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La Habana, vida de perros

 “El mejor amigo del hombre”. Expresión de su miseria. ¿Cuántos amigos le quedarían si su carne fuese comestible?

José Hugo Fernández, en Cubanet

LA HABANA, Cuba. – Los perros vagabundos son sin duda un problema para la gente en La Habana. Pero mayor es el problema que los habaneros constituyen para los perros vagabundos. Inmersos como estamos en buscar remedio para nuestras propias carencias y dificultades cotidianas, no miramos hacia los lados, donde siempre hay alguien que está peor que nosotros. Así que mucho menos fijamos la atención en esos pobres animales abandonados, para los que algo tan elemental como beber agua potable representa ya un suceso fuera de su alcance.

Los perros vagabundos, por demás, pertenecen a la jurisdicción de los pobres, son componentes de su paisaje y expresión de su miseria y desaliño. Resulta imposible hallarlos entre la alcurnia del dinero y del poder político, digamos en los exclusivos repartos Siboney o Atabey, ni aun en las alturas de Kholy o del Vedado.

Con el mismo celo con que esos sitios han sido resguardados siempre de la gente de a pie, también se resguardan de los perros callejeros, feos, flacos, apestosos y llenos de insectos. La gente al menos sabe que aquello no es lo suyo y no se acercan, pero ¿cómo lo sabrán los perros? Lo único que cabe concluir es que se lo hacen saber a la brava, con métodos de “limpieza” preventiva.

Mientras, en los barrios humildes deambulan los perros como almas que lleva el diablo. Sus moradores son los únicos amigos que les queda al mejor amigo del hombre, aunque está por ver cuántos amigos les quedaría si la carne de perro fuese comestible.

En muchos casos ya ni perros son, sino esqueléticos transportes de ácaros y pulgas y garrapatas. El sustento más seguro lo encuentran en los basureros. Pues, aunque también suelen buscarlo en los alrededores de cafeterías, pizzerías y restaurantes, estos son lugares peligrosos para ellos, donde constituyen presencia no grata, por lo cual están expuestos al maltrato y a la aniquilación.

Es doloroso comprobar que, por perderlo todo, han perdido hasta el miedo, o quizás la noción del peligro, pues resulta común encontrarlos desafiando el tráfico en las calles, o echados, a veces durmiendo, en los lugares más riesgosos.

Sencillamente no tienen para dónde virarse. Conforman el último eslabón de la cadena en esta ciudad que con frecuencia nos recuerda el primitivo escenario de la ley del más fuerte, expuesto en la siempre sospechosa teoría de la evolución.

¿Quién ayuda a los perros callejeros de La Habana? Muy pocos ciudadanos (creo que cada vez menos) por iniciativa personal. Existe la no gubernamental Asociación Cubana de Protección a Animales y Plantas, cuya presidenta, Nora García, es una especie de Quijote que durante más de veinte años ha luchado contra los molinos de la indolencia general y la desidia oficial, sin contar siquiera con un cuerpo de leyes que la respalde en sus reclamos de sanciones para los maltratadores. Y es que, como ya se sabe, una sola golondrina no hace verano.

La propia Nora García lo resume con expresiones ponderadas: “Lo que sucede es que no es suficiente apelar a la sensatez y el buen corazón de la gente, y por ello la existencia de una legislación que tipifique las conductas violatorias hacia los animales y que permita erradicar, con sanciones, tradiciones culturales negativas que deforman la imagen de nuestra cultura, sería de gran utilidad”.

En una palabra, es cavernario que existan leyes y minuciosos controles para castigar a quienes disienten pacíficamente de la política oficial, mientras abundan los energúmenos que impunemente recogen a perros callejeros para que mueran destrozados en los entrenamientos de sus feroces perros de pelea.

Y es asimismo un actitud inhumana -cuando menos- mostrar indiferencia al ver que los perros de la calle enferman y mueren por montones, sin recibir atención médica, porque están obligados a beber aguas contaminadas, o por los constantes atropellos que reciben de parte de cobardes y salvajes personas. Eso por no contar que los perros mismos, sin pretenderlo y sin ser culpables, encarnan un peligro para sus “amigos” los humanos, al convertirse en focos de infección.

 

 

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