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Locos y vagabundos

Jorge Olivera Castillo, Primavera Digital

Habana Vieja, La Habana.- Uno de los motivos para catalogar al sistema socialista como inoperante y en proceso de descomposición, es el número de desquiciados mentales y mendigos que durante el día se dedican a escarbar en los tanques de basura y por la noche buscan cobija en los mugrientos portales de la ciudad.

La Habana es un hervidero de estas personas que deambulan por barrios y avenidas sin que existan planes de rehabilitación, al menos de forma sistemática, para atenuar sus desdichas.

Las recogidas y posteriores internamientos, donde les proporcionan modestas ayudas alimentarias y facilidades para el aseo, se producen cuando el país es visitado por alguna personalidad importante. Mientras esto no ocurre, tienen que sobrevivir a la intemperie.

Entre los perros y gatos que también vagan por la urbe capitalina en cantidades significativas y los miles de cubanos abandonados a su suerte, los ríos de orina y montículos de heces fecales se expanden a un ritmo vertiginoso.

Es difícil caminar por una calle de cualquier barrio y no toparse con una de esas inmundicias.

Salvo las zonas congeladas donde viven los jerarcas, sus familiares y parte de sus cercanos colaboradores, además de los empresarios extranjeros y el cuerpo diplomático acreditado; lo que distingue a La Habana son las ruinas, el permanente intercambio de groserías, los olores nauseabundos, el sexo rentado, los negocios ilícitos, los grupos de alcohólicos radicados en decenas de parques y esquinas, los dementes y en este inventario de la sinrazón no podían faltar los abuelos andrajosos que la revolución relegó al olvido.

El entorno actual se sitúa en las antípodas de la civilidad. Un hipotético saneamiento del tejido social habría que proyectarlo en un futuro sin nada que ver con la inmediatez.

Al juntar todas las aristas que surgen de una sociedad alejada de los necesarios equilibrios, se llega sin mucho esfuerzo a la conclusión, que Cuba bajo el mandato de Fidel y Raúl se ha transformado en una pocilga en el más amplio sentido del término.

Morir a causa del súbito derrumbe de un edificio o ser agredido por un loco, devienen en circunstancias que rebasan con creces lo fortuito.

Un número notable de ciudadanos pertenecientes a la generación nacida en la década del 60 del siglo XX, que marca el inicio del culebrón revolucionario con membrete socialista, sufren de alguna enfermedad mental. Por fortuna no me ha tocado enfrentar este tipo de padecimientos, no obstante haber soportado dolorosas pruebas, incluida la cárcel por motivos políticos.

Sin dudas el sector más afectado, en medio de la crisis que tratan de camuflar a través de puntuales coberturas triunfalistas en todos los medios de prensa, es el de la tercera edad. ¿Qué jubilado puede vivir con una pensión de 10 dólares al mes?

Los desenlaces más comunes para los ancianos, ante el cúmulo de problemas existenciales dentro de un socialismo que cada vez se parece más al capitalismo salvaje, figuran el suicidio, la mendicidad y la pérdida del juicio.

Aquello de que la revolución de 1959 se hizo con los humildes, por los humildes y para los humildes fue pura cháchara.

Con un breve paseo por La Habana, la falsedad del eslogan salta a la vista. Al realizar el recorrido es preciso mantener en el foco de atención a las edificaciones a punto de colapsar para no morir aplastado, a los vagabundos con sus pestilencias, así como a los locos y alcohólicos listos para poner en práctica sus asedios.

 

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