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La culpa no es de los orientales

José Hugo Fernández

LA HABANA, Cuba, julio, www.cubanet.org -Siempre en verano, año tras año, resulta fácil notar cómo La Habana experimenta un alza de consideración en el número de sus habitantes. No es que ocurra únicamente en julio y agosto, pero por alguna razón (que aún espera por un serio examen de los especialistas), en estos meses se revientan las compuertas para dar paso a muy particulares oleadas de emigrantes desde el interior de la Isla. Y entre los que llegan, me temo que la mayoría lo hace para quedarse.

Lamentablemente, hay que hablar en términos especulativos, tanto en este caso como en muchos otros de cardinal importancia para la compresión de la crisis socioeconómica que hoy sufrimos. No es posible consultar estadísticas confiables, porque no existen, o no están a nuestro alcance. Las instituciones gubernamentales sólo dejan constancia de los datos que favorecen al régimen, o de aquellos que por algún motivo éste considera admisibles dentro de su estilo de hacer historia. Es uno de los escollos que deben enfrentar quienes aspiran a ser cronistas imparciales del presente. Y lo que es todavía peor, encierra una muy grave limitación, tal vez insalvable, para los historiadores del futuro.

Pero como quiera que la vista hace fe, quizá no sea necesario disponer de estadísticas, siempre frías y manipulables, para tomar como cierta esta fluencia masiva desde el interior hacia la capital, que, vaya usted a saber por qué, se dispara especialmente en los meses de verano. De igual modo, no haría falta consultar los mapas urbanísticos para saber que tales oleadas de emigrantes terminan asentándose, mayoritariamente, en la periferia, donde, hoy por hoy, existen ya cientos de pueblos, comunidades, villas miseria, creados por ellos, sin el respaldo oficial y con frecuencia en abierto desafío a las autoridades del régimen.

La Habana se ha venido ensanchando, en forma desproporcionada, por los extremos de sus cuatro puntos cardinales. Y es este un fenómeno dramático, por cuanto en la misma medida en que crece, no dejan de aumentar sus limitaciones de infraestructura y, claro, la cifra de sus problemas socioeconómicos.

A la pobre gente del interior, y de manera muy marcada a los de las provincias orientales, le ha tocado bailar con la más fea en esta historia, puesto que además de verse obligada a emigrar –por imperativos de la miseria-, dejando atrás su suelo natal, con todos sus afectos, para abrirse camino, desde el fondo de la pobreza, en una ciudad de por sí pobre y sin expectativas, también debe enfrentar la hostilidad regionalista y el egoísmo propio –quizás hasta lógico- de quienes ven en ellos el agravamiento de la tragedia, ya crítica, de los capitalinos.

El mal, naturalmente, tiene un solo culpable, el régimen fidelista, al cual, por demás, debe venirle bien que la gente de a pie nos dediquemos a marear la perdiz culpándonos y repudiándonos unos a los otros. También tiene un origen, con acontecimientos específicos y fáciles de pormenorizar en el almanaque, con todo y que los estudiosos de las ciencias sociales no se animen a meterle el seso.

Policías, maestros emergentes, constructores, trabajadores sociales

Desde el triunfo de esto que aún llaman la revolución, el régimen (y más concretamente Fidel Castro) demostró un distintivo interés por violentar la composición socioeconómica de los habitantes de La Habana. Era lógico suponer que a los capitalinos, por vivir un tanto más cómodamente y con mayor nivel de información que el resto de la población, les resultaría más difícil adaptarse a las condiciones de pobreza extrema y de sometimiento total que muy pronto, pasado el entusiasta embuche de los primeros días, nos vendría encima.

Vio entonces el régimen caer por su peso la necesidad de evitar riesgos. Pero, ¿cómo evitarlos? Esperar que la gente de la capital emigrara espontáneamente hacia el extranjero, como al final ha ocurrido, era algo para lo que no disponían de tiempo ni paciencia. Tampoco podían trasladar a los habaneros hacia el interior del país, aunque no dejarían de intentarlo. La solución estaba, pues, en imponerles un cambio en las condicionantes sociales, económicas y, por supuesto, de mentalidad. Y para que eso fuera posible, iba a resultar imprescindible alterar, en número, su composición clasista.

Entonces comenzaron las oleadas. Primero, fueron los integrantes del ejército rebelde. Después, cientos de miles de estudiantes, cuyo arribo a la capital resultó, en principio, comprensible, toda vez que en el interior apenas existían escuelas especializadas. Pero ocurrió que más tarde fueron los reclutas del servicio militar. Y detrás, decenas de contingentes de trabajadores para las más disímiles tareas, en particular para las obras constructivas. Y detrás, los policías. Y los maestros emergentes. Y los trabajadores sociales. Y en todos los casos queda por descontado que no sólo fijarían residencia permanente aquí, sino que iban a cargar con la familia. Y esa familia también cargó con su familia…

No es de extrañar por ello que los nuevos barrios de edificios altos, numerosos y repletos, que se construyeron en La Habana en los 60, 70 y 80, sobre todo, no hayan sido suficientes, no ya para resolver, ni siquiera para aliviar la drástica situación de la vivienda en esta ciudad. Y eso que finalmente es cierto que una gran parte de los habaneros “naturales” viven hoy fuera de Cuba. Tan cierto como que los habaneros de reciente hornada tienen motivos (aunque no tengan pizca de razón) para mirar con alarma la continuación del alud migratorio.

Al menos para mí, resulta obvio que ante el imperativo de “descontaminar” la capital de parroquianos con espíritu pequeño burgués, al régimen se le alumbró el bombillo con la idea de apretujarlos entre los pobres del interior. Con esto, no sólo conseguía crear un desbalance favorable en su composición social, sino que además, sin invertir nada, sin el menor esfuerzo (como es su práctica habitual), les mejoraba la vida a nuestros paisanos del interior y aseguraba con ello su incondicional apoyo. Fue una jugada maestra, sin duda, y con ganancia doble.

Y ya que se trataba de inundar la capital con habitantes de otras regiones de la Isla, ninguna tan idónea como la oriental, superpoblada y empobrecida hasta los topes. Además, a los orientales, con su muy bien ganada fama de rebeldes, no sólo resultaba importante contentarlos, también era menester tenerlos cerca.

Por lo demás, ni a los habaneros ni a los orientales ni a nadie en esta isla les estaba dado prever los planes del régimen. Y a quien los previera, parece que no le estaba dado impedirlos. Así que de aquellas polvaredas surgieron estas fangosidades.

Hoy, aun cuando haya variado la estrategia del régimen, no cambiaron las condicionantes para la emigración. Todo lo contrario. Si bien hay caos en La Habana -y en grado sumo en su periferia, donde la pobreza y la violencia toca fondo en estos días, y no por casualidad en las comunidades levantadas por los emigrantes-, la tragedia del interior se ha agudizado, hasta alcanzar el colmo en la combinación draconiana de pobreza, falta de oportunidades y represión policial.

No es casualidad entonces que aun cuando en el presente verano la periferia habanera está que arde, superpoblada, hambreada y singularmente violenta, no hayan dejado de desembarcar en sus predios las habituales oleadas migratorias. Digamos que son como los cementerios, donde siempre cabe uno más.

 

 

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