. De hecho, los sectores políticos desafectos al gobierno, si bien se mantuvieron atentos al proceso de “traspaso de poderes” y a las ulteriores movidas que acabaron sacando de la cúpula a los “fidelistas” designados por Castro I para que compartieran el mando con su hermano menor, nunca sucumbieron a la tentación de las promesas del “nuevo” gobernante.

Sin embargo, para ciertos sectores de emprendedores que estaban esperando la oportunidad de lanzarse al mercado nacional como empresarios autónomos, el General Raúl Castro podía marcar la diferencia entre el estancamiento económico de aliento “fidelista”, y una política aperturista que impulsara el mercado interno a partir de reformas efectivas.

Los nativos aspirantes a empresarios no eran los únicos esperanzados. En el imaginario de ciertos analistas de la economía cubana, el General Raúl era un reformista, un hombre práctico y un administrador nato, con un sentido más realista de la situación. Quizás, en una postrera inspiración, decidiría cubrirse de gloria y pasar a la Historia como el artífice de la reconstrucción de la democracia en Cuba. ¡Vaya un desvarío!

Por su parte, los primeros discursos del nuevo gobernante encerraban, a la vez que veladas críticas a la administración económica de su hermano, algunas promesas de cambios. “No es posible que a estas alturas cada cubano no pueda desayunar con un vaso de leche”, espetó en medio de un discurso, y la ovación que siguió a la frase -después omitida en la transcripción taquigráfica publicada en la prensa- fue harto elocuente. La miseria material y moral ha calado tan hondo en la conciencia de las masas que la oferta de un humilde vaso de leche puede constituir toda una meta.

Sin embargo, la percepción de un Raúl Castro como administrador eficaz no resultaba totalmente infundada. A finales de los años 80’ muchas empresas del MINFAR habían comenzado a funcionar con mayor eficiencia gracias al “Sistema de Perfeccionamiento Empresarial” (SPE), instaurado por él. El procedimiento otorgaba mayor autonomía a las empresas e incentivos materiales a sus trabajadores y a sus administraciones, bajo principios estrictos de confiabilidad contable, control y disciplina, demostrando claramente más y mejores resultados que el de las empresas estatales civiles.

Lamentablemente, el SPE quedó circunscrito solo a los espacios empresariales militares debido a la renuencia de Castro I a generalizarlo en las empresas civiles. Así, con el tiempo, se reforzó la aureola de “reformista” en torno a la figura de Raúl Castro y se consolidó un importante sector empresarial entre los militares de alto rango, que en la actualidad cuenta con una vasta experiencia y una posición marcadamente ventajosa en el marco de las transformaciones económicas. Ellos monopolizan hoy las áreas más rentables y mejor posicionadas dentro de la precaria economía cubana y, en consecuencia, nos guste o no, constituyen potencialmente un grupo de influencia ante un probable proceso de transición en un futuro mediato, de la misma forma que ciertos estratos y personalidades políticas y económicas importantes del régimen franquista jugaron un importante papel en la transición española y en otras que sucedieron en el proceso de desplome del “campo socialista europeo”..

Es decir que, si algún capital político pudo cosechar el General-Presidente entre los cubanos, se debió justamente a esas expectativas de cambios y no a una supuesta voluntad de “continuar defendiendo los logros de la revolución” o a ninguna otra gazmoñería de aliento comunista. Puede que el General sea un tipo práctico, pero los cubanos lo son también. Con tanta más razón por cuanto han precisado de toda la habilidad e inteligencia imaginables para sobrevivir a lo largo de más de medio siglo de carencias, sin perder su principal recurso: los deseos de prosperar.

La burbuja rota

Transcurridos ocho años después del cambio de gobernante -que no de gobierno- no quedan trazas de aquellos tímidos optimismos por el inicio del “raulismo”. Ni los “Lineamientos” de la nueva política económica del gobierno; ni las reformitas de candonga con su marcha de tortuga, sus limitaciones y sus retrocesos; ni las flamantes leyes de entrega de tierras en usufructo, de “Inversión Extranjera” -inversión sin inversores-; ni el nuevo Código Laboral (¿Carolingio?), han logrado romper el nudo gordiano. Ninguna medida económica de media tinta será fecunda, puesto que lo estéril es el sistema en que se generan. Finalmente resultó que el general-Presidente no era ni tan práctico ni tan reformista. En cuanto a sus cualidades como administrador, quizás las conoceremos en un futuro, cuando trasciendan las noticias sobre su fortuna personal.

Tampoco ha sido mucho el desencanto social. Después de todo era de esperarse un fiasco, porque, ¿qué “actualización” podría venir de la mano de un anciano déspota y timorato? Al menos ahora ya ha quedado claro para todos -y esto debe incluir al hipotético sector reformista dentro del poder- que un camino de verdaderos cambios en Cuba solo será posible sin los Castro. Las transformaciones, para ser efectivas, han de ser también políticas.

Cierto que todavía no sabemos quiénes enrumbarán por buen camino una posible transición cubana; pero al menos tenemos la certeza de quiénes no están preparados para hacerla posible. Y vale recordar que en una nación estancada y recelosa, toda certidumbre constituye un avance.

 

 

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