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La casa o la vida

Luis Cino Álvarez

LA HABANA, Cuba, noviembre (www.cubanet.org) – Los cubanos han acogido con moderado entusiasmo el Decreto Ley 288 que autoriza la compra-venta de viviendas. En definitiva, con lo que gana la mayoría de mis paisanos, que no les alcanza ni para mal comer, son pocos los que pueden soñar con comprar o construir una casa.

Si no pueden ni pagar el costo de los materiales para reparar sus casas ruinosas -se calcula que alrededor del 70% necesitan reparaciones, casi siempre capitales-, qué van a poder comprar una casa. Ni siquiera un cuchitril de los más baratos, que tal como va la cosa, no bajará de 3 mil dólares, una cantidad que si no roban, están vinculados a empresas mixtas, tienen un negocio de envergadura o reciben remesas fuertes de sus parientes en el exterior, no lograrán reunir ni aunque trabajen de campana a campana por todo lo que les reste de vida.

Para los que tienen bastante dinero, los que antes del Decreto Ley podían construir y comprar y encima podían pagar sobornos, ahora todo será más fácil. Pero eso no es noticia: ellos siempre son los principales beneficiados con las medidas económicas de Raúl Castro, que parecen no tomar demasiado en cuenta a la gente de abajo.

Con el Decreto Ley 288 el gobierno sólo ha hecho legalizar lo que ya existía por la izquierda y no hallaba forma de controlar. Como siempre, sacando provecho para el bolsillo del Estado. No en vano son muchos los que temen la habitual trampa estatal, que pudiera estar, por ejemplo, detrás de la exigencia de depositar en el banco el dinero de la compra de la casa y la entrega de un cheque al vendedor.

Lo más positivo del Decreto Ley 288, aparte del cese de las confiscaciones de las casas de los cubanos que se van del país, es que parece que al fin nos quitaremos de encima a los burócratas mafiosos de la Dirección de Vivienda con sus extorsiones, robos y cambalaches.

No obstante (pesimistas que nos han vuelto los mandarines verde olivo), con el timbirichero capitalismo de estado que ya tenemos encima, no podemos dejar de preocuparnos por la agudización de las diferencias sociales. Con el Decreto-Ley 288 se acentuarán las desigualdades hasta extremos verdaderamente insultantes. Y ya veremos los resultados.

Asegura una amiga abogada que con la compra y venta de carros habrá muertos y heridos. Me temo que con las casas será mucho peor. Ahora que cada propietario puede hacer con su casa lo que estime conveniente y echar a quien desee, imagine cómo reaccionarán los que se vean en la calle.

Me dirán que en todas partes es así. Y es cierto, sólo que en otras partes, con mayor o menor esfuerzo, uno puede, con el fruto de su trabajo, alquilar, construir o comprar una casa. En Cuba, no. Alquilar cuesta una fortuna y los materiales de construcción escasean y son tan caros que sólo los pueden comprar los que tienen mucho dinero, que es lo que sucede ahora mismo. En la actualidad, construir por esfuerzo propio una casa de una o dos habitaciones puede costar de 6 000 a 10 000 dólares, y el sueldo promedio no sobrepasa los 20 dólares mensuales. A esto hay que añadir que, hasta el momento, no existe mecanismo alguno de financiamiento a plazos.

No hay forma posible que el derecho de propiedad rime con las necesidades habitacionales de la población de un país de apenas once millones de habitantes donde, según datos oficiales, el déficit de viviendas es de más de medio millón.

Así que veremos una vez más, también en esto de las casas -ojala que me equivoque-, el sálvese el que pueda y el cuchillo en la boca. O, tan violentos como nos hemos vuelto, clavado en cualquier parte del cuerpo.