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Memorias mal contadas

Luis Cino Álvarez, Primavera Digital

Arroyo Naranjo, La Habana.- A pesar de la profusión de imágenes fílmicas y fotográficas, las memorias de la revolución cubana estarán –ahora que se les acaba el tiempo a sus protagonistas- irremediablemente incompletas y a fuerza de tanta retórica, selectividad y ocultamiento, mal contadas.

Che Guevara siempre creyó que la historia de la revolución cubana debía ser escrita por los que la hicieron. De hecho, fue el primero en intentarlo. “Pasajes de la guerra revolucionaria” fue un buen intento de iniciar la escritura de la historia de la insurrección fidelista, de la Sierra Maestra a la toma de Santa Clara.

Los que han tenido tiempo y se han animado a escribir sin mucha vocación sus memorias, terminan casi siempre en el mismo punto. Abundan en detalles sobre la etapa insurreccional contra la dictadura de Batista, pero se detienen en seco, como si hubieran perdido totalmente el resuello y las ganas, en enero de 1959 o poco después, justo cuando se inicia el nuevo régimen. Si acaso, dan una zancada y caen en los pormenores de la batalla de Playa Girón o muy someramente en los días de atrincheramiento durante la crisis de los misiles de octubre de 1962. Y luego dan por terminados sus relatos. Como si no sólo sus historias, sino la de Cuba toda, hubiera llegado a su definitivo final. O a un largo interregno hacia sabrá Dios qué, porque ya sabemos que el paraíso comunista que una vez nos anunciaron, definitivamente ya no será.

Parece ser mucho más cómodo y seguro describir cómo hicieron la guerra revolucionaria que narrar desde el poder cómo sin saber el oficio, destruyeron el viejo orden y construyeron uno nuevo -similar y diferente a la vez al socialismo real soviético- que en pocos años empezó a hacer agua por todas partes y a evidenciar sus numerosos fracasos hasta llegar a la dictadura esperpéntica y en fase terminal de hoy.

Los guerrilleros, una vez en el poder, convertidos en altos oficiales o ministros, rodeados de privilegios, ajenos a los absurdos y los disparates o partícipes de ellos, se limitaron a obedecer sin chistar, sin hacerse demasiadas preguntas y menos en voz alta. A la hora de demostrar su absoluta fidelidad a Los Jefes, desconfiaban hasta de las paredes y las almohadas. El tipo de historias que pudieron contar eran demasiado peligrosas y deprimentes para convertirlas en libros que quién sabe si serían utilizados por el enemigo.

Hablo de las memorias de los llamados Comandantes de la Revolución para abajo en orden jerárquico. Y es sabido que cualquiera no es capaz de escribir sus memorias. Entonces, sólo restan, hacia arriba, Fidel y Raúl Castro. En definitiva, son los que más tendrían para contar. Pero ninguno de los dos parece motivado a escribir su vida de puño y letra.

El Máximo Líder prefirió escribir, antes que sus memorias, reflexiones para Granma y Cuba Debate y cómo no, él también, dos libros sobre la lucha en la Sierra Maestra. Para sus memorias, hubiera podido contar con el auxilio de las periodistas Rosa Miriam Elizalde y Katiuska Blanco y hasta del mismísimo Gabriel García Márquez. En su lugar, en vez de las memorias de Fidel Castro, tuvimos que conformarnos con la trascripción de las 100 horas de su conversación con Ignacio Ramonet. Y paradójicamente las memorias apócrifas escritas por Norberto Fuentes, un ingrato desenganchado de la corte castrista –hasta donde se sabe-, pero que por aquello de que dice ser su memoria, hace el cuento a veces más parecido al Comandante que él mismo.

En cuanto al general-presidente, con tan arduo trabajo que tiene por delante con las reformas a cámara lenta que supersticiosamente no quiere llamar reformas sino “actualización y perfeccionamiento del modelo económico socialista” –y eso es peor-, es muy poco probable que le quede espacio ni cabeza para escribir memorias ni algo que se le parezca.

Así, estos silencios para nada piadosos sobre los errores y los horrores de una dictadura que no se admite como tal y tantas memorias a medias, mal escritas y peor contadas, pero siempre con final feliz, como una comedia, se la ponen bien difícil a los historiadores.

Si entre el ataque al cuartel Moncada y la entrada del Ejército Rebelde en La Habana median menos de seis años (incluidos los dos de la guerrilla en la Sierra Maestra) y son 52 los años del poder castrista, sumergidos en el secreto y la selectividad de los recuerdos, la historia de la revolución cubana vendría a ser algo así como un iceberg.

Un amigo me recomienda “La complejidad de la rebeldía”, de los historiadores Oscar Puig y Reinaldo Suárez. Leí recientemente en un comentario en la prensa oficial que el libro aborda la historia de las primeras décadas del régimen revolucionario “sin ambages ni subterfugios edulcoradores”. Sinceramente, lo dudo. No obstante, cuando lo lea, les cuento.