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¿Otro crimen sin castigo?

José Hugo Fernández

LA HABANA, Cuba, marzo, www.cubanet.org -En una de las escenas finales de la muy conocida y comentada película alemana “La vida de los otros”, aparece un tenebroso sujeto que había sido ministro de cultura en la disuelta RDA. Uno se queda tieso al ver que este sicario está disfrutando de la vida como Carmelina –de alegre espectador en un teatro-, luego de haber torcido trágicamente los destinos de muchos seres humanos sólo porque no compartían sus ideas políticas o por otras conductas honradas.

La película llamó la atención en Cuba, donde ha sido objeto de dobles lecturas, ya que trata un tema fatalmente gravitatorio entre nosotros: los crímenes y otras tropelías de la Seguridad del Estado contra ciudadanos indefensos. Pero en particular lo que más nos retorció las tripas fue la constatación de que una vez desmontado el régimen de horror que les dio empleo, aquel cerdo ex ministro de cultura y tantos otros, incluidos los propios verdugos de la policía política, seguían paseándose por las calles tan campantes, haciendo su vida, divirtiéndose, tramando nuevas maldades, completamente fuera del alcance de lo dispuesto en las leyes para proteger a la ciudadanía de criminales y delincuentes.

La pregunta cae por su peso: ¿será posible que estemos condenados a presenciar el mismo cuadro, pero ya no a través de una pantalla, sino en vivo y directo, una vez que al fin nuestra isla disponga de un gobierno democrático y civilizado?

¿Nos corresponderá ser partícipes conformes y pasivos de un espectáculo en el que veremos pasearse impunemente por las calles a torturadores como el tal Camilo, de la Sección 21 de la Seguridad del Estado, o como tantísimos otros de sus cofrades para el atropello y el crimen, como cientos de esbirros que hoy se ceban con la muerte y el martirio haciendo de guardianes en las cárceles cubanas, o como decenas de ministros, generales, jueces, políticos, culpables mayores y menores, pero todos manchados por el cohecho, la connivencia y la corrupción?

La más reciente confesión de Ángel Carromero sobre las causas de la muerte de Oswaldo Payá engrosa y aviva tales interrogantes. Una cosa es anunciar al diablo y otra es verlo de cuerpo presente. Si bien no nos sorprende la ratificación por fuente directa del asesinato de Payá, no es posible evitar el estupor y la impotente furia que ésta ocasiona. Luego, inevitablemente, vuelve a saltar la pregunta: Y ahora, que al fin constan las pruebas del asesinato, ¿podremos esperar que alguna vez sean justamente llevados a juicio los responsables?

Conste que no son pocos. Desde el ejecutor directo, rata inmunda que chocó por atrás un vehículo con la aviesa intención de matar a sus cuatro tripulantes, pasando por quienes diseñaron y ordenaron los detalles de la ejecución y por toda la escala de jefes superiores, hasta los médicos que drogaron al testigo y, claro, los interrogadores, fiscales y jueces que montaron la farsa del juicio contra Carromero, sin contar (pero hay que contarlos) aquellos que conociendo la verdad, o por lo menos teniendo dudas, se prestaron a ser copartícipes del asesinato.

 “No existe uno solo, sino muchos silencios que son parte integrante de las estrategias que apoyan y atraviesan los discursos”, nos dejó advertido el eminente filósofo Michael Foucault. De lo cual se deriva una lista demasiado extensa con los cómplices de este y de tantos crímenes del régimen. Y para que no queden dudas sobre quiénes son cómplices, tendría que abusar nuevamente de la cita martiana: “Es criminal quien sonríe al crimen; quien lo ve y no lo ataca; quien se sienta a su mesa; quien se sienta a la mesa de los que se codean con él o le sacan el sombrero interesado; quienes reciben de él el permiso de vivir”.

Pero por lo pronto, mientras llega la ocasión en que podamos exigir el enjuiciamiento de toda esa morralla, no está de más (aunque no sirva sino como retórica) preguntar si ahora que al fin el crimen de Payá ha sido puesto en claro ante los ojos del mundo, el “aperturista” y “reformador” Raúl Castro ordenará cuando menos un amago para reabrir la investigación de los hechos, partiendo de las nuevas revelaciones y previendo la posible incriminación de los matones.

¿Acaso los compinches del Alba o de la ONU o de la progresía internacional le advertirán que el destape de este chapucero asesinato político no encaja en su proyecto de venderlo como un gobernante pragmático y preocupado por la justicia social?

En suma, a pesar de su escandalosa evidencia, ¿será el de Payá otro crimen sin castigo?

De algo sí estamos seguros y es que muy posiblemente no será el último. Tal vez por eso la circunstancia resulte propicia para pasar de la intención a la acción en lo que respecta al estudio y la previsión de los mecanismos para reclamar justicia, bien sea para hoy o para más adelante. Y hablo de justicia, no de venganza, ya que la venganza nos ubicaría en el mismo bando de los criminales.

 

 

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