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La ruta del alcohol

Víctor Manuel Domínguez

LA HABANA, Cuba, septiembre (www.cubaet.org) – El consumo de alcohol traza una ruta, cada vez más transitada, que a menudo comienza con la ingestión de un coctel en una discoteca y termina con el aprendiz de “curdonauta” tirado en un portal. Un número creciente de cubanos ahoga sus frustraciones y carencias en una botella de ron.

Para medir el número de personas que hacen de la bebida una religión, no es preciso acudir a datos oficiales, a bares de mala muerte, ni a establecimientos de nivel. Sólo hay que caminar las calles del país, sobre todo las de la capital. La ruta del alcohol se inicia y culmina en cualquier parte.

Las campañas televisivas “Aleja a tus hijos del alcohol”, no logran detener un vicio que se ha convertido en el nuevo pasatiempo nacional, al que acceden miles de cubanos sin distinción de origen, raza o sexo, y aún más preocupante, ni edad.

Sin importar si el día es laboral o festivo la gente consume alcohol. Quienes no pueden comprar una botella de ron industrial, porque las más baratas cuestan 57 pesos, en un país donde 500 pesos mensuales se considera un buen salario, le meten al Escupe lejos o al Salta pa’trá, rones de fabricación casera.

Reunidos en pequeños grupos donde se borran las diferencias bajo el denominador común de “amigos del alcohol”, maestros, ex combatientes y personas de cualquier estrato social, deambulan por la ciudad.

Harapientos, pestilentes, demacrados o redondos por la hinchazón, se acuestan sobre los bancos, diseminan sus pertenencias sobre el piso, y cuando no están dormidos extienden las temblorosas manos a los transeúntes, pidiendo dinero para beber.

Un grupo de hombres y mujeres alcohólicos se ha adueñado de la glorieta del Parque El Curita. Allí lavan, mendigan, pelean, fornican, ante la indiferencia de quienes transitan por ese céntrico lugar de la capital.

Igual sucede con los que viven en el parque Fe del Valle, construido sobre las cenizas de la tienda El Encanto, en Galiano y San Rafael. Allí encontré entre la masa de borrachos al antiguo regisseur del cabaret Rumayor, en Pinar del Rio, y a una ex maestra de la secundaria básica José Martí, de Centro Habana.

Marcelo Bermúdez, el regisseur, se cansó de bailar y bailar como un trompo sin llegar a ningún lugar. Problemas con la esposa, la vivienda y el bajo salario, lo llevaron un día a borrar su realidad a través del alcohol, y allí se quedó.

María Elena Vizcaíno, la maestra, obstinada de volver del pandemónium escolar a una cocina donde lo único que sobraba eran las cucarachas, tiró el delantal. Atrás dejó a un marido sin amor, las broncas cotidianas, las exigencias de un hijo, y hoy encuentra “refugio en la bebida”

La ruta del alcohol puede seguirse un día cualquiera. Los cuerpos de borrachos tirados en las aceras, los parques o en un portal, te guían por las calles de la ciudad. Son daños colaterales de la revolución.