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La próxima visita

Rogelio Fabio Hurtado, en Primavera Digital

Marianao, La Habana.- La anunciada visita del Presidente Obama es una continuidad lógica de su política adoptada respecto a Cuba.

Recordemos que la mutua ruptura, prácticamente un acelerado divorcio de mutuo acuerdo, se fundó en dos presunciones, ambas equivocadas.

La primera: Washington dio por sentado que podría repetir en Cuba su éxito de 1954 en Guatemala y así librarse del peligroso Líder, según había recomendado el vicepresidente Richard Nixon después de entrevistarse con Fidel Castro en abril de 1959. Para ello, entrenaron y equiparon a la Brigada 2506, la cual fracasó al chocar en Playa Girón con la disposición combativa que el joven y ambicioso Líder, menospreciado por los norteamericanos, había sabido insuflar en gran parte del pueblo cubano.

La segunda: El Líder, estimulado por la acogida soviética, supuso, muy a la ligera y de acuerdo con sus deseos, que la URSS podría ocupar el lugar que hasta entonces habían ocupado los Estados Unidos, con la ventaja adicional de legitimar su permanencia perpetua en el poder, sin tener que soportar la molesta presencia de una oposición política.

Para sus fines, fue un negocio redondo que Washington no escuchase las recomendaciones de su último embajador, Philip Bonsal, y decidiese cortar todo vínculo  con Cuba. La dictadura del proletariado le pareció la fórmula perfecta.

Sin embargo, al cabo de los años, le ha aconsejado a sus discípulos latinoamericanos mucha más moderación, reconociendo así indirectamente su error.

Ahora, luego de unas misteriosas conversaciones que ni Raúl Castro ni Obama han dado a conocer, han retomado el camino del diálogo y parten otra vez de presupuestos diferentes y, al parecer, contradictorios.

El Gobierno cubano, aunque tarde, parece convencido de que el modelo rígido de autogestión económica estatal totalitaria no conduce más que a la creciente socialización de la miseria, profetizada ya por Cabrera Infante desde los infelices años sesenta. Entonces, mediante la Ley de Inversiones Extranjeras y la Zona Especial de Desarrollo de Mariel, ha comenzado el regreso al mercado capitalista internacional. Así, les ofrecen a los norteamericanos, como jugosa carnada, un mercado de más de once millones de habitantes, ávidos de consumo, a solo 90 millas de sus costas.

No me parece casual que el anuncio oficial de la visita de Obama haya coincidido con la presencia en Washington de Rodrigo Malmierca, ministro para la Inversión Extranjera.

El gobierno cubano demanda que los Estados Unidos acepten sus peculiares normas políticas, como diferencias justificadas por la soberanía nacional.

No es Obama el primer presidente norteamericano dispuesto a dar pasos hacia un país hasta entonces considerado como enemigo. Lo hizo Richard Nixon con la China comunista y Bill Clinton respecto a Vietnam. En el caso de Obama, está esforzándose por restablecer la presencia de los Estados Unidos en Cuba, tanto económica como personalmente. Sin dudas, confía en que, a mediano plazo, este cambio comenzará a repercutir en la esfera política, para llevar a reformas más compatibles con su concepto de democracia y derechos políticos. De inmediato, la apertura al turismo hará mucho más fácil el apoyo a la disidencia interna.

Esta es su apuesta al futuro, mientras el régimen confía en que las inversiones y el turismo norteamericano le ayuden a mantener y a mejorar su propia versión de la dictadura del proletariado.

¿Quién tendrá esta vez la razón?

Si en 1960 la ruptura fue rápida y violenta, no cabe ahora esperar ni exigir que la reconciliación pueda ser de la noche a la mañana.

Raúl Castro cuenta con que el pragmatismo capitalista pase por alto su supresión de todo derecho político. Obama cuenta con que la renovada y dinámica presencia norteamericana en Cuba sea capaz simultáneamente de borrar la imagen de Estados Unidos como enemigo, sistemáticamente construida por los hermanos Castro, y de reconstruir en la población la capacidad para patentizar su necesidad de libre participación política, lo que le facilitaría a la acosada disidencia una mayor base social. Esto, unido a la recuperada capacidad de Washington para influir sobre los reformistas dentro del régimen, crearía a largo plazo un escenario sociopolítico muy distinto al actual estado de cosas en Cuba.

En fecha tan lejana como los inicios de los años 90, mi amigo Indamiro Restano y yo le dirigimos una carta al entonces presidente Bush, pidiéndole que en vez del puño cerrado, le tendiese a Cuba la mano abierta del amigo. ¡Es lo que Obama hace en este momento!

¡Quiera Dios que su favor nos acompañe!