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La interpretación “oficial” del discurso de Obama

Periodistas, politólogos e intelectuales pulsaron la misma cuerda de una lira vieja y gastada

Ana León, en Cubanet

LA HABANA, Cuba.- Desde su llegada a Cuba, el pasado 20 de marzo, el presidente de Estados Unidos Barack Obama ha generado opiniones muy diversas entre los cubanos. La cortesía del mandatario para con su familia, así como su confianza, simpatía y cordialidad han acaparado la atención de los insulares que, tras cincuenta años oyendo hablar de un monstruo con mala entraña, no esperaban ver salir del avión presidencial a un hombre sencillo, acompañado de sus seres queridos y con una espontánea sonrisa en los labios.

La llegada de Obama estuvo precedida por una chispa de esperanza en el pueblo cubano, que prendió con fuerza tras su intervención de ayer, en el Gran Teatro de La Habana “Alicia Alonso”. El discurso -breve, elegante y atildado- ha sido agradecido por todo el que desea, de buena fe, la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Luego de tantos años viviendo en un régimen totalitario, donde los “líderes” jamás han reconocido con humildad sus errores y sí han intentado descargarlos sobre los hombros de un pueblo que nada decide, las palabras del presidente norteamericano al admitir como errónea la política implementada contra la Isla, calaron profundamente en el espíritu y la conciencia de los nacionales.

Hacía muchos años que Cuba no se conmovía ni admiraba ante el discurso de un político. La invariable letanía repetida durante décadas había terminado por granjearse la apatía e indiferencia de todos, hasta de los que fingían escuchar. Pero hoy ocurrió algo excepcional: la inmensa mayoría de los cubanos estuvo pendiente de cada palabra dicha por el presidente quien, tras hablar de las imperfecciones de la sociedad estadounidense, se refirió con tacto y mesura a los problemas de la Isla, sobre la base de un principio esencialmente democrático: “el futuro de Cuba está en manos del pueblo cubano”.

Al parecer, los que cada día piensan más en sí mismos y menos en las necesidades del pueblo, esperaban un ataque o, como prefieren decir, “una injerencia”. Pero Obama reconoció, elogió y tocó puntos sensibles sin extralimitarse; haciendo gala de su natural carisma y de un discurso inteligente y persuasivo, algo de lo que carece todo el alto mando cubano. Desafortunadamente, sus palabras fueron tergiversadas y manipuladas con toda intención, tal como pudo apreciarse en los juicios recogidos, de manera selectiva, por los medios nacionales de comunicación.

Con ligeras variantes en el modo de decir, las opiniones televisadas dejaron entrever un resentimiento enquistado y la absurda pretensión de que Obama pidiera disculpas por las agresiones de Estados Unidos contra Cuba. Se habló de que el mandatario tenía “algunas imprecisiones históricas” por el mero hecho de no haber citado la invasión por Playa Girón o la explosión del avión de Barbados. Su llamado a dejar el pasado atrás fue interpretado como una conminación a olvidar la historia patria. Es precisamente esta clase de malentendidos los que frustran un proceso de paz o de normalización.

Una vez más, el alto mando de la Isla habló en nombre de todos los cubanos, como si pueblo y gobierno fueran la misma cosa. No faltó quien calificara el discurso de Obama de “muy bien coreografiado”; pero lo que estuvo patéticamente orquestado fue el esfuerzo penoso por adjudicar a la visita del presidente el propósito de “reconstruir la hegemonía estadounidense en la región latinoamericana”.

De lágrimas las reflexiones de periodistas, politólogos e intelectuales, todos pulsando la misma cuerda de una lira vieja y gastada. En lo concerniente a los derechos humanos todos buscaban fisuras al discurso de Obama, aludiendo que no se había hablado del levantamiento total del embargo y la devolución del territorio ocupado por la Base Naval de Guantánamo. Los todopoderosos de la ínsula demandan “todo o nada”, en un país donde las cosas se hacen una a la vez, o sencillamente no se hacen. “Levantar el embargo no es la solución definitiva a los problemas de los cubanos”, precisó Obama; pero ojalá le fuera posible levantarlo, e invalidar así el único pretexto que tienen los dueños de Cuba para justificar sus errores administrativos.

El tema de los derechos civiles constituyó el foco delirante de la servil prensa cubana, que se limitó a repetir el guión de siempre para defender el totalitarismo como vía única para construir una sociedad “libre y democrática”. Sin embargo, mientras en Cuba los derechos humanos se limitan a la salud, la educación y el internacionalismo; Barack Obama representa lo que puede llegar a alcanzar un hombre en una sociedad donde cada individuo hace valer sus derechos de libre expresión y participación política.

Nótese que Obama nació en 1959, el año en que triunfó la revolución cubana. Cincuenta años después se convirtió en el primer presidente afronorteamericano de una nación con una cruenta historia de esclavitud, segregación racial y Ku Klux Klan. Cuba, medio siglo más tarde, con una notable lista de violaciones de derechos civiles y constantes episodios de nepotismo gubernamental, no hace más que empeorar en sus condiciones económicas y sociales. La pregunta es lógica: ¿cuál “democracia” ha sido más efectiva?