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La Bahía de La Habana, con cerveza, pero con pocos barcos

Osmar Laffita, Primavera Digital

Capdevila, La Habana.- Al comienzo del año 2000 la economía cubana experimentaba cierta estabilidad de crecimiento en sectores como el azucarero, el níquel, el tabaco, los mariscos y el pescado, los cítricos, sumado al crecimiento de las empresas mixtas y asociaciones económicas internacionales presentes en el sector turístico, el petróleo y la industria ligera.

El destino de estas producciones así como las materias primas, maquinarias y recursos en general que requerían estas actividades productivas y de servicios, generaba un gran movimiento de entrada y salida de barcos en el trasiego de esas mercancías, lo cual se realizaban en lo fundamental por el puerto de La Habana.

Por aquellos años siembre habían barcos atracados en los tres espigones con capacidad de dos barcos cada uno, los cuales estaban ubicados en el edificio de La Aduana y la Capitanía del Puerto, además de los muelles Margarito Iglesias y La Coubre, en Regla, el del molino de trigo y la nueva terminal de contenedores. Todos operaban diariamente en la carga y descarga de mercancías.

Los habaneros que vivían en las zonas de los muelles, los pasajeros de las diferentes rutas ómnibus que pasaban por la Avenida del Puerto y los que paseaban o descansaban en el Paseo de Paula, se recreaban al contemplar la bahía llena de barcos fondeados a la espera de que terminara uno para poder comenzar la tarea de descargar otro.

Pero en la medida en que el gobierno redujo la presencia de inversores extranjeros, decayó abruptamente la producción de azúcar y se confrontaron problemas con la producción del níquel, todo cambió.

Muchos años antes de que se inaugurara la terminal de portacontenedores en el muelle de aguas profundas de Mariel, empezó a disminuir la presencia de buques en la rada habanera y las operaciones fueron cada vez menos.

El reparado muelle del ala norte, hoy es la Terminal de Buques de Pasaje; por cierto, son contada las veces en el mes que arriba alguno y cuando lo hace, permanece atracado, a lo sumo, uno o dos días.

Los restantes muelles empezaron a sufrir un acelerado deterioro por la falta de mantenimiento durante demasiado tiempo. Lo mismo pasa con los almacenes.

El mal estado de estos muelles es tal que en algunos de ellos ya no pueden atracar barcos. También ocurre en Regla, el Margarito Iglesias y La Coubre.

El muelle en el que de manera regular atracan barcos es el de la refinería de petróleo. Diariamente hay dos barcos en la operación de descarga de combustible, el del molino de trigo y algún que otro barco en la vieja terminal de contenedores, donde luego de la inauguración de Mariel, a principios de este año, son cada día menos los que hacen estas operaciones.

El edificio de la Aduana estaba tan deteriorado que corría el peligro de derrumbarse. Como el edificio forma parte de los contemplados en el casco histórico de La Habana Vieja declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad, la Oficina del Historiador decidió asignar los recursos para su total restauración, tarea que en estos momentos se ejecuta, pero no con la celeridad que se requiere.

La entrada y salida de barcos prácticamente está paralizada: en la bahía apenas ya se realizan operaciones portuarias. Pasan los días y no se ven barcos fondeados. Los pocos muelles que quedan están desolados.

De la una vez activa y dinámica bahía de La Habana lo queda es el recuerdo, la soledad, el silencio, la tristeza, la nostalgia, de algo que no volverá a ser lo que fue hasta hace 15 años.

La Oficina a del Historiador, con la vista fija en una bahía del futuro, llena de atracaderos para barcos de turistas, yates y ferrys cargados de vehículos y pasajeros procedente del sur de La Florida, hace pocas semanas inauguró en uno de los pocos muelles remozados, una moderna cervecera de procedencia austriaca.

El local que sirvió para instalar este expendio de bebidas y comidas es el muelle que tiene dos atracaderos, conocido como el antiguo Almacén de la Madera y el Tabaco. El negocio es explotado a partes iguales por la Oficina del Historiador y un cervecero austriaco.

Por la atención esmerada, la variedad de los tipos de cerveza, la oferta de diferentes platos, entremeses, bocaditos, todo elaborado con calidad y muy buena presencia e higiene, hacen de esta cervecería un lugar ideal para pasar un buen rato para aquellos que tengan dólares suficientes, ya que un vaso grande de cerveza cuesta 2.50 dólares.

 

 

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