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Privaciones

Rogelio Fabio Hurtado, Primavera Digital

Cuba actualidad, Marianao, La Habana.- En el léxico político de la izquierda, privatizar es mala palabra. Por mucho que la propiedad estatal haya demostrado su fracaso, en la izquierda la favorecen a todo trance. Sobre todo, tratan de atribuirle un carácter social para ocultar su esencia burocrática y totalitaria.

Lejos de ser comunitaria, la propiedad estatal es de hecho la más exclusiva y particular de las propiedades posibles, la única capaz de asegurarle a una élite política minúscula imponer su dominación inobjetable sobre toda una nación.

Para establecerla, someten a la sociedad a ilimitadas privaciones. Las miserias de índole material no son las peores, porque es posible resistirlas apelando en principio a los ideales, echando en la balanza el fundamento espiritual que hemos recibido de la educación y de la fe religiosa.

Ninguna persona culta acepta sin más el hecho de pensar con la barriga, por mucho que el materialismo marxista así lo afirme.

Sin embargo, tras padecerlas por muchos años, creo que las privaciones inmateriales son mucho peores, sobre todo porque penetran tan profundamente en nuestras conciencias que llegan de hecho a suplantarla. Así, asumimos como propios, patrones de conducta y criterios ajenos, cuya finalidad última es aniquilar nuestra individualidad para encadenarnos a la voluntad imperativa del Jefe.

La primera de estas privaciones es la que procura, mediante argumentos cientificistas, apartarnos de la fe religiosa, convencernos de la inexistencia de Dios, para que aceptemos como única realidad la grosera inmediatez, donde sólo cuenta la fuerza numérica.

A medida que nos despojamos del fervor religioso, crece la dimensión del Jefe y vamos empequeñeciéndonos hasta quedar desamparados. Al final, hemos mutilado irreversiblemente la potestad de nuestro ser y el JEFE adorado no puede ni tiene nada que ofrecernos a cambio. No somos para él más que cifras, masas indiferenciadas, sobre las que siempre será posible disparar, como reflexionó alguna vez el gran poeta Antonio Machado.

Otra privación muy grave tiene que ver con nuestro concepto de la propiedad. Se nos inyectó masivamente el desprecio por toda propiedad privada, a favor de sublimar la estatal, como la única exenta de egoísmo. Por supuesto, el espíritu de lucro y la ambición individual de riqueza eran pecados mortales, merecedores de castigos extremos. La propiedad es un robo, nos dijeron. Nada de considerar a gentes como Julio Lobo, Julio Blanco Herrera, Ramón Crusellas o los hermanos Abel y Goar Mestre como empresarios ejemplares, individualidades capaces de forjar una nación sin necesidad de suprimir por la fuerza toda competencia.

Se nos privó enseguida del derecho a escoger mediante el voto libre y secreto, entre diversos candidatos, a las personas que considerásemos más dignas y capaces de atender temporalmente los intereses del país, de acuerdo con la sensatez de sus propuestas de gobierno.

Como única alternativa posible, se nos impuso la renuncia a todo derecho, mediante el abandono definitivo del territorio nacional. Muchos aceptaron ciegamente esa mutilación suprema y se han forzado a existir meramente en el vacío, sin amo pero sin patria, privados de su ámbito natural. "No hay casa en tierra ajena", sentenció por experiencia propia el Apóstol Martí.

No me atrevo a ponderar a quiénes les ha tocado la cuota mayor de privaciones, pues los que elegimos, pese a todo, permanecer en la Isla sin acatar la hegemonía del amo, o al menos, sin aplaudirla, hemos visto transcurrir nuestro tiempo vital excluidos de toda participación en la realidad social, porque todas las esferas y los campos vitales han sido pocos para que los ocupen los que aplauden, los que roban y malversan, pero no dejan de aplaudir.

Otros, también numerosos, acataron las órdenes, aceptaron sacrificios y siguieron marchando adelante hacia un horizonte ideal que se desvaneció sin siquiera plasmarse. Ahora, sin tiempo para más experimentos, se les propone como remedio, recomenzar con el micro-capitalismo, reconciliarse con los familiares acaso repudiados otrora, para que les financien desde allá el cuentapropismo, porque ya el otrora omnipotente Estado, no tiene de donde sacar fondos para financiar su mentido igualitarismo.

Se nos despojó lo más pronto posible de la cordialidad entre cubanos, virtud que se daba silvestre entre nosotros. En su lugar, se nos impuso la combatividad y la vigiladera. Aún hoy no transcurre semana sin que algún lector indignado no nos recomiende en las páginas del periódico Granma, como remedio, el control para hacer cumplir "lo que está establecido".

Quisiera concluir esta reflexión concediéndonos una cierta esperanza, por utópica que pudiera ser, pero, realmente, no la veo.

 

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