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Raúl Castro debiera imitar a Barack Obama

Oscar Sánchez Madan, en Primavera Digital

Cidra, Matanzas.- El reconocimiento, por el presidente de los Estados Unidos de América Barack Obama de los abusos cometidos por la policía contra los afrodescendientes en su país demuestra lo diferentes que son el dictador cubano Raúl Castro y el inquilino de la Casa Blanca.

En relación con las sospechosas muertes de ciudadanos negros ocurridas en Salma y otras localidades estadounidenses, Obama declaró, durante una reciente visita a Colombia, que parte del sistema policial de Estados Unidos es corrupto y está saturado de prejuicios raciales.

Sentenció Obama: “Hemos estado omitiendo estos hechos durante años”.

El propio Fiscal General manifestó que ha habido “un innecesario uso de la fuerza en casi un 90 % contra los afrodescendientes”.

¡Cuán notable es la diferencia entre el proceder de las autoridades de Washington y las de La Habana! Las primeras, admiten las injusticias cometidas y trabajan para cambiar el oscuro escenario; las segundas, no sólo las callan, sino que las justifican.

Es harto conocido el inhumano comportamiento del régimen castrista contra las personas de la raza negra. De hecho, más del 60% de la población penal de la isla lo componen ciudadanas y ciudadanos negros.

A los afrodescendientes -salvo pocas excepciones- les está vetado ocupar cargos importantes en órganos e instituciones del Estado.

No es un secreto el ensañamiento de policías, jueces y fiscales contra las personas de piel oscura durante los procesos judiciales. Por el sólo hecho de no ser blancos, son víctimas de las peores injusticias.

Se sabe que el régimen comunista discrimina a los afrodescendientes. Pero por el hecho de que esta discriminación es generalizada y que son limitados los debates públicos sobre el tema, se minimizan sus detestables consecuencias.

Randy Calderón Laguardia y Wilian Carbonel Sánchez son sólo dos jóvenes negros, de los miles que en los últimos 56 años de dictadura han sido maltratados en las cárceles. Entre los años 2007 y 2010, mientras extinguían sanciones en la prisión Combinado del Sur, provincia de Matanzas, cuando eran aún unos adolescentes, fueron golpeados por los carceleros.

Sin embargo, jamás el dictador cubano Raúl Castro ni su predecesor Fidel Castro, han reconocido dichas monstruosidades, como aquella de disparar con balas de goma, el 18 de abril de 2012, contra los disidentes negros Sonia Garro Alfonso y su esposo Ramón Alejandro Muñoz González, activistas no violentos que abogan por la integración racial, a quienes arrestaron y mantuvieron en prisión sin ser procesados.

El gobernante cubano ha reiterado que en Cuba jamás se ha torturado o discriminado a persona alguna. La realidad que describe la prensa independiente, las organizaciones de la emergente sociedad civil y un importante sector de la población, es muy diferente.

Barack Obama es el presidente de una nación donde los actos contra la integridad física o moral de cualquier ciudadano o ciudadana son denunciados por los activistas de derechos civiles, los políticos y los intelectuales con una amplia cobertura de prensa. Estos tienen la libertad constitucional de manifestarse en las calles y ejercer presión para que restablezca la legalidad quebrantada.

Raúl Castro es un dictador que criminaliza el ejercicio de los derechos básicos consagrados en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Comanda una nación en la que se protesta poco en las calles porque las leyes lo prohíben. Preparados están cientos de policías, más de 200 prisiones y campamentos de trabajo forzado y las paramilitares Brigadas de Respuesta Rápida para impedirlo.

Debiera el autócrata cubano imitar al presidente de Estados Unidos. Quizás pueda –ahora que ambos conversan en secreto- preguntarle al inquilino de la Casa Blanca dónde consiguió el valor que le permitió reconocer las máculas que aún persisten en su sociedad. Millones de cubanas y cubanos negros (y blancos, ¿por qué no?) se alegrarían.