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Millonarios a la fuerza

Jorge Olivera Castillo, Primavera Digital

Centro Habana, La Habana.- Señalar asiduamente las cajas de caudales ajenas, es una maniobra para cubrir el origen de fortunas propias que solo se explican a partir de procedimientos inescrupulosos.

Si el 1% de los norteamericanos más adinerados, sigue aumentando sus capitales en detrimento de los sectores más pobres, según artículos de periodistas locales y extranjeros, a menudo publicados en la prensa nacional, que decir de las riquezas de una élite de poder que en el caso cubano no representa ni el 0,1% de la población.

Al denunciar lo que ocurre allende las fronteras en cuanto a la desproporcionalidad en el reparto del producto interno bruto generado, sin dedicarle ni una coma a la grave situación en intramuros, respecto a la vida de magnates que se gastan varias decenas de personajes de la nomenclatura, además de cínico, revela los puntos débiles de una prensa que lejos de ser objetiva y equilibrada, continúa atada a los intereses de un grupúsculo que actúa como si Cuba fuera su hacienda particular.

¿Cómo explicar que varios generales, políticos de alto rango y ministros, amasen fortunas que excedan el millón de dólares, sin invertir un centavo y sin mostrar competencia alguna en los cargos que desempeñan?

Aunque esa vida de lujos se mantenga en el anonimato, para nadie es un secreto el disfrute de las últimas novedades de la ciencia y la tecnología, los viajes en sus yates particulares, las cenas pantagruélicas, las ropas y joyas compradas en boutiques de renombre, las mansiones con piscinas climatizadas y las cacerías en zonas paradisíacas del territorio nacional reservadas para uso exclusivo. Todo eso y más es parte de una cotidianidad que nada tiene en común con los discursos que transparentan una humildad a encerrar entre signos de interrogación.

La fórmula de poner en perspectiva la retórica del socialismo, como fundamento de las políticas internas, ha sido una coartada para restarle visibilidad a la codificación del robo y la extorsión, protagonizados por una claque de hombres mediocres y oportunistas.

Por ejemplo, ser militante del partido de comunista en Cuba no es a estas alturas, ¿o nunca ha sido? sinónimo de probidad moral y ética. La experiencia arroja conclusiones totalmente divorciadas de esas categorías.

La militancia, en la única entidad política autorizada, es asumida como una especie de escalera con acceso a diversos de niveles de prosperidad, no por el volumen de esfuerzo personal o brillantes capacidades profesionales sino por el potencial para la adulación a los jefes inmediatos como vía de ascenso y la astucia para asimilar y mejorar los mecanismos utilizados en el desvío de los recursos del estado.

La tónica austera y humanitaria del discurso que desde tribunas y periódicos se predica, es parte de la cortina de humo.

Detrás del telón, siguen las francachelas y el buen vivir sufragados con dineros de dudosa procedencia.

Los dueños de la nación y su séquito de colaboradores más cercanos, viven en un país especial que forjaron a golpe de mentiras y terror.

La revolución socialista fue el señuelo para alcanzar sus propósitos. En 53 años de gobierno, y tras la bandera del marxismo-leninismo, ha surgido una variopinta camada de militares y funcionarios que profesan fidelidad a ese dogma. ¿De qué otra forma podrían haber logrado un nivel de acceso tan generoso a las zonas más exuberantes del capitalismo?

Sin premios que lo justifiquen, ni cualidades que lo legitimen, esas fortunas se han hecho a partir de la habilidad para poner en práctica estrategias nunca compatibles con el honor y la decencia.

 

 

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