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La nueva aristocracia profesional

Roberto Jesús Quiñones Haces

GUANTÁNAMO, Cuba, mayo, www.cuanet.org -Los medios cubanos enfatizan acerca de la solidaridad y del espíritu supuestamente altruista de quienes forman parte de las misiones y colaboraciones en el extranjero. Alguna vez, Fidel Castro llegó a decir públicamente que Cuba es el único país que puede conformar una brigada médica de ayuda destinada a cualquier lugar del mundo, y hasta emplazó a los países desarrollados para que hicieran lo mismo.

Quienes vivimos aquí sabemos que detrás de las salidas de numerosos trabajadores cubanos hacia el extranjero se esconde su gran frustración, sobre todo la de los profesionales, quienes ven en esa misión o colaboración la única posibilidad de solucionar  problemas materiales. Me refiero a la posibilidad de tener una vivienda propia o a reconstruir la que ocupan, a tener cierta cantidad de dinero que les permita una vida “muelle” durante algún tiempo, a tener un auto, en fin, a disfrutar de una vida normal.

Incluso, se ha creado una especie de súper colaborador o misionero, que es aquel que llega de un país para partir inmediatamente hacia otro. Estos trabajadores son  lo que alguna vez, de forma despectiva, los viejos manuales de economía política marxista calificaban como la aristocracia obrera, al referirse a sectores laborales más favorecidos que otros, en el capitalismo. Parodiando la frase, ahora este sector es la aristocracia profesional del país y los médicos y el personal de la salud resultan mayoría dentro de ella.

No dudo que haya profesionales generosos que ante un desastre estén dispuestos a prestar sus servicios. Lo que sí dudo es que ante tal tragedia, se brinde la misma cantidad de trabajadores que ahora hasta se enemistan con sus compañeros por lograr ser seleccionados para viajar.

Habría que ver cuántos de esos profesionales se ofrecerían para trabajar en el extranjero si les dicen que solamente van a recibir el salario que se les paga en Cuba, o que pueden traer únicamente 45 kg de equipaje, o que cuando regresen sólo tendrán derecho a un mes de vacaciones. Quienes se ofrecieran bajo esas condiciones sí podrían recibir el calificativo de altruistas y solidarios.

Aun conociendo que el gobierno cubano se endosa cómodamente más de la mitad del salario -y a veces hasta dos tercios- que el gobierno receptor paga a cada trabajador por su labor, nuestros profesionales continúan saliendo hacia el extranjero para cumplir contratos, lo cual demuestra su difícil situación económica  y explica por qué ellos y no los profesionales del primer mundo -ni siquiera los del tercero- son los que tienen que abandonar su propio país para conseguir en otro lo que aquí les resulta imposible.

Las misiones y las colaboraciones se han convertido, junto con el turismo y la industria biofarmacéutica, en una de las mayores fuentes de ingreso en divisas para el gobierno cubano. Pero si bien el resultado económico es favorable, existen otros factores que a la larga están erosionando la credibilidad en la política gubernamental y que, sobre todo, provocan un daño grave en las familias.

Gran número de misioneros o colaboradores, cuando se reincorporan a su puesto de trabajo, siente frustración, algunos hasta manifiestan rechazo, al confrontar las condiciones que tenían en el país donde trabajaron con las del nuestro, y al constatar que aquí continúan las carencias materiales para ejercer su labor, la gran carga de trabajo y la poca relevancia social que tiene un profesional en Cuba.

Incluso, los que han resuelto algunos de los problemas materiales antes mencionados, se sienten mal al percatarse que el dinero que acumularon tras dos o más años de labor, se les fue en un abrir y cerrar de ojos, en una casa, en la compra de artículos necesarios o en un auto que poco tiempo después no pueden mantener con el salario que les paga el gobierno, pues la gasolina y todas las piezas de repuesto tienen que pagarlas en divisas.

Otro efecto perjudicial está íntimamente relacionado con la familia. Aunque en Cuba no se realizan estudios de ese tipo, estoy seguro de que más del cuarenta por ciento de las familias que han vivido la experiencia de la separación, por ese concepto, han terminado rotas o quebrantadas, o sus hijos han tenido que ser atendidos sicológicamente por la ausencia de los padres.

Y un efecto más, dañino aun para el gobierno, es que la mayoría de estos trabajadores van a países que viven en democracia o que aun bajo una democracia  constreñida, les permiten hacer comparaciones y concluir en privado -aunque en público aparezcan como paradigmas de revolucionarios- que la democracia no tiene nada de malo, o para decirlo en buen cubano, como algunos me han confesado: “Compadre, nosotros somos los que estamos embarcados”. Esa toma de conciencia  tiene alcance estratégico.

Nota: La diferencia entre la misión y la colaboración es que en la misión pagan menos que en la colaboración, y el misionero, a diferencia del colaborador, no puede traer muchos bienes materiales, ni tiene derecho a casa ni a auto.

 

 

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