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La mano de Dios

José Hugo Fernández

LA HABANA, Cuba, agosto (www.cubanet.org) – Dios ordena las cosas, dirán los crédulos. En tanto los dicharacheros puntualizan que aprieta pero no ahoga. En cualquier caso, el hecho es que los ministros de la Providencia en La Habana están intercambiando sus roles ante la dictadura.

La iglesia católica, su antagonista histórica, deviene de pronto aliada para ciertos asuntos terrenales que más bien pertenecen a los predios del diablo. Mientras los evangélicos, que estuvieron atados a lo cortico por el régimen al menos durante las dos últimas décadas, se espabilan y echan a andar, como Jesús resucitado, dispuestos por lo que parece a rendir réditos a la justicia divina.

Son varios los pastores que en los últimos meses han sido sancionados institucionalmente por brindar apoyo o simpatía a la oposición pacífica. En particular, después de la muerte del activista evangélico Juan Wilfredo Soto (pateado por los esbirros del régimen), se observa un claro brote de escisión entre los adscritos al Consejo de Iglesias de Cuba, sobre todo hacia el interior del país.

Por supuesto que los directivos de esa institución no solamente son ajenos sino contrarios al brote, incluso son el instrumento que utiliza el régimen para intentar neutralizarlo. Pero ello precisamente hace que el fenómeno sea aún más interesante.

No caben especulaciones sobre una posible actitud de despecho o venganza por parte del Consejo de Iglesias de Cuba, debido al protagonismo otorgado por el régimen a los obispos católicos en algunas proyecciones públicas. De hecho, cualquiera que sepa cómo funcionan las cosas en Cuba, sabe que no podía ser otra la elección, no sólo por la influencia internacional de la Iglesia de Roma, lo cual la presentaba mucho más idónea para el caso, sino también por aquello de que no se puede ser juez y parte, papel que le hubiese tocado a la alta jerarquía del protestantismo, cuyas primeras figuras actúan aquí como funcionarios gubernamentales.

Menos aún cabe la tontería que sostienen algunos con respecto al mandamiento que exige a los protestantes abstenerse ante cuestiones de la política.

A esa misma tontería, por cierto, le echan garra ahora sus directivos para exigirles a los pastores que impidan a los disidentes predicar o subir al púlpito dentro de los templos. Sería bueno preguntarles qué hubiese respondido Martin Luther King ante la prohibición de que los negros estadounidenses hablaran en su iglesia sobre la discriminación que sufrían y sobre la necesidad, y el derecho, de enfrentar con medios pacíficos aquel mal tan político como económico y social.

En fin, parece quedar claro que este amago de sublevación que hoy desencadenan los pastores en la Isla responde a un verdadero postulado como representantes de la conciencia del pueblo. Y es algo que contrasta de un modo notable con la actitud de los ministros católicos. Más aleccionador no podría resultar el contraste. Los coaligados se distancian al mismo que tiempo que los esquivos se coaligan.

Verdaderamente, no hace falta ser muy crédulo para ver en ello la mano de Dios.