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Las “maravillas” de La Habana

Para conocer la ciudad real, hay que alejarse de la de utilería diseñada para el turismo

Luis Cino Álvarez, en Cubanet

LA HABANA, Cuba.- Para los que residimos en esta Habana que se cae a pedazos ante la desidia de las autoridades, donde la basura sin recoger y los escombros se acumulan en las esquinas, y ríos de aguas albañales corren por las calles, la inclusión de la capital cubana entre las Siete Ciudades Maravillas del mundo resulta algo así como una broma de muy mal gusto.

Para justificar tal selección, hablan de su belleza arquitectónica, de sus monumentos, de los atardeceres en el Malecón, pero sobre todo de que es una ciudad muy acogedora, ya que sus pobladores son muy joviales, divertidos  y hospitalarios.

¡Cuánta credulidad! Parece que La Habana, más que maravillar, confunde. Los habaneros seremos simpáticos, extrovertidos, jaraneros, compartidores, pero no hay que exagerar. Y menos confundir la jovialidad y la hospitalidad con las trampas y las estafas.

¿Acaso esos visitantes extranjeros que se sienten tan cálidamente acogidos no descubren que esos más que agasajos, arrumacos y payasadas que les hacen desde que llegan, tanto el Ministerio de Turismo como el último de los buscavidas del jineteo, no son más que celadas  para sacarles los euros y los dólares?

¿Creerán los turistas que están muy interesados en que la pasen bien en su ciudad los cientos de personas solícitas que los asedian a cada paso para proponerles alojamiento, habanos, marihuana y chicas o chicos dispuestos a “hacer de todo”?

¿Creerán en la felicidad de los harapientos que les sirven de bufones, meneándose y  retorciendo sus hambreados cuerpos al compás de las maracas y los bongoes, a su paso por el boulevard de Obispo?

¿Creerán que los numerosos borrachos y orates que deambulan por las calles se trastornaron a causa de tanto gozo y contentura?

¿Nada les hace sospechar de tanto folklore y exotismo?

¿De veras se sentirán tan irresistibles esas ancianas y ancianos del Primer Mundo que se ven acosados por desinhibidos y fogosos adolescentes de ambos sexos?

¿Les hará pensar que de veras somos el pueblo más culto del planeta el inglés mal chapurreado de sioux de película del Oeste con que los abordan los nativos para brindarles -o casi que imponerles-  sus servicios de todo tipo?

¿No percibirán que a muchos cubanos nos abochorna el comportamiento de ciertos compatriotas que nos hacen quedar tan mal como pueblo?

¿Creerán que muchos cubanos cenan en La Cecilia o en el paladar La Guarida y viven en casas con condiciones similares a las que tienen los letreros de “room for rent”?

¿Por qué no se alejan un poco de la Habana Vieja de utilería diseñada por Eusebio Leal y se dan una vueltecita, tomando las debidas precauciones, claro está, por Arroyo Naranjo, San Miguel del Padrón o Guanabacoa?

¡Y todavía hay zoquetes que dicen que hay que apresurarse a venir a La Habana antes de que empiece a cambiar y a parecerse a Miami!

A pesar de los miles que escapan cada año, adonde sea y a como dé lugar, ¿de veras se creerán los turistas el cuento que proclaman las vallas en los alrededores del aeropuerto de Rancho Boyeros de que los cubanos “somos felices aquí”?

 “Pero la gente hace chistes y ríe, se enamora, escucha música a toda hora, baila, se sienta a refrescar en el Malecón”, me dirán algunos de los convencidos de que esta ciudad -que es cierto que es bella, a pesar de…- y sus pobladores son una maravilla. Y no tendré otro remedio que darles la razón. Después de todo, como sea, hay que seguir la vida. Si no podemos echar a patadas a los responsables de tanto desastre, ¿qué vamos a hacer? ¿Suicidarnos en masa?