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 La tarea del general

Rogelio Travieso Pérez, Primavera Digital

Marianao, La Habana.- Es complicadísima la tarea del general. Tras casi 50 años de continuos reveses convertidos en victorias, ha debido hacerse cargo de los restos de un sistema que creció con absoluta dependencia de la ayuda extranjera, y cuando esta desapareció, buscó sujetarse a la carrera de algunas inversiones aventureras, que apenas consiguieron mantenerlo boqueando.

La verdad de hoy es la cosecha de todas las desilusiones. No aparece el petróleo por ninguna parte y la corrupción gana terreno por donde quiera. El otrora estado totalitario carece de fondos y no puede ya presupuestarse a sí mismo. Obligado a reducir plantillas, tiene que enmascarar el desempleo mediante el auge del cuentapropismo.

Si no hay perspectivas de que el supuesto socialismo se construya, entonces vamos a desmantelarlo, con el mismo método que empleamos antes: a decreto limpio, puesto que no sabemos hacer otra cosa.

Si antes decretamos la abolición de la propiedad, ahora decretamos su restauración. Para ello, en vez de una nueva constitución, hemos parido los Lineamientos, con su camarilla de expertos imprescindibles, duchos en la nueva jerga tecnoburocrática.

A diferencia de su predecesor, el General no se compromete a nada concreto, para no quedar mal. Si aquel gobernaba a gritos, desde la tribuna, este apenas habla, por lo menos en público. No puede ser calificado como demagogo, aunque le encaje el calificativo de aburrido. Lleva ya cuatro años al frente del gobierno y todavía no ha convocado su primera marcha del pueblo combatiente ni patentado su primera consigna.

Ha renunciado al monopolio estatal sobre las viviendas y consentido en que las personas comunes y corrientes vendan y compren sus automóviles. La devolución del derecho de los propietarios de casas, ha suscitado una activación de la albañilería, al menos en La Habana. Aunque los envidiosos echen pestes en el diario Granma de los viernes, hay cada día más jóvenes manejando almendrones por las calles. Lo bueno del capitalismo es que no exige estar evaluado ni estudiar marxismo.

En vez de cacarearlos, los retóricos al servicio del General se esfuerzan para que los cambios no parezcan cuestionar al  periodo heroico. Esta fidelidad obligatoria los obliga a permanecer dentro de una ambigüedad calculada. Aunque todos sepamos quién, cuándo y cómo se perpetraron los errores, esto debe quedar en el anonimato.

El primer caso literario de este modus operandi es "El Hombre que amaba los perros", excelente novela histórica de Leonardo Padura. La crítica nacional evita ocuparse demasiado de la misma, ni la ataca ni la defiende, sobre todo no se discute ni se polemiza acerca de ella, porque eso significaría ventilar temas medulares e incomodísimos para el estereotipo oficial. Por su parte, el autor acata todo esto como lo normal, porque, en definitiva, su mercado real está en España y él hace literatura con la política y no política con la literatura.

En verdad, la tarea del General será la tarea del Indio, interminable, mientras no encuentre la fórmula mágica para que algún presidente de los Estados Unidos lo admita como interlocutor. Digo mágica porque bastaría con renunciar a la supresión de los derechos políticos y legitimar la pluralidad y la libertad de expresión para dar un paso real contra el socorrido Bloqueo.

 

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