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Mi visita al primer mundo

Juan González Febles, Primavera Digital

Lawton, La Habana.- Conviven varias Habanas en el mismo espacio y tiempo. Conocerlas a todas es un reto que requiere un tanto de voluntad y de lo fundamental, digamos eso que se define como querer hacerlo.

Si uno de veras quiere conocer La Habana del privilegio, lo primero es caracterizarse como propio, porque los extraños no son bienvenidos en ciertos paraísos. Caracterizado de forma adecuada de manera que quede margen para la duda sobre si se es cubano de alto ranking de posibilidades, o extranjero de cualquier lugar, me encaminé al Miramar Trade Center.

El Miramar Trade Center o Centro de Negocios de Miramar es un complejo de edificios consagrado al selecto y exclusivo medio empresarial de los negocios corporativos y los inversionistas extranjeros. Está ubicado en el siempre selecto Miramar, en la calle 3ra, y en él están asentados varios establecimientos comerciales que cuentan como clientela básica a los vecinos del reparto y otros llegados de otras zonas igualmente favorecidas.

En mi acercamiento a ese primer mundo, decidí entrar con aire mundano y conocedor a la tienda de víveres allí ubicada. La gente es diferente. Quiero decir que si no lo son, al menos se comportan como diferentes y en algún lugar no tan recóndito, se sienten verdaderamente diferentes. Me encontré con un grupo de buenos y revolucionarios vecinos, que hacían de forma organizada una muy pequeña cola para adquirir carne de res.

Los vecinos de esta Habana tienen un aspecto algo diferente. Las diferencias van desde el tono de la piel y son abarcadoras de otros detalles que van mucho más allá. Lo más llamativo es cuanto se sienten y hasta cuanto son verdaderamente diferentes del resto de los habaneros. Verlos fue muy aleccionador porque en el espacio enmarcado de su tienda, interactúan con los habaneros que hacen el rol de dependientes y empleados y este es el quid de la diferencia, o el contacto de dos Habanas, entre las muchas que se contraponen.

Parecían estar separados por un cristal y mirado mejor, por momentos fue el encuentro conocido de ojos que se miran a través de una pecera en que las identidades se trastocan para que ninguno de los que se observan consiga definirse o identificar otro rasgo que no sea el de la diferencia real o no que afirma ese cristal –político y muy clasista- que los separa en el espacio viciado en que conviven.

Desde una de las paredes del establecimiento, la propaganda gráfica proclamaba la supuesta injusticia del encarcelamiento de los cinco espías convictos en USA. Desde sus conversaciones, los dos grupos humanos que observé afirmaban la diferencia. Los clientes, perfectos en su empaque, traslucían las virtudes teologales del revolucionario en un discurso diferente del todo al de los dependientes. Este último más terrenal y cercano, pendiente de las horas o de la hora de volver al todo o la nada del barrio, el apagón y la penuria sin fin.

Fue el encuentro con los que se ganaron el privilegio de disfrutar lo que no construyeron y ganaron, en contraposición de los que nunca tendrán ni tan siquiera la esperanza.

 

 

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