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La resurrección de Murillo

Osmar Laffita, Primavera Digital

Capdevila, Boyeros, La Habana.- Los rumores y las bolas han adquirido la categoría de dazibaos verbales. Son desplegados con derroche de imaginación por los pasajeros de las abarrotadas guaguas y de los viejos autos de fabricación norteamericana, los pintorescos almendrones reconvertidos en taxis que circulan por La Habana.

En ellos, a veces, uno suele enterarse de muchas cosas que la prensa oficial jamás informará.

Son hoy estos medios de trasportación los sitios ideales para que florezca en ellos la desenfrenada cultura del chisme y el rumor. Con una alta dosis de fabulación marginal llegan a extremos de paroxismo.

Estos rumores, en un momento dado, pueden convertir en un estado de opinión general un asunto que al gobierno le interese propalar, sea cierto o no.

Tal accionar cobró recientemente desproporcionada notoriedad.

Como una bola de nieve cuesta abajo creció el rumor de la deserción de Marino Murillo Jorge, vicepresidente del Consejo de Ministros. Decían que al amparo de la noche, salió de manera subrepticia, en una veloz embarcación, con rumbo norte, junto con su familia, con maletas llenas de millones de dólares.

En la segunda versión de esta obra de teatro del absurdo aparecía Murillo hospedado en un hotel de lujo que bien podía estar ubicado en Cayo Coco o en Cayo Santas María, en compañía de su familia, compinches y testaferros. Afirmaban que fue tal el exceso, el derroche, que sin un documento que lo testificara, propalaban que los gastos en que incurrió el Zar de la economía cubana fueron de miles de dólares.

Algunos explicaban que este modo de vida muelle de Murillo no era nuevo, pero que en esta ocasión se le había ido la mano y que el presidente Raúl Castro para dar un ejemplo a los ministros y funcionarios de alto nivel, ordenó su arresto. Decían que su corpachón no había ido a parar a la sección 44 del Combinado del Este, sino a una confortable habitación convertida en celda del exclusivo establecimiento penitenciario de lujo, ubicado en Alberro, El Cotorro, donde están recluido más de 80 dirigentes en espera de juicio por corruptos y dilapidadores del bien público.

El rumor, el chisme y todo que sirvió para echarle lodo a un dirigente que forma parte del exclusivo círculo del poder de Raúl Castro, se convirtió, aunque ese no haya sido el propósito, en una sui generis encuesta pública. Los resultados que arrojó deben ser tenidos en cuenta por las autoridades: Murillo no goza de simpatía ni aceptación entre la mayoría de la población, especialmente de la capital.

El rumor llegó a tal extremo que se propaló no solo en los dazibaos rodantes, sino en todas partes, en el diario chu chu chú de los vecindarios.

En la medida que transcurría el tiempo y no había una información oficial que aclarase el entuerto, los cuchicheos de boca en boca contra Murillo aumentaban.

Algunos ciudadanos no se dejaron arrastrar por esta inducida ola de desinformación, aderezada con muchas mentiras de la que son maestros los aparatos de inteligencia del régimen cubano, dirigidos a crear la confusión, la duda y la descalificación extrema.

Por eso, los más comedidos no opinaron. Estaban confiados en que el momento de saber lo que realmente sucedió llegaría y ese momento sería la celebración de la reunión de la Asamblea Nacional del Poder Popular fijada para la segunda quincena de diciembre, que abriría los debates del segundo periodo de sesiones de la VIII Legislatura. Sabían que sería cuando se sabría de Murillo.

Pero no fue necesario esperar tanto. El periódico Granma del 19 de diciembre se ocupó de poner fin a los rumores: en su primera página salió la foto del general Raúl Castro, acompañado de Murillo, en la reunión del Consejo de Ministros celebrada el 19 de diciembre.

En la citada reunión del Poder Ejecutivo, el zar de la economía cubana, se refirió, entre otras cosas, a los servicios médicos y de salud y a la nueva política para la comercialización de vehículos de motor en el país.

Esta aparición de Murillo recuerda la parábola bíblica recogida en Hechos de los Apóstoles 10:40-41: "Y Dios levantó a este al tercer día y le concedió manifestarse, no a todo el pueblo, sino al testigo nombrado de antemano por Dios a nosotros que comimos y bebimos con él después que se levantó de entre los muertos".

Este pasaje bíblico choca contra la imaginación popular, que sin pruebas reales en las manos, culpaba a Murillo y lo crucificaba con los clavos del rumor y el chisme en la cruz de la ignominia.

Hubo que esperar al 18 de diciembre para que Raúl Castro levantara a Murillo de entre los que hoy purgan condenas por corruptos y malversadores y le concediera el derecho a manifestarse.

 

 

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