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Locos y alcohólicos: los reyes de las calles

Aimée Cabrera, Primavera Digital

Centro Habana, La Habana.- Sábado en la mañana. La plazoleta que hace se entrecrucen las calles San Francisco, Príncipe, y Vapor, en Centro Habana, está como siempre: llena de alcohólicos.

El bar Silvia dejó de vender ron barato y sus habituales usuarios tomaron por asalto los muros de los bajos de un edificio aledaño.

En medio de la calle, un joven gritaba frases soeces. Una mujer que pasaba cerca fue agredida por un demente que no cesaba de repetir lo mismo. Los alcohólicos reían y algunos lo incitaban a beber. "Si toma pastillas se va a poner peor"-advirtió una vecina, que dice sentir lástima por el loco.

Al siguiente día, muy temprano, había un hombre negro, muy mal vestido en la esquina de las calles 25 e Infanta, en El Vedado, que gritaba algo que no se podía entender. Lo decía una y otra vez hasta que llegó al depósito de basura y comenzó a buscar qué comer. Los vecinos que esperaban su turno para comprar en la carnicería se fueron para la acera contraria.

Hay un hombre que duerme a cualquier hora en un banco de la parada de ómnibus de Infanta entre O y 27, también en El Vedado. Las personas que esperan el ómnibus se retiran un poco. De lejos, el hombre parece un amasijo de basura: no se distingue el color de su piel ni de su ropa. Mucho menos su edad. Siempre está acurrucado, como avergonzado de que lo vean vagabundear.

Es penoso este paisaje en una zona tan cercana a los hoteles Vedado, Saint John, Habana Libre y Nacional. Los turistas bajan por estas calles para pasear y hacer fotos. La basura, la peste y la suciedad los ahuyentan. Muchos prefieren trasladarse para hoteles alejados de la urbe.

Ya es habitual en La Habana ver a personas que escarban en la basura, en busca de latas de refresco o cerveza, frascos plásticos de agua o refrescos y otras cosas que son cambiadas por distintas mercancías según lo que pesen. Una forma de reciclaje en la que no hay un mínimo de higiene.

Los buscadores de basura desandan las barriadas. Pueden beber en un vaso que después no es bien fregado o poner las manos sucias en cualquier lugar. Ellos contribuyen a la diseminación de los contagios.

A diario aumenta el número de enfermos contagiosos que no logran curarse del todo, y vuelven al paso del tiempo a padecer las mismas sintomatologías.

De los locos que no están en una entidad que los proteja y cuide, se conduelen algunas personas que les dan ropa limpia y comida en caso de que se les acerquen. Los policías pasan indolentes y ríen ante sus locuras, o los espantan y asustan.

A cada paso, en una u otra moneda, los expendios de bebidas alcohólicas exhiben su publicidad. Hay varios precios, según la marca.

Las bebidas alcohólicas, que no alimentan y crean una adicción que conlleva a padecer enfermedades crónicas debiera estar a la venta en lugares muy específicos, para evitar el nefasto testimonio que dan los adictos que, en ocasiones se convierten en enfermos mentales. Un círculo vicioso que solo lo detiene la muerte.

 

 

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