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Los medios por los fines

Juan González Febles, Primavera Digital

 Lawton, La Habana.- En Cuba quien único parece tener fines y propósitos bien definidos es el gobierno. Aunque ya no se trata de una logia de hombres y mujeres comprometidos para un fin superior, aunque todo se haya descompuesto en grupos que rivalizan entre sí por parcelas de poder e influencia, en la orilla opositora las cosas tampoco marchan como debieran y puede decirse que uno y otro bando se mimetizan y reproducen, como si la oposición no fuera otra cosa, que el reflejo distorsionado de lo que debían consagrarse en derrocar.

Últimamente se realizan todo tipo de encuentros bajo la tolerancia del gobierno en locales pertenecientes en unos casos a la iglesia católica y en otros a personalidades puntuales que han encontrado su espacio a partir de haber encontrado el estilo o el sello distintivo que el gobierno considera menos grave o en ocasiones leve. Son grupos y personas que critican aspectos epidérmicos de la vida y su entramado en esta Isla. Una forma de jugar con la cadena sin tocar a un mono demasiado viejo que aunque nunca tuvo sentido del humor, en la actualidad es hipersensible. De forma paralela, los burócratas del espíritu del Consejo de Iglesias actúan contra un pastor en Villa Clara y lo desalojan con la policía.

Confundir los medios con los fines se ha vuelto la tónica del momento. He hablado con muchos amigos extranjeros que provienen de un variopinto espectro de intereses. Casi todos coinciden en que Cuba tiene muchísimos problemas, pero entre estos, no es exactamente el racismo el más sobresaliente. El racismo residual con que se convive en Cuba, puede ser erradicado con leyes, decretos y regulaciones que lo combatan. Un gobierno democrático, basado en un estado de derecho, acabaría eventualmente con un racismo que existe preservado en las estructuras administrativas del estado y sólo en este espacio.

En Cuba no existe odio racial entre el pueblo de a pie, entonces señores: ¿para qué perder tiempo y confundir un medio con un fin? No se trata de terminar con el racismo, porque este no es el problema principal o el pollo de nuestro arroz con pollo. El problema básico es conquistar la transición democrática y sacarnos de encima a la élite gerontocrática con que se lidia por más de cinco décadas. Hecho esto, el resto (racismo incluido) vendrá por añadidura.

En medio de su enajenante y totalizadora voluntad de control absoluto, el gobierno a través del servicio de Mariela Castro ha enarbolado la bandera de la diferencia, pero sólo en la esfera sexual. Últimamente se puede ser gay, lesbiana o cualquier otra cosa en la dulce intimidad de las sábanas. El problema está en ser revolucionarios, que es el eufemismo impuesto para semantizar la adhesión al gobierno cubano. Los primeros que trataron de abrir un espacio en este sector de la sociedad, fueron los pioneros de LGBT (Lesbianas, gays, travestis y bisexuales) que nacieron a la vida pública con la mácula eterna o la honrosa distinción de no ser revolucionarios.

Este es el problema principal. He escuchado todo tipo de llamados a la reconciliación nacional. En otros aspectos más confesionales, sobran los llamados al perdón. Lo más representativo es que el gobierno cubano y sus personeros nunca han pedido perdón por ningún horror o error en que hayan incurrido. ¿Cómo reconciliarse con quien no lo ha pedido? ¿Cómo perdonar a quien no da ni pide perdones? ¿Cómo se concede votos de confianza a quien no ha cedido nunca ni ha concedido voz ni voto de confianza jamás? ¿Cómo se organiza un diálogo con quien sólo concede la alternativa al monólogo?

Pienso que en el gran problema del momento es la confusión de lenguas en la Babel política en que se vive y en la que resulta muy difícil saber quién es quién. Quizás lo verdaderamente importante en principio sea determinar cuáles son los medios y cuáles los fines.