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Las peores marcas del castrismo

Jorge Olivera Castillo, Primavera Digital

Habana Vieja, La Habana.- Si de comparaciones se trata, el desastre material que como una plaga se ha extendido por todo el territorio nacional desde la irrupción del huracán revolucionario en enero de 1959, es algo a mantener en segundo plano frente a la pérdida de valores, la preeminencia de la chabacanería en las relaciones interpersonales, los vacíos éticos y estéticos y todo un torrente de realidades solo solucionables en un período de tiempo similar al invertido en el fomento de un sinnúmero de prácticas asociadas a la incultura.

Hoy, la honestidad y la decencia son cualidades al borde la extinción.

El prototipo de ciudadano a ver en centros laborales, núcleos familiares, escuelas y en la vía pública es aquel que en vez de hablar articula una jerga incomprensible, casi siempre a grito limpio y con las correspondientes obscenidades; el que suele acudir a la brutalidad física para imponer su criterio; el que considera el saludo de cortesía, un gesto inútil.

Poco a poco se han instaurado en el país una serie de conductas antisociales que no son más que el reflejo del estilo, la forma y el tono del discurso que desde el poder se expande a la sociedad por múltiples vías.

Resulta irónico que el actual presidente de la nación haya puesto el tema entre los problemas fundamentales que afronta el país, cuando las probabilidades de enmendarlos son extremadamente bajas a partir del alcance de las afectaciones.

De nada valen decretos y llamados a la rectificación si prevalece un entorno que favorece este tipo de comportamientos.

Sin proceder al desmontaje de la pesada maquinaria del estado es absurdo pensar en una evolución favorable de las medidas que se tomen para paliar los efectos de la crisis.

La necesidad de fingir apoyo a todas las políticas gubernamentales y la falta de espacios legales para que entidades independientes puedan contribuir a la reconstrucción de la pirámide social, como las iglesias católicas y protestantes, así como asociaciones cívicas que en la actualidad deben supeditar sus agendas a los intereses del estado o desaparecer entre el rigor de la represión, establecen las coordenadas para proclamar de antemano la continuidad de los problemas.

Una sociedad donde el valor del trabajo es cercano a cero y las incursiones en el mercado negro constituyen el medio de aprovisionamiento por excelencia, ¿podría generar ciudadanos ejemplares?

La vulgaridad y el desparpajo tienen sus basamentos muy bien delineados en un ambiente a clasificar en las antípodas de la lógica.

A estas alturas, no hay dudas de que el castrismo será recordado como un accidente en la historia de Cuba.

Nada de lo proclamado, respecto a éxitos y prestigio, cuenta con el beneplácito de la legitimidad. El sistema que vendieron como paradigma es un engendro que ya no resiste más parches y acicalamientos.

¿Qué pasó con el hombre nuevo que surgiría de las entrañas del socialismo?

¿Dónde están los méritos de Fidel y Raúl Castro para salir absueltos en el tribunal de la historia? Con sus caprichos y mediocridades, ambos han hipotecado el futuro de la nación. Su nefasta huella no se borrará muy fácil de la memoria de los cubanos.

 

 

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