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Las apariencias muchas veces engañan

Frank Cosme Valdés Quintana, Primavera Digital

Santos Suárez, La Habana.- En Cuba, y concretamente en La Habana, hay dos mundos. En uno, juntos y revueltos coexisten los de la nueva clase, hombres de negocios, mercaderes de todo tipo, artistas y personajes del jet-set internacional, todos forasteros y acaudalados, y últimamente a-pie también, cubano-americanos ansiosos de montarse en este nuevo carrusel de captura de inversores consecuencia de la zona franca creada en el Mariel. El otro mundo está compuesto por las personas que se han dado en llamar "de a pie", y a las que prefiero llamar personas comunes, y que son la gran mayoría de nuestra nación.

El contraste entre los dos mundos es algo tan evidente que ya hay reacciones en contra.

Ciertos síntomas de molestia ante estas situaciones ya se notan en los súbditos de este shogunato del Caribe. Solo hay que estar en la calle y entremezclarse con los ciudadanos de esta nación, -algo que no practican los destacados corresponsales que solo se juntan con la nueva clase, los feroces comerciantes que vienen a rellenar sus bolsillos y los clásicos turistas mochileros que vienen en busca de jineteras,- para darse cuenta de que está desarrollándose gradualmente una incipiente xenofobia.

De la nueva clase, hace rato que el pueblo se expresa despectivamente con la frase "esta gente". Más recientemente, se refiere a los forasteros oportunistas como "carroñeros".

Por lo general, se acusa a este hombre común de indolencia, inercia, indiferencia, insensibilidad, etc.

Aquellos que lo hacen, muchas veces a través de los medios, deberían estar sometidos a la presión diaria de la Santísima Trinidad, (desayuno, almuerzo y comida), o a las dificultades que encierran comprar ciertos artículos necesarios con sus astronómicos precios, que aunque sean en moneda nacional, no están a su alcance. Como tampoco tiene FE (familiares en el exterior), sigue comiéndose una soga.

Este hombre común mira en torno y observa como estos personajes acaudalados de otras tierras no solo han desarrollado negocios que él pudiera emprender si no tuviera tantas zancadillas legales, sino que han invadido hasta los barrios periféricos, en los que compran casas y terrenos.

Cuando llega el fin de semana, no tiene como desconectar para empezar una nueva jornada de trabajo en algo que sea útil y entretenido a la vez. La opción ron-dominó no les place a muchos.

Si tiene hijos, la cosa se complica, pues para una población de casi 3 millones solo hay 4 parques en La Habana (Maestranza, Zoológico, Almendares y Parque Lenin), los tres primeros con las mismas y aburridas opciones.

El Parque de la Maestranza, que era el más barato, ahora cuesta 3 pesos la entrada para niños y adultos. El derecho a brincar por unos minutos en un inflable subió también de 1 a 3 pesos.

El Parque Lenin, lejano y costoso, ni siquiera es "una buena opción", como dice la propaganda.

Así que nuestro hombre común, que parece indiferente a todo cuanto le rodea, lo que está es aburrido del más de lo mismo, distraído y abandonado a sus problemas.

Sin embargo, a veces una chispa puede sacar a este hombre del letargo, algo de lo que fui testigo recientemente, mientras viajaba en un ómnibus.

Lo sorprendente del asunto fue que esa chispa la encendieron unos jóvenes, esos que también parecen que andan perdidos.

Uno de ellos, en tono zumbón, preguntó, para que lo oyera todo el mundo, que en caso de una evacuación rápida en estas guaguas chinas, ¿dónde estaba la puerta de emergencia para salir?

Otro, siguiéndole la corriente, le dijo: ¿Acaso no has visto las calcomanías en los cristales donde se ve un martillo y dice que hay que romperlos en una esquina?

-¿Y dónde está el martillo?, le preguntó el otro, en el mismo tono burlón.

Confieso que yo, indiferente y distraído también, no había reparado en esa aguda observación, ni tampoco la mayoría de los viajeros.

Comenzó entonces el clásico choteo sobre esta original técnica china para salir del ómnibus en caso de apuro. Muchos, viejos y jóvenes, comenzaron a opinar.

En este país se entrelazan las cosas, así que cuando me bajé del ómnibus, ya había oído opiniones y críticas de todos los matices, desde el jineterismo, los cines en 3D, los carroñeros (el tema más enjuiciado), los precios, las estafas, y -¡caso extraordinario!- le demandaron al chofer que quitara la infernal música que tenía puesta por los altavoces.

Una oficial del Ministerio del Interior que viajaba también en el ómnibus no mostró signos de incomodidad ante estas elocuencias populares, al contrario, su expresión era de entendimiento, como que ella, desde luego, ha tenido que pasar por lo mismo.

Hechos como este solo demuestran la sabiduría de ese viejo refrán que dice que "las apariencias muchas veces engañan".

Ya muchas personas cuentan sobre similares situaciones en las colas, los taxis, los agro-mercados, y dondequiera que haya grupos de personas. La gente se muestra cada vez más fastidiada de un escenario que no sale del círculo vicioso.

 

 

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