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Payá-Cepero: caso cerrado

Jorge Olivera Castillo, Primavera Digital

Habana Vieja, La Habana.- Habrá quienes se nieguen a aceptar los términos impuestos por la realidad, pero si algo está claro es que las muertes de los opositores cubanos Osvaldo Payá y Harold Cepero no pasarán de ser un amargo recuerdo para sus familiares, amigos y colegas que lo secundaron en sus labores contestatarias. Esperar otra cosa sería demasiado ingenuo.

La negación del indulto a Ángel Carromero, el español que conducía el vehículo accidentando, del que resultó ileso, al igual que el ciudadano sueco Aron Modig, valida el fallo del juicio efectuado en La Habana, en el cual el peninsular fue condenado a cuatro años de reclusión por homicidio involuntario.

Gracias a las buenas relaciones entre ambos gobiernos y a la vigencia de acuerdos en materia penal, Carromero fue enviado a su país de origen a cumplir el castigo fuera de la cárcel.

El indulto negado hace pocas semanas por tribunales españoles refrenda las conclusiones del proceso en que el joven político fue acusado de provocar la tragedia por exceso de velocidad. Con tal decisión, el régimen cubano queda eximido de cargos. Por tanto, las tesis que avalan el asesinato político quedan en el frágil terreno de las suposiciones.

Salvo protocolares encuentros con el ex presidente José María Aznar y otras importantes figuras del Partido Popular, la viuda e hijos del fenecido líder del Movimiento Cristiano Liberación (MCL) no deben cifrar muchas esperanzas en la captación de los apoyos políticos necesarios para realizar un escrutinio que certifique la implicación de la dictadura en los hechos.

Sin el apoyo del gobierno español, con las ambiguas y tardías denuncias de Carromero que avalan la teoría de un crimen de estado, a lo que habría que agregar la indirecta ratificación de su culpabilidad a partir del rechazo al indulto pedido, es lógico pensar en que el caso está legalmente cerrado.

Por otra parte, la no aceptación de la querella presentada por la viuda contra dos altos oficiales del Ministerio del Interior cubano, que presuntamente tuvieron que ver con el aún no probado complot para eliminar a Payá y Cepero, indica la escasa factibilidad de que el asunto pueda ser esclarecido in situ por peritos españoles o adscritos al sistema de las Naciones Unidas.

Los documentos que atestiguan la ciudadanía española de Payá no han servido para cambiar el curso de una trama que concluye entre las sombras de la duda y el regocijo de un gobierno (el cubano) con una larga ejecutoria criminal.

No obstante los fracasos y la ausencia de perspectivas favorables, la familia de Payá muestra su determinación a encontrar aliados en su lucha por conocer los detalles del fatídico episodio.

Les espera un largo camino por recorrer. No sé si desde su posición se verán destellos de luz en el horizonte.

Por lo menos desde esta parte, solo se aprecian nubarrones y espesas humaredas que impiden ver los fulgores del optimismo.

Desafortunadamente vuelven a imponerse las viejas reglas de la realpolitik. Las mismas que Otto von Bismark creó en el siglo XIX.

 

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