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Las responsabilidades de Eduardo Galeano

Luis Cino Álvarez, Primavera Digital

Arroyo Naranjo, La Habana.- Pocos intelectuales de izquierda ha habido en los últimos tiempos en Latinoamérica que tengan la honestidad, decencia y valentía que demostró el recientemente fallecido escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano.

Menos de un año antes de su muerte, Galeano confesó que a esas alturas de su vida ya no era capaz de leer de nuevo su libro más famoso, Las venas abiertas de América Latina. “Esa prosa de izquierda tradicional es pesadísima, mi físico no aguantaría, tendrían que ingresarme”, dijo Galeano en una entrevista que concedió en Brasil, adonde había viajado para participar en una feria del libro.

Galeano lamentaba no solo la retórica desgastada por el uso y el abuso, sino además no haber estado dotado cuando escribió el libro de un mejor bagaje económico. Explicó muchas veces que escribió sobre historia y economía política en “Las venas abiertas de América Latina”, en 90 noches, como si se tratase de una novela de piratas. Un modo  bastante aventurado de proceder cuando se trataba de explicar a un público no especializado, pero agobiado de problemas y ávido de soluciones, por qué América Latina parecía ser una región condenada a la humillación y la pobreza.

En la búsqueda en el pasado de legitimidades históricas, Galeano incurría en manipulaciones, siempre a contracorriente de la historia oficial, con sus próceres de bronce, su bestiario, mitos, supercherías y excomuniones.

Las interpretaciones cuasi poéticas que hacía Galeano de la historia latinoamericana, aunque no carentes de verdades y buenas razones, eran ideológicamente muy sesgadas. El libro cayó en el lugar y el momento preciso. Como el propio Galeano explicó alguna vez: “Lo que uno escribe puede cobrar sentido colectivo cuando de alguna manera coincide con la necesidad social de respuesta”.

Escrito en 1971, “Las venas abiertas de América Latina” ha sido la Biblia de la izquierda continental en los últimos 40 y tantos años. Junto con los informes de la CEPAL y los discursos de Fidel Castro, contribuyó a conformar la percepción de una realidad demasiado compleja y cambiante para circunscribirla a la teoría de la dependencia, el antiimperialismo y el mesianismo revolucionario.

Y todavía los habitantes de este continente estamos pagando las consecuencias de esa percepción distorsionada de la que Eduardo Galeano fue uno de los responsables, aunque no tanto como los interesados lectores que hallaron justo lo que necesitaban para la envoltura de sus complejos de inferioridad, y sobre todo, a quien culpar por sus incapacidades, errores y fracasos.

Galeano consideraba que la veneración por el pasado era profundamente reaccionaria, pero fue a parar precisamente a ello: al cultivo de la nostalgia histórica por caudillos como Rosas, el Doctor Francia o Juan Domingo Perón. Eso serviría para conferirles legitimidad histórica a autócratas mesiánicos como Fidel Castro, Hugo Chávez, su grotesco y disparatado sucesor Nicolás Maduro y el resto de la comparsa de gobernantes populistas del socialismo del siglo XXI.

Las consecuencias, para bien o para mal, de las visiones aportadas por Galeano son incalculables. Quién quita que el ejemplar de “Las venas abiertas de América Latina” que le obsequió Hugo Chávez a Barack Obama durante la V Cumbre de las Américas haya surtido efecto e influido en el buenismo aislacionista del presidente norteamericano, remiso a verse atrapado por el pasado y la ideología, al anunciar en Panamá, dos cumbres panamericanas y varias crisis después, el cambio hasta nuevo aviso de la política de Estados Unidos hacia sus vecinos del Sur, incluida la dictadura castrista y su vicaría caraqueña.

Galeano, en estos últimos años, se mostraba razonablemente crítico con el régimen castrista y la heredad chavista mal administrada por Maduro. Pero con nadie era más crítico que consigo mismo. Especialmente por confundir los límites entre la poesía y la historia en libros como Memorias del Fuego y Las venas abiertas de América Latina.

Al morir, sin abandonar la izquierda más sensata, Galeano venía de regreso de sus dislates del pasado, cuando muchos lo tomaron por un iluminado, cuando solo era -y conste que eso no es poco ni fácil- un excelente escritor. De los mejores. Por eso, más allá de su parte de responsabilidad en nuestros desastres, siempre seguirá con nosotros. En las malas y en las peores. Que en América Latina ya estamos al renunciar definitivamente a las buenas.