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Más problemas, cero soluciones

Jorge Olivera Castillo, Primavera Digital

Habana Vieja, La Habana.- En el reciente debate auspiciado por la revista católica Espacio Laical sobre las tibias reformas económicas que se llevan a cabo desde el 2006, se repitieron los mismos argumentos que se discuten de manera regular en diversos foros sin que aparezcan las soluciones.

Las críticas vertidas en esta ocasión también corren el riesgo de diluirse frente a las posturas de la alta jerarquía del Partido Comunista, caracterizadas por un conservadurismo que intentan disimular con amagos de aperturas y mucha retórica.

El grueso de los cambios estructurales que deberían acometerse sin más dilaciones, permanecen engavetados o en el mejor de los casos sujetos a una implementación mediatizada solo útil para reciclar los espejismos que juegan un papel tan importante en la codificación de una farsa.

Al no existir consenso en la élite sobre el aceleramiento y profundización de las reformas, por causas políticas e ideológicas, es inútil esperar un salto hacia la racionalidad.

En el ocaso de sus vidas, es ilógico que Fidel y Raúl Castro dejen el camino libre a una serie de transformaciones que entrañan la desaparición de un modelo del cual son los indiscutibles patriarcas.

Lo que primará son las pausas en la ejecución de los programas y las poses que transmitan la falsa idea de un compromiso real con los cambios.

De cierta manera, todas estas discusiones sirven para recrear un ambiente que favorece al gobierno en términos de legitimidad.

Que un grupo de intelectuales cuestionen las políticas gubernamentales, como ha ocurrido bajo el patrocinio de Espacio Laical, no significa que en los próximos meses la cosas en torno a estos asuntos vayan a ser diferentes a como lo son en la actualidad. El tiempo de las permisividades para estos debates sigue cronometrado por el castrismo.

Aunque los mecanismos de control social son algo menos efectivos que hace dos décadas, todavía conservan una notable capacidad disuasiva.

No es que las proyecciones, en este caso de los escritores Leonardo Padura y Arturo Arango, del antropólogo Dimitri Prieto y el politólogo Hiram Hernández, entre otros, carezcan de valor, el peligro radica en el sobredimensionamiento.

Valdría la pena preguntarse: ¿A cuántos cubanos llegó el contenido de los debates?, ¿Cuántas personas estarían dispuestas a hacerse eco de los señalamientos críticos o tomarlos como referencia ante una eventual demanda al gobierno por la injusta usurpación de los derechos ciudadanos?

Las exhortaciones a permitir el control popular sobre los recursos administrados por el Estado, los reproches sobre una ley tributaria que exige pagar el 50% de las ganancias a los trabajadores por cuenta propia y el exceso de secretismo en cuanto a los detalles del plan de reformas, fueron algunos de los temas que estuvieron en la agenda del evento y que conforman el largo índice de problemas por resolver.

Lo único que obliga a fruncir el ceño y que desnaturaliza la autenticidad del foro, es lo limitado de la convocatoria. ¿Por qué no se invitó a opositores y a integrantes de la sociedad civil alternativa? Esto es una mala señal. Un indicio de que la iglesia católica y los intelectuales provenientes de las filas oficiales serán actores ineludibles en un futuro proceso de transición que se vislumbra parcializado y lleno de prejuicios.

Por el momento, la oposición se mantiene fuera de los cálculos. Los hechos corroboran las suspicacias en relación a un suceso a la espera de materializarse en Cuba.

 

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