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Las medallas de la hipocresía

Misael Aguilar Hernández, en Primavera Digital

Bejucal, Mayabeque.- Nicolás Soto es uno de los miembros más notorios y pintorescos de la Casa del Combatiente en el municipio Bejucal, en la provincia Mayabeque. La reputación de delator lo precede a cualquier sitio a donde se dirige. Cuando se aproxima para interactuar con cualquier grupo de personas, estas sienten escalofríos porque se cierne sobre ellas una atmósfera de morbosidad: saben que se trata de un provocador que arriesga algún que otro comentario para indagar en el estado de ánimo y en la opinión de los reunidos.

A este individuo, que se adentra en los setenta años, le fascina hablar de su biografía de luchador revolucionario que ubica desde años, antes de 1959, en lo que ha dado en llamarse en Cuba “la época de la clandestinidad”.

Acude a menudo a la biblioteca pública del pueblo, donde aturde a las mujeres que allí laboran diciéndoles que él fue amigo de los personajes que aparecen en esos libros de la inagotable y fatigosa “hagiografía” de la revolución.

Nicolás ha sido protagonista de varios escándalos en Bejucal debido a que casi todos los días está borracho y en ese estado obsequia a sus vecinos con el más amplio repertorio de ofensas, o se pone a disfrutar de películas de estruendosa pornografía con ventanas y puertas abiertas de par en par, algo que molesta a los padres que tienen hijos pequeños.

A pesar de las quejas de sus vecinos Nicolás sigue campeando por sus respetos, y como él mismo dice: “haciendo lo que me da mi intrépida gana revolucionaria”; aunque a veces se le ve exhibir un moretón en el ojo o un brazo en cabestrillo debido a que alguno de sus vecinos ha perdido la paciencia y el miedo.

Nicolás siempre está de buen humor, haciendo énfasis en el desorden que hay en Bejucal, en la indisciplina social, en lo poco que trabaja la gente y en que todas esas malcriadeces hay que curarlas a palos para que haya tranquilidad, porque la tranquilidad es sinónimo de tranca.

Cada vez que puede Nicolás viaja a New Jersey, en los Estados Unidos, donde viven sus dos hijas. Cuando cuenta las peripecias que ha tenido en dicho país, el rostro se le torna animado y nunca falta una amplia sonrisa, para describir sus pesquerías, las espléndidas comidas, aquellas mujeres enormes y rosadas, “como en los cuadros de los pintores de antes”, y “todo tan limpio y ordenado”.

New Jersey es la otra cara de la vida de Nicolás, la del revolucionario que degusta con prolijidad y anonadamiento “las delicias del imperio”, según le dice a sus amigos. Suele coronar sus narraciones con la frase “aquello es la vida real y lo demás es catarro y utopía”.

De esos viajes se trajo un uniforme de marinero mercante que incluía hasta la gorra y una bolsa de picnic con la que va a todas partes.

Es un hombre de baja estatura -apenas un metro cincuenta y siete-, pero aun así se auto considera un galán de telenovelas. Compone canciones melosas que siempre dicen lo mismo: “Eres un sol para mí, eres la luna de mi cielo, eres el lucero de mi vida”. No hay músico en el pueblo o fuera de este al que no haya importunado para que le ponga música a estas letras.

Las mujeres que viven en su barrio afirman que cuando Nicolás se enamora es insoportable y ridículo. Se cuelga en la ropa todas sus medallas para impresionar a la dama por la que se siente atraído, lo que provoca que algunos niños y hasta personas mayores se detengan en plena calle sin poder contener la risa, pues estas medallas en ocasiones reposan sobe el blanco uniforme de marinero mercante.

Considera que es algo muy bueno que los viejos revolucionarios puedan darse su vueltecita cada vez que sea posible por los Estados Unidos, porque según él, no todo es vigilar en la cuadra, asistir a las reuniones, tragar sancocho en los comedores del estado o emocionarse y gritar consignas en los actos de repudio: también hay que saber lo que es almorzar al aire libre en una elegante campiña como la de Míchigan y darse el gusto de recorrer aquellos grandes mercados que son una locura.

Estos raptos de espontaneidad duran poco en él y cuando se libra de ellos vuelve a ser el ceñudo y rechoncho delator que exhibe sus medallas y acosa hasta el agobio a los que se atreven a disentir.