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La traición consumada

Leonardo Calvo Cárdenas, Primavera Digital

Boyeros, La Habana.- Una vez más la conmemoración del 1ro de mayo en Cuba dio la espalda a las tradiciones históricas del movimiento obrero cubano y reafirmó las carencias estructurales y culturales acumuladas en medio siglo de totalitarismo.

Desde que se instituyó el Día Internacional de los Trabajadores como homenaje a aquellos hombres que en Chicago se convirtieron en mártires de las batallas por los derechos de los que crean la riqueza y la civilización, el Primero de Mayo ha sido fiesta y jornada de lucha de los obreros por sus alcances y demandas.

En todo el mundo son múltiples y disímiles las formas en que los obreros se movilizan para hacer patente sus fuerzas, inquietudes y reclamaciones. Cada movilización adquiere el matiz de las tradiciones culturales o las condiciones socio-políticas del país que se trate. Sólo dos características son comunes a todas las celebraciones del Día Internacional de los Trabajadores: el carácter independiente de la convocatoria, donde los patrones son siempre asumidos como contraparte y el gobierno participa, en el mejor de los casos, como un trabajador más, y el sentido reivindicativo de las expresiones. Aún en los países de mayor desarrollo, estabilidad social y bienestar generalizado, el espíritu que prevalece en las acciones de este día es el de procurar el perfeccionamiento constante de las condiciones de los trabajadores y de las relaciones sociales.

En Cuba en esta ocasión se reprodujo el esquema de la festiva masividad de los trabajadores y pueblo en general que inundan las plazas principales del país para reafirmar su respaldo "espontáneo" e "incondicional" a ese poder omnímodo con vocación de eternidad que persiste en seguir auto titulándose revolución.

Sin embargo, el performance político al que estamos tan acostumbrados se reproduce en un marco que reviste ciertas particularidades y matices. Nunca antes las autoridades habían tenido que reconocer tal dimensión de caos e inviabilidad del sistema. Los diseños y propuestas que brinda el Estado reafirman la ruptura del contrato social, de manera que ahora los ciudadanos conservan sus obligaciones de orden y fidelidad y pierden poco a poco todas las garantías y protecciones sociales.

El fracaso del sistema es de tal dimensión que se ven obligados a expulsar de sus empleos, directo al desamparo, a casi un tercio de la fuerza laboral activa. La alternativa al desastre lleva a los cubanos, en el marco de una sociedad descapitalizada, a enfrentar la aventura de la iniciativa privada individual, sazonada de toda suerte de restricciones e impuestos leoninos y confiscatorios.

El estado mesiánico-parternalista ha decidido romper lanzas sólo por la conservación del poder a toda costa, se niega a crear el mercado mayorista que tanto necesitan los nuevos e inexpertos cuentapropistas, a entregar las tierras ociosas en propiedad o permitir a los productores agrícolas trasladar sus cosechas a los despoblados mercados.

Mientras esto sucede, los inveterados defensores de la soberanía nacional hacen convenios con inversores foráneos para la construcción de marinas turísticas y unos cuantos campos de golf y no se sonrojan al conceder al capital extranjero importantes enclaves económicos por más de 70 y 90 años. Resulta lacerante recordar cuanta muerte, dolor y sufrimiento hemos enfrentado en nombre de una soberanía que pisotean a favor de sus más mezquinos intereses.

A todas luces los negros, los pobres, los campesinos, los ancianos, muchos profesionales y los jóvenes, pagaremos muy caro por la conservación de un poder tan indolente y antinacional.

Este 1ro de mayo vimos al máximo dirigente del sindicato único y corporativo reafirmar su respaldo incondicional a la desgracia de los más humildes, decretada desde arriba, para consumar la traición a la memoria de grandes líderes ─ Alfredo López, José Maria Pérez, Jesús Menéndez, Aracelio Iglesias─ que entregaron su vida para defender los derechos de los trabajadores.

Como las desgracias nunca vienen solas, para la conmemoración arribaron a la Isla una serie de ingenuos o mal intencionados sindicalistas foráneos, dispuestos a dar la espalda a la realidad para apreciar la Cuba que les conviene ver. Escuchar a aquel sindicalista colombiano abogar por el derecho a huelga y libre sindicalización, precisamente aquí, se me antoja como una pesadilla macabra y una ofensa inaceptable a tantos hermanos represaliados por defender tan nobles causas.

El chantaje, las presiones y la incultura cívica de siempre permitieron crear, en aquella fiesta falsa, una imagen que no tiene nada que ver con la realidad ni con el verdadero sentir de las mayorías sumidas en la frustración y la desesperanza.

El hecho de que los trabajadores no tengan un solo reclamo que hacer o que el gobierno pueda movilizar a cientos de miles de cubanos en función de sus intereses y diseños habla muy claro de la naturaleza de un régimen que debe transformarse para que la clase obrera cubana salga de este largo letargo y recupere el empuje que en las primeras décadas del siglo pasado le permitió remover enormes obstáculos para formar grandes líderes y alcanzar trascendentales conquistas.