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Los verdugos y los cómplices

Juan González Febles, Primavera Digital

Lawton, La Habana.- El coronel Rodolfo Pichardo, Carlos Amat, Fernando Flores Ibarra, fiscales, militares y otros que pudieran clasificarse como cómplices en unos casos o como verdugos en otras de las más recientes atrocidades incurridas por el capítulo cubano del comunismo, me traen de vuelta a la filósofa germano-judía Hanna Arendt y su "banalidad del mal".

Como señaló la Arendt, ellos no fueron verdaderamente "monstruos" o "pozos de maldad". Lo que hicieron no tendrá perdón y no son inocentes. Pero coincido con la Arendt en algo, y es que al igual que los verdugos de la Alemania nazi o los estalinistas de la Rusia soviética, no se trata de gente dotada de capacidades especiales para la crueldad. Solo son o fueron burócratas fieles. En unos casos revolucionarios, en otros no, pero todos socialistas atrapados en algún sistema basado en abusos y actos de crueldad.

Comienzo a comprender eso de la "banalidad del mal" para expresar como hay gente que actúa dentro de reglas propias al sistema al que sirven sin reflexionar sobre sus actos. No se sienten inquietos por las consecuencias de estos actos, sino sólo por el cumplimiento de la orden. La tortura, la ejecución de seres humanos o la práctica de actos crueles no son consideradas a partir de su efecto o resultado concreto. Lo único que parece importarles es cumplir la orden, porque viene de "arriba".

Por esto, la Sra. Arendt llamó a estar atentos a lo que definió como la "banalidad del mal", para evitar que ocurra como ocurre hoy en Cuba o que se repita cuando la pesadilla felizmente termine.

La frase se usa en la actualidad para describir el comportamiento de este tipo de gente o de "esta gente", que respira sin ninguna compasión para con otros seres humanos. Son gentecita normal y corriente a pesar de los actos en que incurren o incurrieron. Buenos padres, buenos amigos y quizás hasta buenos o buenas amantes. Sin un sistema cruel y retorcido, jamás hubieran tenido trascendencia alguna fuera de su círculo interno.

Ninguno de los más renombrados esbirros de la pesadilla nazi, la soviética, la china, la kampucheana o la iraní, fueron o son los monstruos horrendos que marcan sus actos. Al menos, no cuando el lente de la lupa se les acerca lo suficiente para verlos como lo que son en realidad. En Cuba, los hay que posan de decentes y excelentes padres. Conozco casos de oficiales de las FAR que sirvieron en las UMAP, o que en su momento, ametrallaron compatriotas víctimas de ejecuciones sumarias y hoy son dulces abuelitos, cederistas destacados o miembros del núcleo de jubilados del Partido Comunista, llamados de forma genérica, "factores".

Coincido con la Arendt y más allá, con el sacerdote decente, hombre y caballero que en memorable ocasión disertó sobre la compasión encaminada a la que llamó, la "pobre gente que delata y colabora". Mientras que para él, los primeros son "gentecita empoderada y empistolada", a quienes no hay que odiar cuando maltratan mujeres o gente desarmada e indefensa, sino compadecer en su cobardía, los segundos son aún más patéticos. Lo son "en la medida que mientras los primeros se afirman en la obediencia que prestan a lo incorrecto, los otros son sordos a un corazón que olvidaron escuchar, para escuchar atentos las contracciones de un estómago que les ensordece".

Donde hay dictadura, hay verdugos y donde hay verdugos, siempre habrá cómplices. Entonces, terminemos con las dictaduras. Esta parece ser la esencia de la "banalidad del mal" de que habló magistralmente Hanna Arendt.

 

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