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La ideología ha muerto, ¡viva el capital!

Miriam Celaya

LA HABANA, Cuba, febrero, www.cubanet.org -Una amiga mía, a la que llamaré Maritza, anda muy ansiosa por estos días. Resulta que en el restaurante estatal en que trabaja han anunciado que pronto pasarán a ser una cooperativa administrada por los propios trabajadores, quienes deberán tributar impuestos al Estado por concepto de alquiler del local, por ingresos, por el parqueo adyacente, y por otros apartados que ella misma no supo explicarme.

Este proceso ya había sido anunciado desde el pasado año, 2012, debido a la necesidad de hacer rentables y competitivos los establecimientos gastronómicos estatales ante la franca desventaja de sus ingresos, en comparación con las ganancias de muchas cafeterías y restaurantes del sector privado, a pesar de los elevados impuestos y excesivos controles que gravan a estos últimos. Ahora ya se han iniciado “de manera experimental” las cooperativas de gastronomía en algunas provincias de la Isla.

La nueva condición como trabajadores “autónomos” del sector estatal está generando una mezcla de expectación y reserva en algunos de sus empleados. En el caso de referencia, las preocupaciones giran en torno a un sinfín de tópicos que hasta ahora no han sido suficientemente esclarecidos por los actuales administradores -propietarios, sería la palabra correcta- del restaurante en que trabaja Maritza: la Corporación Gaviota, una entidad creada en los años 90’ dedicada a la explotación de la industria del turismo para beneficio económico directo de la casta militar.

Fue justamente el sector militar el que desde esa fecha comenzó a aplicar el sistema conocido como “perfeccionamiento empresarial”, un eufemismo para disfrazar la reinstauración de algunos estilos capitalistas de trabajo en el mal llamado socialismo cubano, de cuyas ventajas han disfrutado, paradójicamente, los propios artífices del proyecto que pretendía convertir al país en una gran comuna. En la actualidad ya no se habla del perfeccionamiento pero sí han proliferado diversas empresas comerciales en manos de los militares de alto rango, inspiradas en el más auténtico espíritu capitalista. Economía de timbiriche para la chusma; economía de mercado para la casta gobernante y para sus beneficiarios, es la realidad de Cuba hoy.

Algunos de los asuntos que comentan aquellos que enfrentarán la inminente cooperativización es la reducción de la plantilla -paso inevitable si se pretende alcanzar la eficiencia-, el problema de los suministros para mantener la carta menú y los insumos, el tema de quién presidirá la susodicha cooperativa, y el riesgo de la inversión con el capital de que dispongan los propios trabajadores. De hecho, algunos temen el trance de señalarse en caso de desembolsar una cantidad significativa de dinero para tales fines, habida cuenta que los bajos salarios cubanos no justificarían la tenencia de capital. “Si saco mi dinerito, voy presa”, asegura Maritza, cuyos ahorros se derivan casi totalmente del desvío de los recursos del propio restaurante.

Tampoco se vislumbran posibilidades de créditos bancarios ni las bondades de un plazo razonable libre del peso de los impuestos para los nuevos empresarios. Así, no se sabe a ciencia cierta si en realidad el capital a invertirse será de los empleados o de algún jerarca de la empresa… Maritza solo sabe que “la cooperativa va” y que ella hará lo que sea para “no quedar en la calle”.

Ahora bien, en principio, la idea de crear cooperativas para hacer eficiente la gestión económica y desarrollar en los cubanos la capacidad de generar ingresos por su propio esfuerzo, a la vez que fomentar la cultura tributaria, podría ser beneficiosa tanto para los trabajadores como para el país. La Cuba anterior a 1959 desarrolló ampliamente el sistema de cooperativas, algunas de las cuales fueron muy prósperas, de manera que no estamos ante una innovación raulista.

Sin embargo, hasta el momento esta “reforma”, positiva en teoría, no se ha visto coronada por el éxito en su práctica. El experimento realizado previamente en otros sectores laborales no ha resultado muy convincente y en algunos casos ha fracasado en sus objetivos primigenios, como lo demuestra el ejemplo de la producción y comercialización de alimentos tras la entrega de tierras en usufructo y la “renovación” de las cooperativas agropecuarias a fin de elevar la producción de alimentos y sustituir importaciones: en la actualidad se observa un discreto incremento en la diversidad en la oferta, así como un elevado número de vendedores por cuenta propia, pero la producción agrícola continúa siendo incapaz de satisfacer la demanda popular y los precios mantienen una tendencia alcista.

Este fiasco se debe en gran medida a la falta de autonomía de las cooperativas. Para ilustrar el caso, recientemente la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), una entidad gubernamental, destituyó más de 600 presidentes de cooperativas, en flagrante violación del principio de autonomía refrendado en la propia letra de las regulaciones oficiales y exponiendo así, de manera irrebatible, que la administración y control de dichas sociedades agrícolas no están verdaderamente en manos de los productores. Persisten también múltiples obstáculos objetivos en la gestión de los productores, como es el problema de los impagos de los contratos, los atrasos y las carencias en la infraestructura, entre otros. En el plano subjetivo las trabas tienden al infinito.

Con tales antecedentes, nada garantiza que las nuevas cooperativas creadas desde el ramo gastronómico estatal tengan mayor éxito que las agrícolas, si antes no se avanza en la flexibilización en materia de autogestión y en la simplificación de los abrumadores controles. Por otra parte, su implementación tendrá un costo social considerable, toda vez que una gran parte de los empleados quedará sin trabajo cuando se establezca una plantilla racional que elimine el sobre empleo característico del ineficiente sistema implantado durante décadas, y no existe ningún programa oficial para amortiguar dicho impacto.

Como corolario, continuará aumentando el cisma entre el reducido sector de los ricos (los de siempre y los nuevos) y el  creciente sector de los pobres. Habrá que analizar entonces cuáles son los logros de la revolución que quedan como paradigma para los vociferantes izquierdosos de tribunas, porque en Cuba no se reconoce legalmente más que un partido político, el comunista, pero cada vez se consolidan con mayor nitidez al menos dos clases perfectamente delimitadas, ya no por la ideología, sino por los ingresos: los pudientes y los necesitados.

 

 

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