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Nacionalismo y poderes autocráticos: una peligrosa estrategia

La crisis fronteriza colombo venezolana tiene un sospechoso hálito de inspiración castrista

Miriam Celaya, en Cubanet

LA HABANA, Cuba.- A medida que se incrementa la crisis de la frontera colombo-venezolana, atizada por las arengas chovinistas y xenófobas del presidente venezolano, los representantes de las FARC que toman parte en el diálogo de paz acaban de declarar desde La Habana su incondicional apoyo a Nicolás Maduro en esta “lucha contra el paramilitarismo”.

Así lo ha divulgado en Cuba el Noticiero Nacional de Televisión (NTV), en su emisión vespertina de este viernes, 28 de agosto, tras un tendencioso comentario “informativo” que daba cuenta de la marcha de “miles de Venezolanos” por las principales avenidas de Caracas hasta el Palacio de Miraflores, dando apoyo a su presidente por el cierre de la frontera con Colombia en el estado de Táchira.

 “Venezuela exige respeto” ha sido la consigna de esta marcha que -según el NTV– tuvo como objetivo el “apoyo a los colombianos contra el paramilitarismo y el contrabando” del que son víctimas en esa región, en la cual “se han desmantelado miles de locales utilizados como almacenes por los contrabandistas y como refugios de los paramilitares”.

Huelga decir que la posición de las FARC legitimando el atropello contra sus compatriotas resulta -al menos- coherente. No podría esperarse otra declaración de una organización cuyos métodos de lucha son las guerras, la intimidación a civiles, los secuestros y los asesinatos, que ha utilizado el mercado de las drogas para la adquisición de armas y para el lucro de sus dirigentes, y que aún hoy, a contrapelo del proceso de diálogo que debería conducir a la paz en Colombia, comete ataques armados contra efectivos del ejército regular colombiano. Las FARC no demuestran respeto alguno por las vidas de sus compatriotas de la frontera de Táchira, como no lo sienten por el pueblo  colombiano. Bandidos de monte, al fin y al cabo, sienten un profundo desprecio por la vida humana.

Mientas, la divulgación de una crisis que muchos consideran como una estrategia engañosa de Nicolás Maduro para declarar eventualmente un estado de excepción y anular las elecciones parlamentarias que deberán celebrarse en Venezuela en diciembre próximo, ha sido casi nula en los medios oficiales cubanos, aunque el NTV la ha mencionado como si la opinión pública nacional estuviese al tanto de los acontecimientos y se diese por sentado que los cubanos también apoyamos al gobierno de Venezuela en esta nueva estrategia por recuperar algo de credibilidad entre los venezolanos, aunque sea al precio de sumar un nuevo conflicto al ya complejo panorama político de ese país.

Hasta el momento, el monopolio de prensa castrista no ha hecho mención alguna sobre los métodos violentos y humillantes utilizados por efectivos del ejército “bolivariano” contra los miles de residentes colombianos asentados en este segmento de la franja fronteriza venezolana, a la destrucción de sus hogares y al despojo de sus bienes. El drama de las familias, incluyendo a decenas de menores de edad que están sufriendo las secuelas de estas jornadas de horror, tampoco se reflejó en los medios oficiales cubanos.

La imagen que se ha ofrecido sugiere que varios miles de forajidos colombianos y sus familias, dedicados al contrabando, se habían asentado en la zona fronteriza para saquear la riqueza venezolana y dañar a la revolución bolivariana. Contrabandistas que -por supuesto- cuentan con el apoyo del ex presidente colombiano, Álvaro Uribe, y de las fuerzas políticas más reaccionarias de Estados Unidos.

Manipulación del nacionalismo como sustento del populismo

Esta trama bolivariana, sin embargo, guarda un sospechoso parecido con las urdidas por los camajanes de verde olivo del Palacio de la Revolución cuando han querido espolear un nacionalismo a ultranza que les permita enmascarar los conflictos internos o distraer la atención internacional. Práctica ésta que no es una innovación de los hacendados antillanos, sino que ha sido profusamente utilizada por los poderes, y en particular por todas las dictaduras, más allá de su color ideológico.

Lo peor, sin embargo, es que casi siempre este recurso funciona y logra movilizar en el ardor patriotero a amplios sectores sociales, incluyendo una buena parte de los que no simpatizan con el poder. Los ejemplos huelgan. Baste recordar la Guerra de Las Malvinas, en 1982, cuando la debilitada junta militar argentina, entonces encabezada por el general Leopoldo Galtieri, lanzó un ataque contra ese territorio, bajo jurisdicción británica, tratando de canalizar la crisis económica y social interna a través del conflicto armado con una potencia extranjera que la superaba sobradamente. Las consecuencias fueron fatales para los argentinos, que sufrieron cuantiosas pérdidas de vidas y materiales, e igualmente tras dos meses de contiendas acabaron firmando una rendición incondicional ante Gran Bretaña.

La progresía argentina de hoy parece no recordar que en aquellos tiempos el dictador de izquierdas y subordinado de la URSS, Fidel Castro, ofreció su rotundo apoyo a la junta militar argentina… Que afortunadamente para los cubanos no lo tuvo en cuenta.

En Cuba, las convocatorias patrioteras han estado a la orden del día en el último medio siglo, lo mismo para entrenar y apoyar guerrillas en el extranjero que para movilizar a las masas contra el enemigo imperialista y “los mercenarios” internos. Cualquier recurso puede resultar útil a los poderes para despertar el espíritu del clan y hacer que las masas olviden la incapacidad administrativa de los gobernantes: desde el atentado terrorista a un avión en pleno vuelo o una bomba que estalla en un hotel en circunstancias nunca suficientemente esclarecidas, hasta un niño náufrago a la deriva en el Estrecho de la Florida. Se trata de una dramaturgia de gama amplia y consiste esencialmente en tocar la fibra más sensiblera y nacionalista que subsiste como un gen atávico en toda comunidad humana. En todos los casos, la manipulación de la prensa oficial ha sido fundamental para incidir sobre la opinión pública, solapando las raíces de los conflictos y privilegiando los efectos.

Tal es ahora la estrategia del mandatario venezolano, cuya discapacidad funcional al frente de esa nación ha conducido a una crisis socioeconómica de incalculable magnitud para Venezuela.

Llama sospechosamente la atención que el conflicto se manifieste utilizando a Colombia como pretexto y no al eterno villano de Latinoamérica, EEUU. Quizás el topo de Miraflores  ha sido instruido sobre la importancia de evitar una crisis frontal con el poderoso enemigo mientras se está desarrollando el proceso de normalización de relaciones entre esa potencia “imperialista” y Cuba, que tanto urge a los intereses de los ancianos del Palacio de la Revolución. El pupilo suramericano, entonces, bien puede limitar el conflicto a la zona fronteriza con Colombia, para no poner a los mentores en una situación demasiado comprometida. En definitiva, ante una realidad tan volátil como la que vive Venezuela debería bastar una escaramuza diplomática con el vecino para dictar el estado de excepción que sirva a Maduro para evitar unas elecciones que -a juzgar por los resultados de las encuestas- se le anuncian adversas.

Pero, aunque los tiempos han cambiado y es más fácil desenmascarar las viejas triquiñuelas de los poderes, no por ello resultan menos peligrosas las dictaduras populistas. Despertar el genio del clan en medio de una crisis general como la que vive Venezuela puede tener consecuencias nefastas para las aspiraciones democráticas de ese país y de la región. Una lección que hemos aprendido de la peor manera los cubanos, a quienes el abuso del nacionalismo ha acabado despojándonos del sentido de Nación.