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La hora de los mameyes

José Hugo Fernández

LA HABANA, Cuba, marzo, www.cubanet.org -De ser verdad lo que ahora mismo comenta vox pópuli en La Habana, nuestros caciques están durmiendo mal, un tanto quizá por el agravamiento en la salud de Hugo Chávez, y otro tanto por la suerte de sus afines, tiranos y opresores cuyas barbas arden en medio mundo, bajo la catártica hoguera de los indignados.

Lo que se comenta es que están reorganizando las Brigadas de Respuesta Rápida. Y que para hacerlo, han convocado a los militantes del partido comunista a reuniones especiales, donde se les advierte que todos deben participar activamente en las operaciones de estas hordas paramilitares, dispuestos a darles tranca al vecino, al amigo, al pariente cada vez que alguno intente la hereje osadía de salir a la calle a reclamar pacíficamente sus derechos.

Para quienes no estén muy al tanto de nuestras cotidianidades en la Isla, quizá este rumor no contenga nada nuevo, puesto que las Brigadas de Respuesta Rápida, émulas aventajadas de los Camisas Negras del fascista Mussolini, no han sido desactivadas en ningún momento. Incluso, sus acciones abusivas volvieron a ser noticia hace muy pocos días, a propósito de las actividades del movimiento opositor por los aniversarios de la muerte de Orlando Zapata, del derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate, y por el Grito de Baire, el 24 de febrero.

Tampoco es noticia que la total mayoría de los porristas que engruesan esas brigadas son militantes del partido comunista. Sin embargo, nunca mejor empleado aquello de que no son todos los que están ni están todos los que son.

Aquí, todo el que sabe, sabe que una buena parte de los militantes comunistas le ha sacado el cuerpo a esas pandillas. Se escurren, se desentienden. No es que exterioricen a voz en cuello su rechazo a una práctica tan siniestra y además tan lesiva para los principios de fraternidad y aun para la paz entre cubanos. No es siquiera que expongan su desacuerdo en el seno del propio partido.

Pero, sea por escrúpulos o por convicciones humanistas o por mera cautela (previendo tal vez la posibilidad de que en un futuro tengan que dar cuenta ante los tribunales por tamaña fechoría), lo cierto es que muy posiblemente sumen miles, o cientos de miles los militantes que aunque formalmente aparecen enrolados en las Brigadas de Respuesta Rápida, no accionan con ellas en la práctica.

Tampoco es difícil entender este fenómeno. No para quienes conocen de cerca nuestra realidad.

Hoy en día, por lo menos una cuarta parte de los militantes del partido comunista de Cuba son ancianos testarudos y retrógrados, muy ignorantes, desconocedores del marxismo, en especial de la dialéctica y de lo que llaman el materialismo histórico, pero devotos fidelistas, leales a la muy trucada idea que algún día les impartieron sobre lo que es ser revolucionario. En tanto, las tres cuartas partes que restan deben estar constituidas por funcionarios acomodados y oportunistas, por jóvenes de mentalidad robótica (generalmente hijos de familias con tradición de militancia), y, sobre todo, por gente de a pie, que se está comiendo un cable como el que más, pero que por ser conservadora y timorata, aun cuando carece por entero de conciencia política, aceptó pertenecer al partido, sencillamente como aceptaría cualquier otra decisión que el régimen tome por ellos, para lo cual sólo tienen que levantar la mano.

Justo a este último grupo, que es mayoritario, pertenece la generalidad de los militantes que han evitado hasta ahora participar en las groseras y violentas agresiones de las Brigadas de Respuesta Rápida. Tampoco han de ser pocos los acomodados y oportunistas que le zafan el esqueleto al asunto, por la simple razón de que no está en su radio de intereses, a no ser que los obliguen bajo control.

Así, pues, aunque parezca raro a los no conocedores de nuestros casos y cosas, podría afirmarse que hasta hoy fue minoritaria la participación de los militantes comunistas en la principal tropa de choque de que dispone el régimen para enfrentar el descontento popular en las calles. Y entre esa minoría, hacían bulto los carcamales, a los que apenas les queda la fe y la mala idea, más unos pocos, sólo unos pocos jóvenes talibanes que inspiran tanta lástima como desprecio. De tal manera, el grueso de las brigadas debió ser completado siempre con miembros del ministerio del interior disfrazados de civiles.

Sin embargo, a juzgar por el runrún de vox pópuli, parece que ha llegado la hora de los mameyes para la militancia comunista en Cuba. Lo interesante, en todo caso, es que este momento clímax nos trae por igual certezas e incógnitas.

Las certezas ya son bien conocidas, en tanto se relacionan todas con la crueldad y con la indolencia y la falta de patriotismo de que son capaces los caciques del régimen cuando se trata de conservar lo que ellos llaman las conquistas de la revolución, que no son sino sus conquistas particulares, asentadas sobre un fárrago de miseria y represión. A tal punto son crueles que no los detiene ni siquiera el peligro de un enfrentamiento fratricida entre cubanos.

En cambio, las incógnitas resultan mucho menos previsibles: ¿Logrará el régimen arrastrar efectivamente a todos los militantes comunistas en una gran escalada de violencia represora, conociendo ellos, como seguramente conocen, las dramáticas consecuencias que podría acarrear para el país, y para ellos mismos en particular? ¿Cómo van a reaccionar ante tan irresponsable decisión del régimen los militantes que se alinean entre la población de a pie? ¿Estarán realmente dispuestos a emprenderla a palos contra sus iguales, aun cuando éstos no los agredan a ellos, pues rechazan la violencia?

Tales incógnitas, y algunas otras por el estilo, nos conducirían a un nuevo círculo de interrogantes, entre las cuales, la más conclusiva tal vez sea: ¿Acaso lo que ahora se presenta como la hora de los mameyes para los militantes del partido comunista cubano, no lo será más bien para los caciques del régimen?

 

 

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