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¿Oposición leal?

Rogelio Fabio Hurtado, Primavera Digital

Marianao, La Habana.- ¿Oposición leal?... Después de más de medio siglo sometidos al rigor del monopartidismo ortodoxo, donde el aplauso es obligatorio y la más mínima discrepancia se diagnóstica como psicopatía social, no puede sorprendernos que algunos compatriotas, arrastrados por su natural avidez de participación en la vida política, propongan en serio semejante absurdo.

Para mí, lo peor del disparate es que postula, simultáneamente, la descalificación del resto de las corrientes opositoras, que quedarían inmediatamente marcadas como desleales, es decir, traidoras al manantial de virtudes que baña las inexistentes orillas del legendario Birán.

Sólo desarticulando la estructura de la expresión, para considerar ambos términos como sustantivos independientes, es decir, oposición y lealtad, por separado, cobraría algún sentido.

En tal caso, los compatriotas dirían que se oponen al totalitarismo que los asfixia, sin dejar de sentirse leales a la Patria común, que lo sufre en todos los sentidos.

Esto implicaría un respeto muy sano a la soberanía de la Nación, que sería maravilloso si fuese realmente compartido por el Partido-Estado, siempre dispuesto a cobijarse a la sombra de cualquier gran potencia alternativa, esperanza siempre viva que actualmente se anida en el renacido apetito imperial de la Non Sancta Rusia putinesca.

Descartando ilusiones, lo concreto es que la correlación de fuerzas activas le permite al régimen ignorar toda sutileza argumental, porque ni siquiera necesita polemizar con sus adversarios, le basta con vigilarnos y, a lo sumo, avivar polémicas intestinas, sin que sus voceros salgan a defenderlos.

A esa inmensa mayoría silenciosa llaman unidad monolítica, que el sistema totalitario necesita para sobrevivir. Al más mínimo cambio climático acabarían como los dinosaurios. Eso explica, según la lógica del totalitarismo, la imposibilidad de tolerar ninguno de los derechos políticos practicados en los sistemas democráticos.

Durante mucho tiempo, se practicó infructuosamente la oposición violenta como única vía posible para combatir al totalitarismo. Pero ni la subversión clandestina, ni el sabotaje, ni los alzamientos, impidieron la consolidación del régimen.

Nadie sospechó que el mejor método consistía en dejarlo funcionar, para que el propio totalitarismo, con su asfixia de la vitalidad social, evidenciase su fracaso total, que es la actual etapa dialéctica de su destrucción, de la que incluso el grupúsculo gobernante se ha percatado, y esté, con la mayor lentitud posible, adoptando medidas por lo general insuficientes.

La monarquía hereditaria y su claque procuran, sobre todo, preservarse a sí misma, en el disfrute de todos los privilegios inherentes a sus cargos vitalicios. Al fin y al cabo, no saben hacer otra cosa.

Sin embargo, si ellos pueden darse ese lujo, no creo que el resto de la población pueda sentarse a vivir de las glorias pasadas.

El crecimiento de la corrupción administrativa, por un lado, y la cada vez más contagiosa indisciplina social, reflejan las grietas que minan la presunta unidad monolítica. No obstante, el desengaño masivo sigue buscando salida a través de los aeropuertos o intenta escapar en el anchuroso margen de la ilegalidad.

La minoría que ha sido capaz de presentarse a sí misma como crítica e inconforme con las reglas del juego totalitario, tiene por delante la misma tarea de siempre: sacar fuerzas de flaquezas, resistirnos a la incesante labor de zapa, aprovechar, en lo posible, las concesiones forzadas por la decadencia del régimen, y vivir, sobre todo vivir, hasta que la oposición sea posible bajo un gobierno que empiece por respetarla.

 

 

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