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No queremos prensa autoritaria

David Canela Piña

LA HABANA, Cuba, junio, www.cubanet.org -Como se acerca el IX Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), han comenzado a publicarse artículos en la prensa oficial acerca de los nuevos horizontes que debe buscar el periodismo cubano. En uno de ellos (El periodismo que requiere el socialismo cubano, de Ana María Domínguez Cruz, publicado en Juventud Rebelde el primero de junio), donde se resume una sesión de debates previos, encontré dos párrafos que no tienen desperdicio. Dice el primero:

“Ante los silencios y evasivas que limitan el derecho constitucional del pueblo a la información, el también Premio Nacional de Periodismo José Martí, Hugo Rius, instó a defender con mayor energía los presupuestos de la política trazada por el Buró Político del Partido”.

Parece que Rius ha confundido algún abstruso inciso de la Constitución socialista de 1976, con el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Además, ¿no se percata de que al “defender con mayor energía” la política del partido comunista, dilata y fortalece más el muro de “silencios y evasivas” que desinforma a la población? Tampoco se aclara cuáles son los problemas que silencia y evade el periodismo oficial.

El otro párrafo es aun más desconcertante: “La prensa, se apuntó, debe formar parte de los mecanismos de control popular del país, y convertirse en un valioso contrapeso frente a posibles errores o distorsiones de la política trazada por el partido y refrendada por la mayoría de nuestro pueblo”.

¿Acaso la prensa gubernamental no ha sido hasta hoy el “mecanismo de control” por excelencia, que controla, dirige y moldea la psiquis de las masas? Y si la prensa es un “mecanismo de control popular”, ejercido por el gobierno, ¿cómo puede ser, a la vez, su contrapeso, es decir, cómo puede funcionar como un poder independiente y paralelo?

Para regocijo nuestro –según la periodista–, el partido comunista no se ha equivocado nunca, pero quién sabe, y a lo mejor un día caiga en un posible error. Además, si la sociedad civil es la que distorsiona “la política trazada por el partido”, ¿cómo es posible que la refrende en su mayoría, o es que está fingiendo?

En otro artículo relacionado con el Congreso, un periodista, que alegó insomnio ante la idea de que no hubiese un “material periodístico que informara o aclarara” sobre el desabastecimiento de pastas dentales en las tiendas, afirmó: “nuestro periodismo no pulsa la sociedad, no corre por sus mismas venas… ¿Qué nos impide hacerlo? ¿Alguien obstaculiza tal propósito? Nada ni nadie, son las respuestas”.

Evidentemente, el autor no conoce a Calixto Ramón Martínez, quien estuvo durante varios meses preso por intentar hacer un reportaje sobre un cargamento de medicinas que fue descuidado en la aduana del Aeropuerto Internacional “José Martí”. Tampoco conoce a los periodistas independientes que son acosados y amenazados por reportar casos de cólera, o acusar al gobierno de alguna injusticia, o negligencia.

¿Por qué no invitan a las sesiones del IX Congreso de la UPEC a sus colegas del periodismo independiente, no para discutir sobre economía, y mucho menos de política, sino para que cuenten sus experiencias personales en el sector?

Si compartieran con periodistas como Tania Díaz Castro y José Hugo Fernández, no sólo ampliarían su visión de la realidad cubana, sino también les ayudarían a desvanecer esos discursos de propaganda, articulados con sofismas, demagogia e ilusionismo, que en vez de trabalenguas, parecen “trabasesos”.

¿Cuándo habrá en Cuba una Medea Benjamín, que en medio de una conferencia de prensa, se ponga “de pie en tres ocasiones”, y cuestione “a su presidente”? ¿Alguien se imagina que un periodista oficial le haga una pregunta incómoda, no ya a Raúl Castro, sino a un ministro, o al director de una empresa? ¿Cuándo un periodista no oficial, o un ciudadano común, podrán conseguir un pase para asistir al discurso de un presidente? Si alguien se atreviera a encarar a Raúl Castro sobre cualquier tema, seguramente no recibiría “una avalancha de apoyo y también críticas”, sino una avalancha de golpes y de años en prisión.

En Cuba no puede haber pacifistas como Medea Benjamín, ni defensores de los derechos humanos, porque el gobierno los tilda de “contrarrevolucionarios”. En su reverso, esto significa que los “revolucionarios” deben ser beligerantes y prestos a la violencia. Si alguien se hubiese declarado pacifista durante la Guerra Civil de Angola, habría sido acusado de “traidor a la Patria”. Pero igual sucede ahora, respecto a la defensa nacional.

Les recuerdo a los periodistas oficialistas cubanos que ésta es una de las profesiones que tiene auténticos mártires. Muchos periodistas de América Latina, e incluso de Europa, mueren cada año, o son perseguidos, por publicar artículos sobre casos de corrupción, asesinatos, carteles de la droga y mafias. Sirvan de ejemplo Verónica Guerin, Larisa Yudina y Roberto Saviano.

Mártir no es sólo el héroe que cayó en combate, o en desgracia, ni la víctima azarosa del odio y el fanatismo. Mártir es el testigo de una fe liberadora, de una verdad universal, que trasciende a su persona y a menudo su época. Los periodistas, al igual que los mártires cristianos, son testigos que prueban con su sacrificio que sus creencias eran ciertas y sus investigaciones precisas.

¿Se arriesgan por la fama o por el éxito? Yo creo que lo hacen por conciencia, responsabilidad cívica, y porque creen que un “mundo mejor es posible”, sólo si está libre de ambiciones, mentiras, opresión, y de la actitud de quienes miran para otro lado.

Según Leonardo Padura, “el periodismo es una de las maneras de sanear el ambiente de una sociedad”. En Cuba, se necesitan periodistas honrados y valientes, que sean inquisitivos, no inquisidores, que ejerzan la crítica, no la apología, y que señalen las zonas insalubres de esta sociedad: sus frustraciones, sus desigualdades, su autoritarismo.

Yo consultaría a los periodistas cubanos, tal como hicieron una vez los militares golpistas, el 10 de marzo de 1952, al preguntar a sus semejantes, que defendían –supuestamente– las leyes y la Constitución: “¿con quién está usted?”. Sólo que hoy la disyuntiva sería: ¿está con el gobierno o con la sociedad civil, con el partido comunista o con el pueblo?

 

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