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Las dos caras de Eva

Roberto Quiñones Haces, en Primavera Digital

Guantánamo.- En Cuba, cuando preguntas a alguien cómo está, casi siempre responde- no importa su nivel educacional o social-: “Aquí, en la lucha”. A veces les pregunto: “¿Y cuál lucha es la tuya, la libre o la grecorromana?”.

Conste que esa pregunta es una broma pues en Cuba la expresión “en la lucha” no se refiere a ese deporte sino al bregar cotidiano por la subsistencia, algo de lo que ni siquiera escapan los profesionales, los policías y hasta muchos dirigentes.

Ese es el caso de una joven a la que llamaré Eva, una cubana realmente despampanante.

En 1997, recién egresada de la universidad, la defendí y salió bien. Mi afirmación no es un autoelogio: si digo que salió bien no es porque fuera absuelta, pues en la práctica judicial cubana ya no hay absueltos. Una absolución en Cuba implica muchos cuestionamientos, análisis y reuniones. Por eso, los jueces prefieren sancionar antes que absolver. Lo hacen tan tranquilamente y convencidos de que actúan bien que se enojan cuando alguien los cuestiona. Por eso cuando afirmo que Eva salió bien, lo hago teniendo en cuenta la política penal que se aplicaba entonces y la tendencia acusatoria omnipresente en los tribunales cubanos, algo que no ha cambiado mucho.

Eva fue sancionada a cuatro años de privación de libertad, aunque en su expediente no aparece esa sanción ni tiene antecedentes penales, pues le aplicaron un Índice de Peligrosidad. Bajo ese eufemismo a cualquier cubano lo mandan a prisión y no está preso sino “asegurado” y aunque está establecido que el cumplimiento de la” medida” no debe ser en la cárcel, ese es un asunto pendiente de solución, sobre todo en el caso de los hombres. La acusaron de ejercer la prostitución, aunque en realidad su delito fue haberse casado con un extranjero mientras estudiaba en la universidad y alojarse con él en los principales hoteles de Santiago de Cuba y Guantánamo.

Cuando la sancionaron era militante de la Unión de Jóvenes Comunistas y de nada valieron los documentos y testimonios aportados por esa organización, la escuela y sus compañeros de trabajo. La opinión que ganó el favor de los jueces fue la declaración del jefe de sector.

No había transcurrido un año y medio de haber ingresado al campamento cuando su madre me pidió que tramitara su libertad. Así lo hice y Eva salió del campamento de trabajo forzado donde se encontraba. Entonces me dijo: “Ahora sí voy a “luchar” de verdad”.

Dejé de verla hasta que en el año 2004 la reencontré en La Habana. Iba rumbo al parque El Quijote, por la acera del Coppelia y una de las tres jóvenes que conversaban cerca del contén me dijo: “Adiós, abogado”. Cuando la reconocí, ya me extendía su mano derecha para saludarme. Conversamos algunos minutos.

No la vi más hasta ayer, esta vez en el parque de Guantánamo. Me invitó a tomar unas cervezas y accedí. Me contó lo que hizo después de salir del campamento, que nunca más ha ejercido su carrera de arquitecta y ahora es una “luchadora”.

Su área de trabajo es la zona del malecón y, los fines de semana, La Habana Vieja; que le va bien y a Guantánamo no regresa, a pesar de lo que allá le hace la policía. Al preguntarle me contó que a veces, aunque esté sentada en el malecón o en una cafetería de La Habana Vieja, llega un policía y le dice suavemente que lo acompañe al carro patrullero; ya en el camino, el agente le pregunta si va a “tributar” voluntariamente o si prefiere ir a la estación de policía y como a ella no le conviene ir a ese lugar le entrega diez CUC para que la deje tranquila, aunque una vez entregado el dinero tiene que irse de la zona custodiada por ese agente. Me dijo que en ocasiones los agentes no se contentan con el dinero y la obligan a tener sexo, que a veces la golpean y lo mismo le hacen a otras mujeres como ella y a los homosexuales y que los fines de semana los policías no se contentan con diez CUC sino que tiene que entregarles más dinero para que la dejen tranquila, que hay noches que pierde hasta 30 CUC.

Según me dijo algunos policías son los que le buscan los clientes y la llevan a lugares donde no corre peligro, aunque eso no le conviene porque luego tiene que “tributarles” parte de sus ganancias y que a veces se siente muy humillada y cansada.

Ya en la despedida le pregunto hasta cuándo va a seguir con esa vida. Entonces me dice que está ahorrando para ayudar a sus padres a mejorar la vivienda que tienen en el barrio de Isleta, uno de los más pobres de Guantánamo, que pronto va a poder hacerlo y cumplir su sueño más grande, el que la persigue desde que era pequeña. Para ello, Eva trabaja en un contingente de la construcción en La Habana. Luego me lanza sus bellísimos ojos verdes y me dice imperturbable: “Mientras pueda voy a seguir en la lucha”.