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La riposta del Comandante

Luis Cino, Primavera Digital (PD)

Arroyo Naranjo, La Habana.- Fidel Castro ripostó el discurso de Obama. Era de suponer que no se quedaría callado. No podía. Si según confiesa, el discurso del presidente norteamericano casi le ocasiona un infarto. Pero más le hubiera valido. Las dos cosas: el silencio y el infarto.

Sospecho que el Comandante se haya sentido muy desairado, no solo por el discurso en el Gran Teatro Alicia Alonso, sino porque Obama no peregrinó a Punto Cero, como otros visitantes, a rendirle pleitesía.

Como el Comandante no pudo soportar “las palabras almibaradas” de Obama, disparó un torpedo a las relaciones con los Estados Unidos.

Al salir de la cripta para montar esta pataleta irónica y despechada, el Jefe -que nadie dude que, como puede, como la salud y la edad se lo permiten, lo sigue siendo-, ha cavado otro trecho del hueco de topo en que está metido.

Debió haberse conformado con las acotaciones al discurso de Obama que hicieron en el periódico Granma sus escribas Iroel Sánchez y Enrique Ubieta, y dejar que se las arregle con los yanquis su hermano, el general presidente, que no tendrá su carisma, no sabrá hacer largos discursos ni comportarse adecuadamente en una conferencia de prensa, pero ha demostrado ser exitoso en política exterior. Al menos, mucho más que el Máximo Líder.

A estas alturas, con la más que simpatía, empalagosa babosería, que ha provocado Obama entre la mayoría de los cubanos de a pie, la intransigencia testaruda y la guapería demencial del Comandante, solo complacerá a un puñado de roñosos e insensatos ancianitos retranqueros que no quieren ni saben ser diferentes.

¿Podrá imaginar el Comandante cómo habrá caído entre los cubanos de a pie, que tratamos de sobrevivir, hambrientos y menesterosos, en medio del naufragio, su portazo, precisamente ahora que todo parecía que empezaba a cambiar, de que “no necesitamos que el imperialismo nos regale nada”?

Y no lo digo tanto por las personas decentes y con sentido común, que en definitiva son las que menos cuentan en Cuba, sino por la multitud con mentalidad de vividores, pedigüeños, aprovechados, estafadores, mantenidos, jineteras y chulos, que no serán mayoría, pero casi, porque pesan y se hacen sentir bastante, demasiado.

En definitiva, eso fue lo que salió de la probeta cuando trató de crear el hombre nuevo. En eso fue obligado convertirse para sobrevivir.

¿Cómo pretender que por obra y gracia de sus testarudos rencores, ahora, cuando esa tribu, con sus expectativas estimuladas por el hambre y la pobreza absoluta, ya se frotaba las manos por anticipado con el aluvión de dólares que traerían los turistas e inversores yanquis, se aprieten los cinturones, se retrotraigan a la Sierra Maestra y Girón y vuelvan a la adoración de las reliquias milicianas?

Mal momento escogió el Comandante para revivir los ardores de su “viejo gobierno de difuntos y flores”. ¡Cuánta disociación de la realidad! Parece que el Máximo Líder, como diría mi amigo, el poeta Rafael Alcides, se quedó “escuchando el rumor de lo que fue la vida antes que llegara el porvenir”. ¡Qué pena!