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La oposición debe aspirar a ser gobierno

¿Cómo “complementar la agenda de reformas del gobierno”, si sus medidas son cada vez más mezquinas, absurdas y antipopulares?

Luis Cino Álvarez, en Cubanet

LA HABANA, Cuba - En “Los dilemas de la lealtad”,  publicado el pasado 28 de julio en www.cubaencuentro.com, Leiner González, ex editor de Espacio Laical,  explica a qué se refiere cuando habla de “oposición leal”. Escribe González: “El término oposición leal es polémico, pues en la historiografía y la literatura académica ha estado vinculado a experiencias políticas donde la “lealtad” venía dada por un acotamiento racional, por parte de élites en sistemas políticos autoritarios, de la influencia de determinados grupos subalternos para la detentación del poder y la transformación de la realidad. Esa oposición servía, en muchos casos, para enmascarar la verdadera identidad de esos regímenes y vender la imagen de un sistema pluralista y abierto”.

Uno no puede menos que preguntarse si no es exactamente así en el caso que nos ocupa. Lenier González aclara que los primeros que usaron el término no fueron él o su colega Roberto Veiga,  sino Arturo López-Levy, que no me canso de repetir que es lo más parecido a un agente de influencia castrista en el mundo académico norteamericano,  y Rafael Hernández, el director de la revista Temas, hábil manipulador de los debates del Último Jueves, que más que debate son un simulacro, donde para hacer alguna crítica,  se habla el más ambiguo e hipócrita  de los lenguajes.

Lenier González apela a ser leales a  “un conjunto de actitudes que favorezcan la despolarización del campo político cubano” y  “al núcleo de ideas que dan fundamento al nacionalismo revolucionario cubano”.Nacionalismo revolucionario.  Trago en seco siempre que oigo hablar en pleno siglo XXI de esas trasnochadas supercherías patrioteras decimonónicas que tanto daño le han hecho a nuestra nación.

La lealtad a ese núcleo de extemporáneas  ideas puede explicar lo comprensivo que se muestra Lenier González con un régimen que acusa de anexionista y vende-patria a todo el que se le oponga, a la vez que se muestra más plattista que Orville Platt al condicionar las libertades y los derechos humanos de su pueblo a la modificación de las leyes de un gobierno extranjero, o todavía en amistad eterna con el ectoplasma de la  difunta URSS al nostálgicamente  concertar alianzas con el putinesco  imperialismo ruso a costa de poner en peligro la seguridad nacional.

Nada que objetar al razonamiento de Lenier González  de que  cada ser humano  lleva dentro de sí un fragmento de la Verdad, y que “el otro no debe ser visto como un enemigo que debe ser aniquilado, sino solo como un adversario con el cual resulta legítimo tener tensiones y discrepancias, y con el cual existe el imperativo de tejer consensos, siempre y cuando sea posible.”

Solo que la “sana tensión democrática con el adversario” no se percibe ni remotamente por parte del régimen, con su policía política y sus porristas y chivatos de las  brigadas de respuesta rápida. Precisamente eso es lo que hace que a los opositores nos resulte tan difícil hablar en tono sosegado. Es que aprendimos a hacernos escuchar en los calabozos o en medio de los insultos, en los actos de repudio.

En los eventos de ASCE donde ha participado, como el celebrado hace unos días en el Hotel Hilton de Miami,  Lenier González, abrumado por tantos disidentes, siempre echa de menos  la presencia de “los otros sectores de la sociedad civil cubana, esos que representan el espectro oficial y a la sociedad civil no opositora”.

Sería bueno que Lenier González se relacionara con más  opositores, a ver si comprueba que no abundan entre ellos  los que confieren prerrogativas al gobierno norteamericano sobre los asuntos de los cubanos ni los que amenazan con el aniquilamiento a sus adversarios,  como sí hace el régimen.

Resulta casi una abstracción  la “despolarización del campo político”  para lograr  un futuro más pleno y justo. ¿Cómo hacemos? ¿Echamos más agua a la sopa? ¿O maicena, para que luzca más espesa? El mantenimiento de una dictadura paternalista o  la oligarquía protocapitalista con discurso socialista con que quieren  reemplazarla,  no tiene que ser el único modo de que los cubanos disfruten de  “un estado de bienestar con meseta mínima para las mayorías  y el mantenimiento del acceso universal y gratuito a los servicios públicos”. Aspiramos a eso y más, pero sin renunciar a nuestras libertades.

¿Cómo  “complementar la agenda de reformas del gobierno”, si sus medidas son cada vez más mezquinas, absurdas  y antipopulares?

Con su actitud, Lenier González, a quien tan caro le es el nacionalismo revolucionario, recuerda más a los reformistas y autonomistas del siglo XIX  que a los mambises.  Los opositores  no optan por la tea incendiaria ni el toque a degüello. Pero sí aspiran al poder. Dejemos los paños tibios y las carnadas para bobos: una oposición, si es tal, debe  aspirar a ser gobierno. Si se le pone apellido, entonces la oposición toma otro nombre. Y puede ser bastante feo. Máxime cuando se invocan tantas lealtades.

 

 

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