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Las auras tiñosas de la Habana visten guayaberas

“Los dirigentes en Cuba sólo aparecen cuando existen cadáveres. Revolotean sobre las ruinas de un edificio o entre los amasijos de hierros de un accidente automovilístico, con tremendo cinismo”

Víctor Manuel Domínguez, Cubanet

LA HABANA, Cuba.- ¿Qué le puede importar a un hijo de vecino atrapado bajo los escombros de un derrumbe, electrocutado por  un cable caído, aplastado  por el tronco de un árbol o asfixiado en el agua que inunda su vivienda,  la presencia inmediata en el lugar de los hechos de los máximos dirigentes del  partido y el gobierno?

¿Dónde se encontraban estos ‘preocupados’ correveidiles, ‘laboriosos’ mandantes y ‘solidarios’ líderes de la ciudadanía, en los últimos cincuenta, treinta o veinte años en los que el siniestrado hijo de vecino gastó dinero, tiempo, súplicas para que las mínimas y máximas autoridades escucharan su pedido de auxilio?

Como auras tiñosas

Para ningún cubano son secretos la desidia, el abandono, la incompetencia que muestran estos funcionarios en el cumplimiento de su deber para con la ciudadanía. Más de medio siglo de trámites con respuestas a medias, o sin respuestas, y esperas interminables, marcan la sobrevida de un hijo de vecino.

Sólo la muerte los hace libres de la macabra e insensible trama burocrática que se precisa para llegar a estos líderes. Siempre arrellanados detrás de un buró, y protegidos por una secretaria clonada y autómata que repite a lo largo y ancho del país,  “lo siento, está reunido”, apenas dan el rostro cuando se les solicita.

Sin embargo, cuando ya no hay nada que hacer, se presentan en el lugar del desastre (guayabera o vestido al reventar por la gordura, rostro afligido, voz de inmenso pesar, y poses de modelo en pasarela política frente a las cámaras y micrófonos de los medios informativos), y prometen remediar lo irremediable.

“Los dirigentes en Cuba son como auras tiñosas. Sólo aparecen cuando existen cadáveres. Revolotean sobre las ruinas de un edificio, entre los amasijos de hierros de un accidente automovilístico, o las cenizas aún calientes de un incendio, con tremendo cinismo”, expresó para Cubanet otro hijo de vecino, que no deseó identificarse.

Marinero en tierra desde hace más de 20 años, Juan Soler, ex jefe de máquinas de un barco, y reconvertido en fumigador cuando desapareció la flota cubana de pesca, sabe lo que dice: “Auras, sí señor. No sé los años que llevo pidiendo  la reparación de mi vivienda, y las respuesta es que existen otras prioridades”.

Asegura Juan, vecino de Centro Habana, que no esperó pasar con vida el  aguacero del pasado 29 de Abril. “Las goteras en toda la casa, la caída de pedazos de techo y la filtración y agrietamiento de la paredes, parecían el fin. Ningún líder abandonó su confortable vivienda para ver qué podía pasarme”

Según su opinión, de haber muerto bajo la caída del techo de su casa, o ser electrocutado por uno de los cientos de cables rotos, calcinados, mal puestos, o en corte que caracterizan la instalación eléctrica de su edificio, de seguro, como auras tiñosas, la dirigencia vendría a revolotear sobre su cadáver.

Consignas, fanfarrias y desastres

Las consignas políticas y las fanfarrias ideológicas son cortinas de humo de la revolución cubana contra los desastres. La necesidad de vender una imagen de unidad y bienestar en el país, sepulta bajo cánticos, llamamientos y eslóganes triunfales, los cientos de accidentes, pérdidas  humanas y materiales evitables.

La dirigencia sólo está para expandir ese falso clamor de gratitud ciudadana por un proyecto social que ya no existe, y hace aguas, no sólo cuando llueve. Su responsabilidad de prevenir y resolver los problemas de la población antes que suceda un desastre, es mínima, y en la mayoría de los casos postergada.

 “Jamás dan la cara si no es de alcance nacional el desastre, algo inocultable, y no como esas pequeñas cosas que matan a diario, y que van desde un escape de gas, un poste de la luz que amenaza caer en medio de la calle, un hueco en una acera , un cable colgante, o una alcantarilla sin tapa”, expresó una señora, que prefirió el anonimato.

Maestra jubilada que hoy sobrevive a su pensión como repasadora de literatura y español en casas particulares, asegura que por más de treinta años que lleva en Centro Habana, no ha visto un dirigente provincial personarse o mostrar preocupación por accidentes mínimos aunque haya un fatal desenlace.

¿En qué barrio de Centro Habana no existen a la vista de todos potenciales accidentes mortales sin solucionar por años, pese al reclamo de la población a todos los niveles de la burocracia estatal? ¿Ellos no están para exigir a sus intermediarios sectoriales que resuelvan estos problemas antes del desastre?

Automóviles y camiones en mal estado para circular, balcones y edificios abandonados o no a punto de caer, huecos convertidos en cráteres y focos de vectores, cisternas contaminadas, basureros como monumentos a la desidia y la expansión de epidemias, alcantarillas tupidas y aguas albañales atravesando la ciudad, son entre otros, responsabilidad de la máxima dirigencia provincial.

Pero eso no importa, hay que movilizarse para los desfiles del 1ro de Mayo, las jornadas Camilo-Che, el cruce de la trocha de Júcaro a Morón, un nuevo aniversario del Cucalambé, otra efeméride del asalto al Moncada, la fundación de las parrandas de Bejucal o el desembarco de Martí por Playita de Cajobabo.

Y mientras la televisión nos enseña a lavarnos las manos con agua y jabón, alejar los cables del alcance de los niños, tapar los recipientes y la boca al toser y bostezar; no fumar, beber ni drogarse, usar condón y otros actos  para vivir, Cuba se cae a pedazos ante la indiferencia de los líderes de la revolución

Eso sí, cuando existan estragos o víctimas suficientes para posar con inmediatez frente a los dolientes y la televisión, ellos estarán allí, arengando a las masas que hay que sobreponerse a los desastres, avanzar y levantarse. Pero jamás sus hijos caerán aplastados bajo un techo ni electrocutados por un cable.