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Los versitos de la fidelidad

Luis Cino Álvarez, en Círculo Cínico

Alguna vez Guillermo Cabrera Infante calificó a Pablo Armando Fernández como “un poeta menor”. A pesar de la amistad entre ambos, habría que ver qué hubiera dicho el Infante, en un país donde abundan los malos poetas casi tanto como los guatacas, de leer “Héroes inmarcesibles” y “Números reveladores”, los dos poemas dedicados “para Fidel” que añadió Pablo Armando a su crónica en La Jiribilla con motivo del cumpleaños del Comandante.

A pesar de su entusiasta participación este verano en la celebración de los 50 años de las Palabras a los Intelectuales y de la UNEAC, fue el onomástico 85 del Comandante el que arrastró a Pablo Armando Fernández a la más ridícula adulonería. Para la ocasión, escribió en La Jiribilla, los dos poemas y una crónica, que es más bien una declaración de amor ilimitado, donde asegura que “Fidel es pura historia, un elegido, un enviado”.

Según Pablo Armando Fernández, el Comandante, en vez de su lucha por darnos rostro y voz a los cubanos -el rostro y la voz de él, ¿cuáles si no?- “hubiera podido dedicar toda su vida a viajar por el mundo y a conocer muchachas hermosas que seguro lo estarían esperando”.

Qué pena, ¿verdad?, que las muchachas hayan perdido semejante playboy. Total, si los cubanos nunca supimos entender ni estar a la altura de tal líder.

El poeta lamenta no haber tenido con Fidel Castro “una amistad en el sentido de compartir el tiempo que para eso se necesita”, pero parece que no fue necesario. El Jefe perdonó las debilidades e indignidades de sus tiempos en Lunes de Revolución y luego de cicerón de las personalidades yanquis que venían a hacer turismo político a Cuba. Aquellos pecadillos -y otros que no vienen al caso- le costaron ser parametrado durante el quinquenio gris. Pero andando el tiempo, Pablo Armando fue rehabilitado, recibió el Premio Nacional de Literatura y la correspondiente pensión en divisa. Y lo que es más: el Comandante le celebró por todo lo alto su cumpleaños 60.

En su amorosa crónica de La Jiribilla, el poeta recuerda que aquel insólito homenaje se debió la mediación de Miguel Barnet, Celestina de cake y velitas, durante una recepción del Premio Casa de las Américas en el Palacio de las Convenciones, en 1990 -¿sería la misma recepción en que el escritor uruguayo Daniel Chavarría se hincó de rodillas ante el Máximo Líder para suplicarle un abrazo?-, cuando Fidel Castro, “muy gracioso”, le reprochó que tomara siempre Johnny Walker en vez de whisky cubano.

El cumpleaños se lo celebraron poco después, con bastante whisky y todo lo demás, en el Palacio de las Convenciones. Refiere el poeta: “Se celebró una fiesta bellísima, con muchos amigos e intelectuales. Ese día me preguntó cómo me sentía y yo contesté: “soy el hombre más feliz de la Tierra, y no es un acto de vanidad ni de egoísmo, pero este momento yo no lo merezco. Lo merece usted, usted es el que debería tener un cumpleaños como este, pero no tiene un Fidel Castro que se lo haga”.

Pero como aduladores tiene bastantes, en 1996, Barnet, quien parece disfrutar mucho las fiestas de cumpleaños cuando son de altura, propuso celebrar el 70 cumpleaños del Comandante en casa de Pablo Armando Fernández. Ni decir que el autor de “Los niños se despiden” acogió la idea con entusiasmo.

Recuerda el anfitrión: “Hablé con Antonio Núñez Jiménez y Armando Hart Dávalos, que trabajaban por entonces con él, y reunimos a ese mismo grupo de personas que estaba en la Casa de las Américas seis años antes, personas que lo amamos. La idea no era que él estuviera aquí, sino que un grupo de amigos brindáramos por su salud, pero él llegó a compartir con nosotros junto con otros invitados. Al rato de estar aquí, lo llamaron por teléfono porque lo estaban esperando en una cena y él, muy generoso y noble, le confesó a Maruja, mi mujer, que ojala la vida le diera solo una hora más para compartir con nosotros en esta casa”.

No imaginen que fue una fiesta con todos los hierros. Modestos que son ellos, fue más bien un motivito.  Hace años habló de aquel cumpleaños en el programa Mesa Redonda el hoy defenestrado Felipe Pérez Roque, que fue invitado a la fiesta porque por entonces era “el que mejor interpretaba el pensamiento de Fidel”.

Según Pérez Roque, que no disimulaba su desprecio por el pueblo, especialmente si eran de piel oscura, cuando llegaron a casa de Pablo Armando había un apagón y en la calle estaban paradas “unas negras gordas”. El agasajado y sus invitados celebraron con un cake, croquetas, y siempre según Felipito, “ron del malo, de ese que venden en la bodega”.

El Comandante partió raudo para la cena donde lo esperaban y como Pablo Armando Fernández estaba sin whisky y producto del apagón tampoco tenía los cubitos de hielo con que aprendió a beberlo en New York, se quedó con las ganas de endilgarle a su amado líder los poemas que tenía preparados para la ocasión. Tal vez sean las mismas rimas infumables que 15 años después publicó en La Jiribilla, junto a la crónica-panegírico, con motivo del onomástico 85 del Máximo Líder.

Bochorno aparte, no sé qué hubiera dicho Cabrera Infante. Prefiero no imaginarlo. Por mi parte, me ofendería si alguien me dedicara semejantes versitos. Lo tomaría como una burla.

No sé si el Comandante, que debe estar acostumbrado a las guataquerías, perdone los versitos de Pablo Armando. La poesía no debe ser el fuerte del Líder. Pero, con tantas mujeres que conquistó, debe saber que a veces en los lances amorosos, el exceso de entusiasmo puede provocar disfunciones y otros desastrosos resultados. Incluso a los poetas. Por muy fieles que sean. ¿Por qué no?