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Plattistas

Luis Cino Álvarez, Primavera Digital

Arroyo Naranjo, La Habana.- La mentalidad plattista ha durado más en Cuba que la Enmienda Platt que la originó. La Enmienda, legislada por el senador Orville Platt y que fue impuesta por el gobierno norteamericano a la Constitución de 1901, fue derogada en 1934. Pero el plattismo, esa manía nacional de hacer que todo dependa de los Estados Unidos, todavía dura. Hoy está más vivo que nunca antes.

Tan vivo como cuando los políticos, durante la república, al menor síntoma de crisis, aconsejaban cordura para evitar que intervinieran los norteamericanos.

Como ocurrió en 1906, cuando luego que el presidente Tomás Estrada Palma con un “gabinete de combate” trató de legalizar a la brava su reelección, los liberales se alzaron en armas, y Don Tomás, impotente ante la insurrección, pidió la intervención de los marines.

Estuvo a punto de ocurrir de nuevo en 1912, cuando el levantamiento de los Independientes de Color. Todavía hay quienes pretenden justificar al presidente José Miguel Gómez por la masacre de miles de negros con el argumento de que así evitó una intervención norteamericana.

A propósito de José Miguel Gómez, dicen que en 1917, tras recibir un maletín lleno de dólares de manos de un general norteamericano desembarcado del acorazado Missouri, el caudillo liberal dio por terminado su alzamiento contra el gobierno del conservador Mario García Menocal. Supongo que fue para evitar otra ocupación norteamericana.

Eran plattistas los que al triunfo de la revolución castrista hicieron sus maletas y se fueron a Miami, convencidos de que, en cuestión de meses, regresarían a Cuba, tras el rastro de los marines y masticando chiclets, a recuperar las propiedades que les confiscaron.

Son plattistas los que invocaron el diferendo con Estados Unidos y dieron como inminente el ataque norteamericano que nunca llegó para posar de David frente a Goliat, abroquelarse a conveniencia en la mentalidad de plaza sitiada y acusar de mercenario a todo el que disienta, negar el menor espacio de libertad política y justificar las violaciones a los derechos humanos.

Tan plattistas son quienes aún culpan a John F. Kennedy de la supervivencia del régimen castrista por dejar abandonados a los expedicionarios de Bahía de Cochinos como ese mismo régimen al preferir al gobierno norteamericano de interlocutor, por muy en igualdad de condiciones que sea, antes que a la oposición civilista, que es con quien debería discutir de democracia y derechos humanos.

El plattismo está vivo y pujante. Solo hay que ver las exageradas expectativas creadas luego que se anunciara la intención de restablecer las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos. Como si con el embargo y la dictadura intactos, la panacea fuera sustituir las respectivas secciones de intereses por embajadas.

Y así, ilusos que somos, seguimos pendientes de las sonrisas y las más que escuetas declaraciones de Roberta Jacobson y Josefina Vidal, y casi concedemos al encuentro entre Obama y Raúl Castro en Panamá la importancia del Juicio Final.

Ahí están los zoquetes que consideran que Obama tuvo que capitular, que Estados Unidos tuvo que pedir clemencia, y que el reconocimiento yanqui ha sido el mayor triunfo de la revolución.

Hay que escuchar a los dueños de paladares y hostales, a los taxistas y choferes de bicitaxis que ya izaron la Old Glory, a las jineteras, enfundados sus culitos en licras con las barras y las estrellas, y a sus chulos, como hacen planes a la espera de que llegue el aluvión de turistas “yumas” cargados de dólares y loquitos por derrocharlos en La Habana o Varadero.

Son tan optimistas como los sesudos oficiales que dan por sentadas las exportaciones de los granjeros yanquis, las inversiones, las ganancias que entrarán por el puerto del Mariel y los créditos que van a obtener de los bancos internacionales ahora que sacaron a Cuba de la lista de países promotores del terrorismo.

Se acercan las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Es la corrida de los plattistas. Se alborotan a ambas orillas del Estrecho de la Florida. Los que quieren que gane Hillary Clinton, para que siga con las concesiones a cambio de nada de Obama, a ver qué pasa. Los que quieren que gane Jeb Bush o Marcos Rubio, para que vuelvan a apretar el dogal, no tanto a la dictadura como a los cubano-americanos que verán limitados sus viajes a su patria y la cantidad de dinero que podrán enviar a sus hambreados familiares en Cuba.

Los plattistas del régimen jugarán con cualquiera de las dos eventualidades. Si ganan los demócratas seguirán la rima, y si no consiguen algo más, al menos ganarán tiempo. Si triunfan los republicanos, como saben que no pasarán mucho más allá del alarde y la guapería, tendrán nuevos pretextos para hacerse las víctimas, seguir fomentando las llamas de un nacionalismo enfermizo y falso, cobijados bajo el abrigo de los camaradas chinos y del Padrecito Putin, que al imperialismo ruso es al único que no le hacen asquitos.