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Otra promesa incumplida

Oscar Sánchez Madan, Primavera Digital

Cidra, Matanzas.- La reforma migratoria anunciada por el mandatario cubano Raúl Castro hace meses, ha quedado en el saturado baúl de los incumplimientos. Como otra de las tantas promesas de la "Revolución", su materialización aún no se percibe.

Ya nadie se asombra: los castristas tienen al pueblo acostumbrado a su habitual demagogia. Son campeones olímpicos en el arte de pasar por alto los compromisos contraídos. Se desentienden de la palabra empeñada con la misma facilidad con que se lanza una cerilla inservible a una cubeta de basura.

Como justificación alegan que se realizan estudios para adecuar el futuro instrumento jurídico a la legislación vigente. Manifiestan que se trabaja con mucho cuidado para evitar que la futura ley tropiece con las actuales. Pero ese no es un argumento serio. A pocos convencen con esta deleznable explicación.

No olvidemos que hace una década, para aprobar una ley que contrastara con una iniciativa respaldada por miles de ciudadanas y ciudadanos, conocida como "Proyecto Varela", les bastaron sólo unos días. Entonces sí se necesitaba más tiempo para analizar y reflexionar, ya que la ley que gestaba el oficialismo, si se aprobaba, como sucedió, obligaba al pueblo a vivir eternamente en un sistema totalitario. Aquella nueva herramienta que declaró el socialismo irrevocable, comprometió el futuro de millones de seres humanos, incluso de los que estaban por nacer.

Los entendidos en esta materia sospechan que los gobernantes no quieren dar su brazo a torcer porque de lo que se trata ahora es de conceder a una ansiosa población el derecho a viajar y ver con ojos propios lo que sucede en el mundo.

Imagínense, por un instante, que miles de cubanas y cubanos pudieran trasladarse, cada año, a Miami, París, Estocolmo, Buenos Aires, etc., y percibir que a las personas que en aquellas latitudes critican a un senador, a un ministro, o al mismísimo presidente del país, no las golpean ni las envían a prisión. Imaginen que observan que en México o España no es un crimen fundar agrupaciones independientes. Verían tribunales imparciales y leyes que garantizan la seguridad de los individuos. Tendrían allá, ante sus ojos, un sistema judicial que sólo responde al mandato popular.

Sin embargo, en la isla, el jefe de estado es quien tiene la facultad de decidir quién viaja o no al extranjero y quién regresa al país, después de haber vivido un tiempo extramuros. En esta pequeña nación del Caribe, conceder las libertades reconocidas por las convenciones de Ginebra, en materia de derechos humanos, es un privilegio adjudicado a un general.

Mientras el menor de los Castro persista en su empeño de no aprobar una reforma migratoria que permita a los cubanos ejercer su derecho básico a la libertad de movimiento, éstos sufrirán las consecuencias de un inclemente ostracismo que dura ya medio siglo. Seguirán atrapados por la desolación, un apartheid que causa a las víctimas un profundo dolor.

Es hora de que el sucesor por decreto del comandante Fidel Castro cumpla lo que ha prometido. Ya es tiempo de que practique aquella fórmula del apóstol de la independencia cubana, José Martí, que reza: "Hacer es la mejor manera de decir".

Esta promesa del general-presidente es similar a muchas otras harto conocidas por el pueblo. Vale recordar otra de las incumplidas ideas de los actuales gobernantes difundida después del asalto al cuartel Moncada, en1953, referente a la supuesta posibilidad de que cada familia cubana tuviera una vivienda decorosa. Es triste decirlo, pero se la llevó el viento. Se sabe que hoy, el más grave problema social en Cuba es el déficit habitacional. El estado tiene una deuda que supera con creces las 600 mil moradas y no se percibe una rápida solución.

Prometer y no cumplir ha sido una práctica habitual de la política oficialista. Los dirigentes comunistas han tenido casi siempre por costumbre anunciarle a la nación el paraíso para después obligarla a sufrir en el infierno.

Veamos hasta cuándo la anunciada promesa de reforma migratoria permanecerá en la archiconocida valija de los incumplimientos. Esperemos que no deban pasar 50 años más para que algún comandante la rescate del olvido.

Los pueblos desprecian la demagogia y se irritan cuando los gobernantes los engañan. Los seres humanos repudian la mentira y se molestan, con mucha razón, con los trucos de los falsos profetas.

 

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