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¿Qué dicen los turistas de Cuba… y de los cubanos?

La temporada alta de turismo ya comenzó. La Habana se inunda de idiomas y mochilas. Cubanet quiso conocer las opiniones de los visitantes. Si algo los motiva a regresar

Frank Correa, en Cubanet

LA HABANA, Cuba.- Nos adentramos en centros comerciales y recreativos, recogemos impresiones en cualquier esquina. Encontramos a Lídice en una tienda de ropa del hotel Comodoro, dominicana de 50 años. Dice ser estilista de la moda, viene a La Habana, en busca de propuestas para ampliar su repertorio, pero no encuentra nada agradable en las vidrieras. “Ropa pasada de moda, líneas nada atractivas…”.

En la entrada de Marina Hemingway un noruego regala peluches a los niños. “De Cuba me gustan los muchachos sonrientes a pesar de la crisis. Siempre que vengo los ayudo con alimentos, ropa,  juguetes…”.

La bolera de la Marina está vacía, solo dos italianos, Carlo y Francesco, beben y responden las preguntas de un journalista. Les ha gustado el ron, la música, las mujeres, pero se quejan del  hotel, con filtraciones y salideros. Alquilaron un auto que no le cierra una puerta. Noi non vogliamo la macchina, dice Francesco como minimizando el problema, quando ci serve prenderemos un taxi. Han intentado devolver el auto, pero el gerente no aparece. Vinieron a la bolera a dimenticare, tenendo con la mano la porta rotta.

En cambio Luis y Benito, mexicanos del DF, están de plácemes, alquilados en un apartamento con vista al mar, en Jaimanitas, cuentan que han vivido la experiencia más increíble de sus vidas. “Ningún burdel de México compite con esta chingada. Cinco viejas para mi cuate y yo, por poca lana”.

Un canadiense al que apodan “conejo”, visita todos los años Cuba y conoce los precios, dónde alquilarse, comer y transportarse barato. Machucando el español confiesa que vuelve por las chicas, que se enamoran de él. Señala que sabe que es mentira, que fingen, las llama “tremendas artistas”.

En La Habana Vieja, por el malecón, una fila de suecos me preguntan lo mismo: “¿tabaco…?”, como no vendo rehúsan contestarme. En la plaza de armas el caricaturista guantanamero Urgellés, maestro en pintar turistas, lleva veinte cartulinas perdidas y aún no ha hecho un cuc. Me alerta: “¡Vete, que ahí  viene el policía!”.

El “turismo revolucionario” y el “turismo de salud” aumentan la cifra global de visitantes, pero es  el  “turismo real” la mayoría, que todos los años disfruta de nuestro sol y respira nuestro aire, para ellos existe un complejo hotelero que lo aísla, enclavado en cayos y  playas de acceso restringido, y no llegan a conocer nunca la verdadera Cuba. Aunque siempre se encuentran historias en la calle que incluyen a turistas.

Como el “sheriff”, un negro Rastafari jinetero de Las Tunas, que baja por Galiano con un par de nórdicas de edad  madura,  una en cada brazo. Van para un cuarto de alquiler, no quiere detenerse  a responder, ni permite que lo retrate. Solo alcanzo a arrancarle un dato:

-¡Fuman más que las chimeneas del central Urbano Noris!

Regreso al malecón, frente al hotel Nacional dos músicos con guitarras caminan junto al muro buscando turistas. Tocan piezas de la música tradicional cubana por un cuc. Se detienen en la pareja de franceses que conversa conmigo. “Fotos no, paisa…” dice el músico que hace la voz prima y comienzan a tocarnos “Lágrimas negras”. Aporrean  las cuerdas y  casi lloran con la letra,  para que los turistas bailen…  y le paguen…  La mujer contenta me responde:

-¿Cuba?  ¡Es linda…!

Su esposo grita sobre la música:

-¡Pero muy cara…!

Costosa también la encuentra Steve Wakefield, inglés residente en Australia, experto en literatura cubana. Tiene publicado el libro “Lo barroco en la ficción”, sobre Carpentier, y realiza actualmente una investigación sobre la generación de los “novísimos”. En vez de responder cómo ve a Cuba,  me pregunta:

-¿Por qué dos monedas?

Steve prefiere Cancún, “más barata y menos absurda”. Muestra evidente orgullo de estar en la isla caribeña. Mientras canta versos sencillos de Martí con la guantanamera, esquiva peligrosos huecos  abiertos  del  alcantarillado.

-Yo nunca expondría a mis hijos a un  peligro así -dice Steve.

Frank, español  de Toledo, ha pasado dos semanas viviendo como un cubano más. No ha visitado  lugares turísticos, ni se hospedó en hoteles, ni ha probado la comida reservada a extranjeros. Viajó en ómnibus urbanos, se montó en “almendrones”, comió en  cafeterías particulares, caminó  por  los barrios pobres visitando humildes viviendas y lo que más  le ha impresionado son los precios: “alarmantes”, y las tiendas, “repletas de artículos capitalistas, con gente comprando con  voracidad”. Una interrogante le ha martillado en estas dos semanas, ¿de dónde surge el  alto poder adquisitivo de esa minoría, que contrasta con la mayoría  de los barrios pobres?¨.

También lo alarma la deplorable infraestructura arquitectónica de La Habana,  le parece terrible, con edificios que “en otros países hubieran sido declarados en ruinas, y aquí continúan habitados por familias como si tal cosa”. Frank considera que quince días no son suficientes para conocer Cuba. “Necesito  volver, para descubrir qué hace al cubano un ser tan singular”.