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La reforma del futuro

Rogelio Fabio Hurtado, Primavera Digital

Marianao, La Habana.- El término se las trae, porque implica el desacuerdo con un estado de cosas previo. Para la tradición estalinista más rancia, reforma es una mala palabra. No obstante, cuando la Izquierda está en la oposición, no se la quitan de la boca.

Entre nosotros, tuvimos primero la Agraria, después la Urbana. Se ha hablado también de la educacional. Si miramos a nuestro presente, comprobaremos que la primera nos ha deparado escasez crónica y precios cada vez mayores, ni abundancia ni mayor calidad. La segunda, ha creado un problema con las viviendas tal, que el propio Estado está dejándola de lado. De la tercera, mejor ni hablar.

No obstante, el colega Luís Tornés Aguililla me pregunta, desde Francia, si hay rumores de reforma política aquí en La Habana.

Está claro que casi todos los cubanos, donde quiera que vivan, quieren y necesitan que esa reforma entre en el repertorio de lo real. El propio clan gobernante la ha emprendido en lo económico, al percatarse que los viejos tiempos del CAME definitivamente no volverán y que el capitalismo especulativo de los pocos amigotes acaudalados, del tipo del chileno Marambio o del gallego Barreiro, ni siquiera llega a castaño pálido.

Habría que empezar por devolvernos a los cubanos, en plenitud, la condición de hombres políticos que el sistema del Partido único suprime por definición. Donde sólo impera la obediencia debida y la subordinación a la línea de mandos, no cabe hablar de una esfera política.

El mero atuendo de los gobernantes no hace la diferencia. Díaz Canel puede vestirse de cuello y corbata o con un uniforme del team Cuba, y no por eso dejará de ser un burócrata en jefe, eso si Ramiro Valdés se lo consiente.

Mientras los mandantes no estén obligados a ganarse la voluntad libre del pueblo, expresada mediante elecciones generales libres, no hay espacio político posible en la Isla, sometida a la voluntad genial o disparatada del único Jefe al bate, bajo la bullaranga de la claque y el sordo malestar mayoritario, que se patentiza en el éxodo de personas, la corrupción de los que se quedan y la reducción alarmante de la población.

Ahora bien, esas reformas políticas no se producirán como consecuencia de la buena voluntad de los gobernantes. Tampoco dependerán de la retórica más o menos brillante ni de la divulgación mediática de algunas personas más o menos telegénicas y cibercultas.

En este año, con el acceso a los aeropuertos, la disidencia ha conseguido pasarla mejor, pero su mayor publicidad internacional no se ha convertido en un incremento de su popularidad a nivel de calle, aspecto imprescindible para que sea capaz de presionar con eficacia a las desdeñosas autoridades que padecemos.

He sido creyente en la causa de la reconciliación nacional, y no me arrepiento. Desde esa perspectiva, considero que la reciente Pastoral de nuestros obispos expresa la disposición de la Iglesia Católica a no conformarse con cambios cosméticos ni con concesiones parciales.

El hecho de que las actuales reformas económicas excluyan a las políticas, no las minimiza. No es poco el terreno que han cedido los estalinistas ortodoxos, forzados por la realidad. Espero que a medida que transcurran los meses, la tendencia sea a rendir cada vez más bastiones. Las personalidades disidentes bajarán su fiebre de viajes y se ocuparán de presentar batallas concretas, para beneficio de todo el pueblo.

Como siempre, hay que bregar con relativa lucidez, buscar la verdad, sin exageraciones ni alardes, confiados en aquel decir de Mella a propósito del tiempo futuro y aún más en el irradiante martiano: "Todo lo que sea incompatible con la dignidad humana, caerá".

 

 

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