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Naturaleza y revolución

Odelín Alfonso Torna

LA HABANA, Cuba, junio (www.cubanet.org) – ¿Cuántos cubanos han leído o escuchado la frase, “Naturaleza y revolución”? Lo cierto es que existe y seguramente se le ocurrió a uno de esos papagayos repetidores de consignas. La graciosa frasecita está grabada en una valla de madera situada a la entrada del Parque Nacional Viñales, en la provincia de Pinar del Río; otro centro de esparcimiento con precios prohibitivos.

En Cuba todo existe “gracias a la revolución”; es como si respiráramos “gracias a la revolución”. Si quisiéramos empalagarnos, bastaría degustar el ajiaco de consignas revolucionarias en que llevamos medio siglo sumergidos, donde salud, educación y deportes, entre otras cosas, se baten siempre con revolución.

Y hablando de “naturaleza y revolución”. Nadie me puede ha podido explicar bien por qué un paquete turístico al Valle de Viñales, para disfrutar la naturaleza, a través de la empresa turística Isla Azul, de ida y vuelta el mismo día y con almuerzo incluido, le cuesta al cubano unos 1.210 pesos (alrededor de 59 dólares), cuando el salario mensual promedio que nos paga la revolución, dueña de Isla Azul y también de la naturaleza, anda por debajo de los 500 pesos. El viajecito en guagua a Pinar del Río representa para la mayoría más de tres meses de trabajo.

¿Cuántos cubanos pueden ahorrar 1.680 pesos (el equivalente a 80 dólares) para pagarse un viaje de Isla Azul a Cayo Santa María, un centro turístico de la cayería norte de Villa Clara?

El cartelito de Naturaleza y revolución, también podrían ponerlo 100 kilómetros antes del Parque Nacional Viñales, a la entrada del centro turístico Las Terrazas. Cien pesos, el sueldo de una semana, tiene que pagar un cubano para que lo dejen entrar en ese lugar, solamente para observar la exuberante vegetación y la casita donde vivió Polo Montañés. ¿Es justo que hagan trabajar una semana, sólo para ver un pedazo de nuestra naturaleza?

La naturaleza y la revolución nunca se llevaron bien, mucho ha sufrido la primera por causa de la segunda. Ahora, para colmo, la segunda nos cobra por dejarnos ver lo poco que queda de la primera. La revolución no solo exprime la naturaleza, sino que no invierte un centavo de sus ganancias en mantenerla. Ni siquiera se molesta en arreglar los caminos de acceso al Parque Nacional Viñales, el complejo Las Terrazas y cayo Santa María, todos en deplorables condiciones.

Basta mirar nuestros campos cubiertos de marabú, y nuestros parques naturales y ecosistemas marinos, para ver el desastre ecológico que es nuestra isla, gracias a la revolución.